La historia de la pequeña Ágata es el milagro que hace nacer de la desesperación la esperanza. Un testimonio de Taipei.

«Ágata nos ha sido donada desde el manantial mismo de la bondad, Dios». Así el obispo san Metodio habla de la santa virgen y mártir Ágata.

Otra Ágata me espera en el hospital pediátrico de Taipei. Está hospitalizada en terapia intensiva desde hace casi un mes. Apenas recibo la llamada de la mamá de Ágata entiendo que la situación ha empeorado. Tomo la moto y me lanzo a toda velocidad hacia el hospital, en pleno centro de Taipei. Estaciono en un lugar vacío (rarísimo) y, en poco tiempo, estoy en el octavo piso delante de la terapia intensiva. Encuentro a la abuela y luego, entrando, encuentro a la mamá y a Agata, intubada y conectada a muchas máquinas que la mantienen en vida. Ágata sufre de un síndrome congénito raro: la osteopetrosis maligna infantil, caracterizada por un aumento generalizado de la densidad del esqueleto. Al contrario de cuanto sugiere el nombre, sus huesos no son fuertes sino frágiles. Se asocia también a problemas de hidrocefalia, ceguera y sordera.

Desde cuando nació, hace tres años, Ágata está a menudo en el hospital. Sus padres se dieron cuenta de este síndrome cuando ella ya había perdido la vista. Ahora Ágata está en coma. Tiene una infección pulmonar grave y los tratamientos que está recibiendo no pueden sanarla. Solo un milagro podría salvarle la vida. ¿Pero su vida no está ya salvada? ¿No ha estado ya tomada en el bautizo e inserta en una vida eterna que no terminará más? Intento mirar a esta niña con los ojos de la fe. Según la mentalidad del mundo, quizás, sería mejor que no hubiese nacido nunca. ¿Por qué dar a luz una hija que tendrá que sufrir?, se preguntan algunos, cediendo a una falsa piedad. O se pregunta en modo utilitario: ¿qué me podrá dar un hijo así? Es el pensamiento difuso en esta parte del mundo: a menudo el hijo es una inversión para la vejez de los padres.

Pero Agata está, existe. Aunque su vida haya sido fatigosa, ella está viva. No se puede negar esta evidencia. No solo está viva, es capaz de amar, a su modo, a sus padres y abuelos. Y aunque no fuera capaz de mostrar ningún sentimiento, como ahora que está acostada en el lecho de muerte, es el objeto de nuestras atenciones, de nuestro afecto, de nuestro amor gratuito. Sabemos que le queda poco tiempo de vida, pero queremos que este tiempo sea lleno de amor. La abuela le hace escuchar desde el celular las canciones que escuchaban en la casa. La mamá le susurra unas palabras, yo le acaricio la frente y la cabeza. Recuerdo que cuando era pequeño, si me dolía la cabeza, mamá me acariciaba y su gesto me daba un gran alivio. No sé cuánto Ágata pueda sentir, nosotros seguimos cuidándola. La mamá le esparce crema en la piel agrietada de la cara, de las manos y los pies, después le pone mantequilla de cacao en los labios. Yo le hago masajes con la crema en la mano izquierda y la oreja. Pienso en la unción del cuerpo de Jesús.
Esta niña ha estado por mucho tiempo, en un modo muy especial, junto a Jesús: ha compartido su cruz. Ahora está por compartir su muerte y su resurrección. Esta unción es un poco como la unción de Betania, aparentemente inútil. Pero el amor es así, si busca algo a cambio no es puro. El amor debe ser un poco un derroche, una sobreabundancia, como aquel aceite costoso usado sin parsimonia que Jesús acepta como signo para su sepultura.

La mamá conforta a la hija: “No tengas miedo, dentro de poco irás a un lugar bellísimo, con Jesús. Finalmente podrás ver y no estarás más en la oscuridad como ahora. ¿Te acuerdas cuando íbamos a misa y tú querías correr hacia el altar y yo te retenía? ¡Sabías que allá estaba Jesús! Ahora no te retengo más”.

El papá está en Japón por trabajo. Cuando se casaron, él no era católico. Ha sido uno de los pocos del que he celebrado el matrimonio y que se ha conmovido durante la misa. Después del nacimiento de Ágata, decidió seguir el catequismo y el año pasado hasta se ha bautizado. Este año trajo al catequismo a un querido amigo.

Ahora no puede estar aquí pero la mamá lo llama al celular para que pueda ver y escuchar lo que decimos y estar en algún modo presente. La mamá sigue hablando a Ágata, pero es como si hablara a su marido: “Ágata, tú has traído tanto bien a nuestra vida. Ves, tu padre ha cambiado desde que naciste, empezó a ir a misa y se ha bautizado. Ahora nosotros seremos fuertes, iremos adelante. Seguiremos estando juntos en la oración hasta que nos reencontremos juntos en el paraíso”. Sí, es verdad: nuestra vida tiene un objetivo, amar y ser amados. Pero antes que todo, ser amados. Nosotros no nos hemos dado la vida solos. Somos, existimos, porque alguien que nos ama nos ha precedido, nuestros padres y sobretodo Dios, que es amor. Venimos del amor y vamos hacia el amor.

Y también Ágata es así. El poco tiempo que ha tenido aquí con nosotros ha sido un tiempo de amor y de cruz, un tiempo lleno de significado. Su vida, aunque breve, a los ojos de Dios es ya perfecta. Es un momento difícil, pero me sorprendo de la fe y de la paz que siento adentro mío y en las personas que rodean a Ágata. En vez de la desesperación, hay esperanza. Junto al dolor, hay paz y alegría. Es un milagro, quizás más grande que la sanación, que de todas formas pedimos hasta el final. «Ágata nos atrae hasta con el nombre», escribe san Metodio a propósito de la mártir del siglo III, «y es enseñanza con su ejemplo para que todos, sin detenerse, compitan entre ellos para conseguir el verdadero bien, que es solo Dios».

 

Foto Aikawa Ke –  flickr.com

lea también

Todos los artículos