Entre el catecismo y el aula de un colegio, descubrir que el protagonista de la misión es Dios.

Entrar en clase todos los días y dialogar con unos treinta alumnos de bachillerato sobre las cuestiones más profundas de la vida no es fácil. Algunos ya son cínicos, otros están enfadados con el cristianismo de sus padres y hay quien no quiere abrirse a ningún adulto. Vivo desde agosto en Bogotá, donde me han destinado para mi año de formación. Además de realizar las actividades parroquiales, doy clase en un instituto. Una tarea educativa dividida entre el miedo a no ser aceptado y el deseo de comunicar una vida diferente. En estos meses me está acompañando un hecho que sucedió un sábado por la mañana. Es el día dedicado a la catequesis con los niños de un barrio pobre que pertenece a la parroquia: casas derruidas de ladrillos, superpuestas sobre la Cordillera. Proponemos a los niños canciones, juegos, una catequesis breve y la misa.

En uno de estos momentos me encontré a cuatro hermanos encerrados en el baño de la parroquia. Abro la puerta y veo que el baño se encuentra en unas condiciones lamentables. Habían hecho sus necesidades por todas partes. No tenían baño en casa y no sabían bien cómo usarlo. Pero la misa está a punto de empezar, así que les acompaño inmediatamente a la iglesia. En el recorrido del baño a la iglesia, en mi mezquindad voy pensando sobre todo en cómo evitar limpiarlo todo. Al volver al lugar del crimen me encuentro con una misionera de la caridad de Madre Teresa. Sonriendo, me pide productos de limpieza, añadiendo –quizás al advertir mi mirada de susto– que no me preocupe, que ella no tiene problema en limpiarlo. Después de la misa me busca y me devuelve los productos, siempre con una sonrisa.

Este hecho me acompaña en el último periodo porque me recuerda que estas monjas viven para servir gratuitamente y por eso son felices. Me impresiona que ni los niños ni nadie más haya visto la limpieza del baño. Solo la ha visto Dios. La misión es bella cuando es gratuita y cuando se vive ante Dios, no ante los hombres.

En las últimas semanas, corrigiendo algunos exámenes, he visto que algunos alumnos se han abierto de forma inesperada, al mostrar que tienen una vida intensa que no habría imaginado. Alumnos que nunca han intervenido en clase, pero que ya han sido tocados por las cosas que hemos visto juntos.

Así, uno se da cuenta de que la misión, en realidad, es obra de Dios. Es él quien toca el corazón de las personas, con sus tiempos y sus modos, aunque yo no vea los frutos. Esto hace que la misión sea bella y que mi forma de estar con los alumnos sea, al fin, libre.

(Imagen: vista de Bogotá, Colombia).

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