«Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» [Ju 4, 34]
Jesús cumple la voluntad del Padre en cada momento de su existencia terrena. Escucha su voz cuando reza en el desierto y cuando calma la tormenta, cuando se transfigura en el monte y cuando es azotado.
La escucha profunda del Padre es el alimento que hace su vida única y llena de luz. Representa al mismo tiempo un nuevo inicio en la historia de la humanidad, porqué muestra la voluntad de Dios no como voluntad de potencia, si no como amor que quiere ser deseado y aceptado libremente.
La vida de Jesús es la aceptación de una voluntad que no es suya, de la que está seguro porqué está seguro del amor del que ésta viene. En cada instante es el  «enviado», siempre disponible a acoger la novedad que viene del Padre, abierto a la manifestación de su amor, casi suspendido entre cielo y tierra.
Quien quiere seguirlo debe aceptar este desplazamiento, el confiar en una sabiduría más grande que escapa a las lógicas mundanas y rehúsa conformarse con pequeñas certezas. «Mientras iban caminando, uno le dijo “Te seguiré adondequiera que vayas”. Jesús le respondió: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”» [Lu 9, 57-58]. Jesús desvela así que, por medio de su persona, el Padre habla siempre a aquellos que desean que sea hecha su voluntad «en el cielo y en la tierra». Podemos también nosotros tomar el camino que ha mostrado a sus discípulos, si aceptamos abrir nuestro corazón a la escucha y estamos dispuestos a seguirle sin condiciones ni prejuicios.
Esta disponibilidad del corazón trae frutos de salvación en el mundo porque permite que el Padre continúe interviniendo en la historia.
En nuestras misiones se pueden ver muchos signos de la voluntad de Dios en acto, que continúa obrando el bien en el mundo. En Chile, donde muchos chicos que encontramos en nuestras parroquias desean conocer y seguir a la persona de Cristo. En Nairobi, donde resplandece la belleza del encuentro con el pueblo keniata, tan joven y abierto a la relación con Dios. En Taipéi, donde  nos regocijamos por el encuentro con una sola persona, como un acontecimiento que recuerda los relatos de las primeras comunidades cristianas.
No se puede dejar de pensar que todos estos frutos han sido posibles por la disponibilidad de algunos que han aceptado partir siguiendo la voluntad de Dios, haciendo casi «una locura», para permitir un nuevo inicio de la vida de Cristo en aquellos lugares.
Esta locura no es irracional, porque está suscitada por Cristo mismo como eco de su confianza en el Padre. Así el inicio que surge visiblemente en el mundo con Cristo, y lo que él crea en el hombre, forman una sola cosa. Cuando esta unidad acontece, allí se encuentra nuestra mayor satisfacción.

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