Con el descubrimiento del otro, de la vida comunitaria en la Iglesia, la respuesta a Dios se convierte en el inicio de la transformación del mundo

Vivir es renacer. La pregunta que Nicodemo hace a Jesús, ¿puede uno volver a nacer cuando ya es viejo? (cfr. Jn 3,4), es la pregunta fundamental de cada momento de nuestra vida. ¿Se puede renacer, se puede recomenzar después de cada dificultad, después de cada novedad, después de cada desplazamiento al cual Dios nos llama?
Dios, en nuestra vida, hace acontecer un continuo déplacement. A través de este “desplazamiento” Dios nos hace continuamente hallarnos a nosotros mismos. En ello consiste la posibilidad de la juventud para nuestro espíritu: seguir a Dios que nos llama a salir; como se lo pidió a Abraham.
Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón es Dios, dice el salmo 73. “Desfallecen mi carne y mi corazón” no significa “Me acerco a la muerte”, sino al contrario: “Frente a tu grandeza mi carne y mi corazón se llenan de asombro”. Pienso que esta enseñanza es importante para cada uno de nosotros. Para todos vale igualmente la misma necesidad de abrirse a lo que Dios hace y por lo tanto de renacer. Sin esta apertura constante de nuestra vida nos hacemos viejos.

Quiero hablarles de esta disponibilidad continua de nuestro ser a seguir a Dios, que guía a su pueblo, a través del desierto; hacia la tierra prometida. Toda la vida de la Iglesia y la vida de cada uno de nosotros dentro de la Iglesia se trata de esta peregrinación hacia la tierra prometida.

Una llamada personal
Leyendo y releyendo el Evangelio, aparece como éste sea un tejido de encuentros. Da la impresión que Jesús, incluso cuando se dirige a la multitud, habla siempre a cada uno en particular. Era uno de sus dones característicos. Cada uno se sentía interpelado y percibía dentro de sí la respuesta que Jesús le daba, más aún la respuesta que Él mismo era para la vida del hombre. La Iglesia no es primero una organización, una casa en la cual está ya todo hecho sin ti, sino que es una comunidad de personas por las cuales el acontecimiento de Cristo sucede ahora. Esto acontece en la medida del sí de cada uno a Dios, que se propone a través del rostro del Hijo.
Este elemento personal de la disponibilidad me parece el gran tesoro recibido por la educación de Don Giussani. Si voy a releer en mi memoria, no sólo mi relación con él sino toda la historia del movimiento, allí descubro esta prioridad absoluta: la prioridad de la persona. Realmente Jesús ha venido ante todo por mí. Él me ha amado, y se ha entregado por mí, (cfr. Gal 2,20). Esta expresión de San Pablo, que recoge en pocas palabras todo el sentido de lo que le ha pasado, entusiasma y enciende continuamente también nuestra vida.
La vida del hombre es un llamado a la acción. De modo particular lo es la vida del sacerdote y la vida de cada comunidad religiosa que vive en el mundo. Pero nosotros experiementamos que cada acción nos agota, si no reencuentra continuamente su fuente original dentro del diálogo personal con el que nos crea.
Una enfermedad terrible que puede golpear a la Iglesia es la de concebirse como una realidad ya hecha, independiente del sí continuo pedido a cada uno. La Iglesia vive de un diálogo que ocurre continuamente entre la obra de Dios, que nos alcanza por su palabra y sus sacramentos, y nuestra respuesta, nuestro abrirnos a su gesto que nos perdona y nos renueva. Esta realidad eucarística del acontecimiento eclesial representa en mi vida el descubrimiento más bonito y más consolador.
Una gran ayuda en nuestra vida es de habitar en una casa, en la cual juntos se vive y se celebra la Eucaristía. Día tras día, el estar juntos en la oración, en el estudio, en el trabajo, el estar juntos con la diversidad de nuestras sensibilidades, hace de la vida un acontecimiento continuo. La iniciativa de Dios hacia nuestra persona es un continuum, una acción continua instante tras instante. No es un programa que se toma, luego se deja, luego se restablece. No es un sucederse de iniciativas programadas y ajenas a lo que se vive y se adhiere. Sino que es la iniciativa continua del yo que le contesta a Dios que lo llama. Sólo este diálogo permanente, eficaz, entre Dios y el hombre, puede fundar una acción realmente cristiana dentro del mundo. Una acción que deja de ser algo exterior a nosotros y que comienza a vivir dentro de este diálogo entre nosotros y Dios que nos crea. Es como un dilatarse de este diálogo a otras personas, a nuestro mismo trabajo intelectual o físico.  A menudo veo en la Iglesia la enfermedad del activismo. El activismo es una acción que pierde la memoria de su origen. Antes me formo, y luego actúo. Antes creo, y luego amo. Antes me cargo energías de la fe, y luego me agacho frente al otro. El activismo pierde de vista el diálogo con Dios, y se convierte en una relación con los hombres en que el diálogo con Dios es solamente una memoria lejana. Una inspiración.
Al origen de nuestra disponibilidad hay un diálogo permanente con el Misterio, gracias al cual nuestra persona es enriquecida continuamente de la voz y de la gracia de Dios.

El descubrimiento de la comunión
Existe un segundo paso:  el descubrimiento de que este diálogo entre mi persona y el Misterio también ha alcanzado a otros. La raíz nueva que se ha colocado en el corazón de mi personalidad por el bautismo, y luego es madurada como vocación, también involucra otros. Es un diálogo tan profundo y tan cercano, que se pueden sentir como parte de mí. En el tiempo descubriré que Dios nos ha llamado juntos. Al principio, todo tomado por mi respuesta al Ser que me llama, puedo, por un instante, vivir de eso. Pero enseguida descubro que otros han oído la misma voz, que han sido alcanzados por la misma gracia. Es el misterio de la Visitación:  María, de prisa, dice san Lucas, (Lc 1,39), sin esperar, ha ido a encontrar Isabel. Es el descubrimiento de la comunión. 
La disponibilidad en la vida, que nace como “Aquí Estoy” a Dios que llama por su Hijo, es una semilla que hace surgir en el mundo la realidad de la Iglesia, la realidad de los que él ha llamado juntos para que fueran principio de su rostro en la historia. El principio del pueblo nuevo, en camino hacia el cumplimiento. Este descubrimiento de la comunión es el descubrimiento más bonito que pueda ocurrir en la vida, el que no nos dejará jamás, el que nos llena ya del presentimiento del fin, y por tanto nos da la energía para caminar.
Agradezco a don Giussani por haber puesto dentro de mi vida esta experiencia:  en el momento que Dios me creó y me renovó también pensó en otros, me puso dentro de un cuerpo. Me puso dentro de su cuerpo, y me hizo descubrir otros que también eran miembros de este cuerpo.
Descubrir que otros han sido llamados conmigo inaugura un camino de cambio. Reconocerse parte de la Iglesia junto a otros no es algo estático. Al contrario es un acontecimiento eminentemente dinámico que pone en tensión todas las cuerdas de mi ser, que me hace sentir cuánto todavía tengo que crecer, que da a luz en mí un deseo de crecer y de conversión. Como una competencia que vivo con los demás, sin ansiedad, sin juicios sobre mí y sobre los otros. Una competencia sin inculpar a los otros ni a mí mismo. Una tensión para alcanzar la estatura de Cristo:  es Él la medida sin medida a la cual tenemos que mirar. Podemos mirar de modo verdadero a nosotros mismos y a los demás sólo si lo miramos a Él.
Si la disponibilidad en un primer momento es abrirnos al infinito de Dios que me llama, luego se convierte en un seguimiento común. Descubro compañeros de camino, personas llamadas conmigo. Descubro la iglesia.

Una señal para el mundo
Finalmente descubro el universo. Esta pequeña o grande comunidad que ha nacido es un signo para el mundo. Es un principio de transformación de todo el mundo, que empieza con la transformación del pedazo de tierra donde él me ha colocado.
La disponibilidad se convierte en el ser instrumento de Dios para su visibilidad en la historia. No importa si esta visibilidad en la historia tiene los semblantes de una pequeña o de una gran comunidad. Si ella llega a crear una escuela o un hospital. Se puede reunir en su mesa solamente alguien que pasa de vez en cuando o en cambio se puede convertir en el corazón de un pueblo visible, grande, numeroso. Estas comunidades eucarísticas pueden tener dimensiones y formas diferentes. Pero todas son animadas por la conciencia de ser el rostro de Dios dentro de la historia del mundo.

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