La urgencia de la misión tiene su origen y fin en Cristo: nos lo ha enseñado siempre la figura de San Pablo.

La pasión misionera de un cristiano surge y se alimenta de dos grandes experiencias. La primera es la conciencia que uno tiene del encuentro con Cristo, que lo ha rescatado de una vida que no valdría la pena ser vivida. La segunda es el sentido del horizonte final hacia el cual transcurre la historia, llena de acontecimientos y de vidas humanas: el retorno de Cristo.

 

En la figura de san Pablo todo ello resplandece de un modo paradigmático. En sus primeras cartas surge frecuentemente un dolor agudo por aquello que había sido antes de conocer a Cristo. Tenía en mente constantemente su enemistad con la Iglesia, que le había llevado a cometer injusticias y delitos. No sabía lo que hacía (1Tm 1,13), escribe a uno de sus amigos más queridos, pero era verdaderamente así, indigno de todo. En otras cartas confiesa: He perseguido a la Iglesia de Dios (1Cor 15,10), siendo el más intransigente entre mis coetáneos. Pablo recuerda que había encarcelado a inocentes y que les había perseguido con dureza. Todo comenzó cuando había cuidado de los mantos de los hombres que habían lapidado a Esteban en Jerusalén, tras haberle humillado con odio durante un breve proceso. Y, sin embargo, no se sentía definido por estos hechos: Cristo tuvo compasión de mí (1Tm 1,13), escribe con orgullo, se fio de mí y me confió este ministerio (1Tm 1,12). He aquí el hecho verdaderamente decisivo de su vida: Cristo le tocó, le reveló la verdad de las cosas y de este modo le salvó de su fanatismo y de su brutalidad. Gratuitamente, por puro amor hacia él, hacia quien estaba alejado de Él y le era hostil. Por tanto,  el ímpetu con el que se dedica al anuncio de la fe es para él la única respuesta posible: Pablo está agradecido a Aquel que le ha restituido la vida y por ello, se la entrega, gastando toda energía física y espiritual por Él, hasta la última gota de sangre. Cada vez que recuerde lo que le sucedió quedará turbado: Cristo se fio de mi y me confió este ministerio, a mí, que antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente (1Tm 1,12).
Este es por tanto el primer movimiento que hace que un cristiano sea misionero: el asombro por lo que le ha sucedido, que se convierte en necesidad imperiosa de contarlo a todos. En esto se encuentra la fuerza de nuestra comunicación, cuando decimos sinceramente a otro: «¡He descubierto algo que tienes que ver!». Si el encuentro con Cristo es el verdadero hito de nuestra vida, será imprescindible para nosotros que todos le conozcan. Esta es la única verdadera estrategia misionera: nada que ver con un plan de acción, sino un descubrimiento que no podemos no compartir.

 

Pero un cristiano vivo advierte un segundo impulso interior. El encuentro con Cristo no es para él un hecho del pasado, supone más bien el inicio y la espera de un cumplimiento. El cristiano mira su historia personal como un todo unificado desde la vocación que recibe, y por ello se lanza hacia el futuro. Desde un punto de vista más amplio, observa toda la historia humana enfocada hacia el retorno de Cristo; la realidad del mundo es, a sus ojos, como un río que transcurre hacia aquel punto. Jean Daniélou –en un breve libro titulado El misterio de la salvación de las naciones que vale la pena releer– escribe que los cristianos de hoy, sobre todo en Occidente, han perdido el sentido de este horizonte. Nuestra fe es inmadura, observa. El tiempo de la espera se ha prolongado y nos hemos acomodado, ya nadie es consciente de que estamos esperando algo.
Los primeros cristianos, al contrario, pensaron que Cristo volvería en poco tiempo, antes que su generación desapareciera. Con los años, ayudados por el mismo Pablo, entendieron que Cristo dejaba pasar el tiempo porque les había encomendado a ellos una tarea inmensa, haciéndoles responsables de la difusión de la fe hasta los confines de la tierra. Al principio, también Pablo «creía que podría convertir el mundo en el periodo de la vida de un hombre», escribe Daniélou, «y que él, apóstol de las gentes, habría conseguido reunir a todos los hombre en torno a Cristo». Se espera que «como coronación de la obra, habría visto al Señor volver desde las nubes y juzgar a todas las naciones». Poco a poco tuvo que entrar en una perspectiva diferente, erradicada en una comprensión más profunda del misterio de Dios y de su obra. Todavía, sobre el ímpetu del deseo de acelerar el encuentro definitivo con Aquel que le había salvado, la vida de Pablo fue como una única gran carrera, y realmente intentó arrastrar con él a todos los hombres.
Pablo tiene una relación especial con el tiempo y sus cartas están llenas de recomendaciones en relación a ello: Comportaos así, reconociendo el momento en que vivís (Rm 12,11), es decir, el tiempo se ha hecho breve, haced de él buen uso, aprovechad cada ocasión. Frecuentemente, es incluso drástico: Ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe (Rm 12,11), el Día del Señor llegará como un ladrón en la noche (1Ts 5, 2). En «esa especie de prisa que le lleva por todos los países del mundo, en esa fiebre que tiene y que llena todos sus sentidos», Daniélou ve aquí incluso «el aspecto trágico de su predicación». «Trágico» aquí significa «existencialmente improlongable». La preocupación de Pablo es signo de la conciencia, verdaderamente cristiana, de vivir al final de la historia, y «se explica solo si se considera el sentido escatológico de su misión».
Esta urgencia que nace de la fe es algo grande. Es admirable percibirla en las almas más vivas y profundas, y puede dominar también nuestra vida. Todo se vuelve urgente y cada minuto precioso si esperamos la venida de Cristo, de Aquel que nos ha elegido y enviado a todo el mundo.

 

(En la foto, nuestros misioneros en Chile de peregrinación con un grupo de jóvenes de Santiago – mayo 2019).

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