El viaje a Japón de la parroquia de Taipei. Buscar el rostro de los santos para volver a descubrir la vida a la que Cristo nos llama incorporándonos a Él en el bautismo.

Hace poco un periódico italiano publicaba la charla que dio hace más de un siglo en Tokio un intelectual euro-japonés en la que subrayaba el poco conocimiento que se tiene en Occidente del mundo y la cultura del país del sol naciente. Se han escrito muchos libros sobre este país fascinante y misterioso y, sin embargo, el sentimiento general que se tiene acerca de él es de una distancia aparentemente incolmable.

Desde hace algunos años predico en Hiroshima los ejercicios espirituales. En efecto, la primera sensación que tuve al poner los pies sobre aquella tierra fue de una profunda extrañeza, debida en gran parte a mi ignorancia, pero también intuí una gran riqueza humana. Todo aparentemente perfecto y ordenado. En las calles hay muchísimos coches pequeños y cuadrados que se mueven en silencio, respetando las señales de tráfico. La gente camina ágil, vestida con ropa elegante de trabajo, y se prodigan en saludos, en agradecimientos infinitos que provocan un poco de embarazo.

El autor que he citado afirma que para conocer una cultura no valen solo los libros que los estudiosos puedan escribir, sino sobre todo la literatura local, a través de la cual quien escribe se desvela a sí mismo y, en consecuencia, el alma del propio pueblo.

Para mí ha sido así. Aunque conocía a algunos japoneses con los que había coincidido varias veces, lo que abrió definitivamente mi curiosidad respecto a esta cultura fue un libro, Requiem por Nagasaki, escrito por P. Glynn, misionero australiano. Contiene escritos y cartas de Tagashi Nagai, un médico japonés que, tras convertirse al cristianismo a través de Midori, su mujer, tuvo que afrontar el drama de la bomba atómica que cayó sobre Nagasaki el 9 de agosto de 1945: un hecho que le llevó paulatinamente a la muerte.

Impresionado por esta lectura, hace dos años decidí ir a «conocer» a Nagai San. Después de los ejercicios de la Fraternidad de CL, gracias al billete que me regaló la comunidad de Hiroshima, hice una peregrinación a Nagasaki donde conocí más de cerca la historia de este hombre y de la iglesia local, que hoy es una pequeña comunidad traspasada durante los siglos por la sangre de muchos mártires.

Me impresionó tanto que propuse a la parroquia una peregrinación. Así, el pasado mayo, Paolo Costa, Gabriele Saccani y yo, junto a unos treinta parroquianos y amigos, pasamos cinco días descubriendo a los santos japoneses.

Para prepararnos, nos servimos también del documento Gaudete et Exultate, en el que el papa Francisco nos recuerda que la vocación a la santidad de cada cristiano no es fruto de un heroísmo particular personal sino de la común pertenencia a la Iglesia. Durante ocho meses nos preparamos con encuentros mensuales en los que leímos y comentamos juntos la exhortación apostólica. También presenté la historia de personas en «camino hacia la santidad»: san Francisco Javier, los primeros 26 mártires japoneses, san Maximiliano Kolbe y Tagashi Nagai. Se trata de personas que vivieron en Japón en diferentes momentos, dando la vida por Cristo a través de diversas formas de testimonio. La preparación ayudó a profundizar en el sentido de la llamada a ser santo que cada uno recibe y a prepararse para el encuentro con estos grandes testimonios.

Llega el primer día de peregrinación: nos despertamos al amanecer y vamos en autobús al aeropuerto. Yendo de camino nos damos cuenta de que faltan dos pasajeros. Pasamos por su casa y les despertamos: estaban tan nerviosos que no habían conseguido dormir, hasta una hora antes de salir. Con la alegría de quien se prepara para un gran acontecimiento, nos reímos y finalmente subimos al avión.

Fueron días muy bonitos, cada uno estaba provocado por el encuentro con un santo diferente. Visitamos los lugares en los que estuvo san Francisco en 1549, cuando deseaba ir a China. Subimos a la colina donde, 50 años después, fueron crucificados los primeros 26 mártires que no abjuraron de la fe católica. Caminamos por las calles por las que paseó Kolbe durante seis años desde 1930, dando a conocer la revista de la Milicia de la Inmaculada y fundando un convento. Al final, rezamos sobre la tumba y en la casa de Nagai San, el cual, hasta el último suspiro, contribuyó al bien del pueblo japonés, como médico, estudiando y como cristiano, testimoniando abiertamente su fe.

La belleza de aquellos días se daba por razones diferentes: en primer lugar, por la posibilidad de transcurrir juntos horas significativas, algo que no se puede dar por descontado en Taipei, donde todos van corriendo a todos lados, ocupadísimos con el trabajo; además, por constatar que lo que me había impresionado a mí, hacía dos años, tocaba también a nuestros amigos taiwaneses.

Durante la asamblea final todos contaron algo. Sobre Francisco Javier, les sorprendió la pasión misionera que para algunos se había convertido en una pregunta sobre su propia vida: «¿Y yo? ¿Cuánto y cómo deseo comunicar la belleza de la fe que he recibido?». Respecto a los mártires y a las persecuciones sufridas por la iglesia japonesa, muchos se preguntaban de dónde nacía la alegría que había llevado a estas personas –¡niños incluidos!– aceptar el martirio en vez de abjurar pisoteando el icono de Jesús o de María. Alguno preguntaba: «¿Cómo pudieron conservar la fe los cristianos perseguidos (llamados escondidos) durante 250 años sin sacerdotes que celebraran los sacramentos?». Conociendo a Nagai San, casi todos reconocían en él la actualización de la frase de san Pablo, patrón de nuestra parroquia: No soy yo, es Cristo quien vive en mí.

Volvimos a Taipei llenos de gratitud y de preguntas. Pero también con la misma certeza de dos japoneses de los que habíamos escuchado su preciosa historia. En realidad, al principio el número de los primeros mártires era 24. Les arrestaron en Kioto y estuvieron obligados a recorrer casi mil kilómetros durante un mes, en condiciones durísimas, antes de llegar a Nagasaki, la Roma japonesa, donde la condena habría tenido lugar ante una gran multitud. Sin embargo, se unieron al cortejo dos personas que intentaban acompañar a los condenados ofreciéndoles ayuda material y espiritual. Al final del camino, el atractivo de Cristo venció: los dos acompañantes pidieron unirse al grupo para compartir su sufrimiento y alegría. «Pensaba que el cristianismo de verdad se encontraba en Occidente –decía un parroquiano– y, en cambio, cerca de mi casa he vuelto a descubrir que realmente Cristo es el Señor del tiempo y que guía la historia por encima de toda debilidad o tragedia humana. Estoy agradecido de ser parte de Su cuerpo y deseo testimoniarlo cada día, en mi pequeña historia que se vuelve grande gracias a Su presencia».

 

(Donato Contuzzi, sacerdote desde el 2013, es párroco de St. Paul Xinhuang, en Taipei. En la foto, con un grupo de parroquianos durante un viaje a Italia). 

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