«Busquen los bienes del cielo, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios», escribe San Pablo a los Colosenses. «Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra».

Estas frases podrían tomarse, de manera superficial, como una invitación a disminuir el valor de las cosas con las que nos enfrentamos todos los dias.

¿Debemos mirar las cosas de arriba y desviar la atención de todo el resto? Es decir, ¿tenemos que abandonar el compromiso con las cosas del mundo, el disfrute de las posibilidades de la vida, de la economia y de la política, del arte y de la cultura? Hay quienes interpretan la exhortación de San Pablo en este sentido, señalando el camino hacia un espiritualismo que rehusa encontrarse con la materialidad de nuestra existencia. La única cosa que realmente importa es la vida eterna, por tanto alejémonos de lo demás, porque nos distrae de lo que es auténtico.
No es esto lo que enseñan San Pablo y la Iglesia. Al contrario, sólo y precisamente porque lo único que realmente importa es la vida eterna, todo importa en esta nuestra vida presente. Don Giussani para hacer entender esto, ha traducido la expresión «allá arriba» con la palabra «dentro». La vida eterna es la verdad de esta vida, decía. Que Cristo esté sentado a la derecha del Padre significa que «se ha colocado en la raíz de las cosas». El cristianismo, añadía, «es el comienzo de la eternidad en la experiencia del hombre normal de este mundo; es la experiencia de un hombre que cultiva lo eterno, que percibe el alba de lo eterno dentro de sí, que comprende como en su existencia la verdad eterna o la felicidad plena y eterna son tangibles, son contenido real de la experiencia presente».
Todo adquiere valor justo porque todo va a ser preservado. Sin la perspectiva de la eternidad, las cosas se vacían, pierden significado. No es suficiente decir, como hace el poeta Terencio: «Soy hombre» para afirmar que nada de lo que es humano me es extraño. Si el hombre acabara en la nada, en realidad, todo le sería extraño.
A la luz de lo eterno, en cambio, todo retoma vida y sentido, de las relaciones públicas hasta las experiencias más intimas. Si la vida es eterna, vale la pena vivir ya desde ahora la amistad, el amor por por su esposa y por sus hijos; es bello el orgullo de pertenecer a su tierra y a su gente, que da fuerza a la identidad de un hombre y abre al mundo y a los demás; está lleno de nobleza el trabajo para mejorar sus condiciones y la tierra de todos; es justa la fatiga de la política para conservar la paz y para contribuir al camino de todo hombre hacia su plena dignidad; es verdadero el amor a la Iglesia, con sus heridas y su gloria; tiene sentido el sacrificio necesario para educar las nuevas generaciones a aquello que es bello y puro; es un bien cultivar el gusto por la música, por la literatura y por todas las artes.
Si la vida es eterna, tienen sentido las peticiones que dirigimos a Dios, las promesas, el perdón pedido y obtenido, la gratitud expresada en la oración, la maravilla experimentada por la cercanía del Señor. Si la vida es eterna, puede ser una experiencia real la familiaridad con los santos, llenos de confianza, el acuerdo vivido con ellos en la comunión de sensibilidades, la ayuda de ellos implorada y recibida.
Todo esto no será borrado por la muerte: será herencia nuestra para siempre.

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