«¿Un hombre culto, un europeo de nuestros días, puede creer en la divinidad de Jesucristo?». Esta historia del barrio milanés de Niguarda demuestra que sí, la fe todavía es posible.

Solo hay 1000 km que separan Brno, la segunda ciudad de la República Checa, de Milán. En realidad, el recorrido que ha hecho Vendula Krcilova, desde que llegó a Italia con veinte años, es larguísimo. Incluso hoy en día – a distancia de 14 años, un matrimonio con Daniel y el nacimiento de un hijo amadísimo, Federico – ella lo relata casi sin aliento y con lágrimas peligrosamente a punto de salir. Sería fácil confundir esa luz en la mirada con el triunfo de una vida cumplida, ganadora. En cambio, es otra cosa.

“Gracias a Dios, no sienten que hayan llegado, continúan caminando” explica don Jacques du Plouy, párroco de San Carlos alla Ca’ Granda, en Niguarda. Habla de Vendula y Daniel, de cómo los ve crecer. Non es una forma de hablar, no es tan sólo una paradoja para este cura que desciende de la nobleza francesa y llegó a Milán hace casi cinco años, al final de un largo recorrido que lo ha llevado desde Argentina a Montreal. “Esta relación es una sorpresa también para mí” cuenta. En 2016, después de una larga catequesis, Vendula Leticia María fue bautizada el 22 de Mayo, se casó con Daniel en Junio, ha sido confirmada en Octubre y en 2017, el 8 de Junio, ha bautizado su hijo Federico. “No se ha parado, al contrario” recuerda don Jacques, casi asombrado. “No se conforma, quiere conocer más y más, profundizar su relación con Jesús”. Y él continúa acompañando a esta familia “tan verdadera” que impresiona a todos en la parroquia. Porque, confiesa, si “cada conversión es un milagro, una cosa que no te esperas, yo miro a estos encuentros como un milagro para mi vida”.

Cuando llega a Italia, Vendula huye de una familia muy problemática, donde ella siente que sobra. Los padres están separados, el padre se ha rehecho otra vida y la madre está afanosamente en búsqueda de un trabajo que no es nunca el adecuado. “Ninguno de mi familia creía en algo. O por lo menos yo no he recibido ninguna educación religiosa. Sólo una tía, la hermana de mamá, parecía sensible a la fe. Con ella me llevé bien”. Vendula y su hermano viven un tiempo con los abuelos paternos, pendencieros e infelices: la abuela materna se ha vuelto a casar y vive con un hombre que ya tiene una hija. Los dos niños están casi siempre solos, incluso de noche. “Con diez años tenía que acercarme al vecino para pedirle algo de dinero para hacer la compra. En casa faltaba leche, pero cigarrillos siempre había. Continuamente nos cambiábamos de vivienda, colegio, vecinos, amigos. Acabamos viviendo en unas barracas donde iban los trabajadores que venían de Ucrania. Nos quedábamos encerrados con llave todo el día, teníamos miedo”.

Solo tiene 20 años cuando llega a Italia, siguiendo a un chico milanés cuya familia le acoge en casa de mala gana. “No pensaba ni siquiera lejanamente en casarme. Sobre todo, no había entendido que no es suficiente con estar enamorados”. Después de algunos años, la historia termina. Vendula ha encontrado un buen trabajo como gerente de una tienda de una cadena de ropa llamada Terranova. Conoce a Daniel por casualidad, mientras busca un parking cubierto para la moto. “Parecía un tipo serio, que hacía lo que decía. Una persona profunda que quería saber todo de mí. Me hablaba de sus padres, con los que tenía una relación magnifica. Me dijo también que creía en Dios, y que hubiera querido formar una familia”.

Daniel se encuentra en el trabajo con un amigo que frecuenta la parroquia. Es Lele, pertenece al movimiento de CL, se convertirá para Vendula en padrino y testigo de boda. Es él que presenta a la pareja don Jacques. “Fue un primer encuentro muy sencillo y amigable” dice hoy el cura, al que la pareja continua llamando papá Jacques. Él ríe: “Lo que para ella al comienzo fue evidentemente una búsqueda afectiva, se ha transformado en un deseo de conocer la fe”. Jacques habla de esta relación como de “un regalo, un signo. Y también una gran inversión humana, por mi parte. Además del tiempo transcurrido con ella, está la tensión de confiar en la oración las personas que nos son enviadas”.

Durante un año, Vendula se ve con Jacques todos los viernes por la noche. “Y empiezo a entender” dice hoy conmovida “cuán ignorante soy y cómo es bonito acercarse al Señor. Don Jacques se ha dedicado completamente a mí, una cosa extraordinaria: el tiempo es precioso. Pero estando con él me he dado cuenta de que tenía a mi alrededor a gente que cree y ama a Jesús. Cuando empiezas a frecuentar una comunidad, puedes profundizar en ciertos discursos. De otro modo, ocurre que hay cosas de las que no hablas nunca porque tienes miedo. Empiezo a ver signos y demostraciones de la presencia del Señor, entiendo que Él está. Durante años, con Daniel hemos hablado de nuestros valores, de la familia. Y ahora descubrimos que Él existe realmente”.

Con Vendula podríamos hablar durante mucho tiempo. Pronuncia con sencillez frases que hacen temblar: “He visto su belleza y su poder” dice de Jesús. “Le doy gracias porque me ha dado los ojos para ver y, espero, la posibilidad de transmitir lo que he visto a otras personas”. Recibe el bautismo, única adulta, en medio de un montón de niños que iban de blanco: “Sabía que había una unidad nueva entre yo y el Señor” recuerda. “Algo oficial, objetivo, que todos podían ver y que me habría completado, el premio por haber llegado al final de un camino. También Daniel ha cambiado. Ahora se reza, en nuestra casa”.

Antes de acabar, pedimos a Vendula que se mire en el espejo, para ayudarnos a entender. Y ella, con la nueva docilidad que ha conquistado, lo intenta de buena gana: “Tenía un corazón de piedra, así me decían. Me faltaba humanidad, dulzura y humildad. Ahora me siento una persona más serena. Tengo mucha fe y mucha confianza. Una amiga queridísima, una chica albanesa, me ha dicho: «Ya tenías algo dentro pero no habías encontrado a nadie que te ayudara a hacerlo salir»”. La última línea es para Jacques, el cura que don Giussani apodó “el milagro”, porque había venido de Francia como algo totalmente inesperado. “Ahora Vendi vuela” dice feliz. “Por la noche reza con el niño en checo, le habla de Jesús. Es tan sorprendente, para ella es todo nuevo, incluso en el vocabulario”.

 

En la imagen, momento de juego en la parroquia de San Carlos alla Ca’ Granda – foto Leonora Giovanazzi.

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