Francis, joven Samburu que prefirió los estudios a la vida de guerrero. Gabriele, sacerdote milanés que desde hace unos años es misionero en Nairobi. Dos culturas diferentes, pero una misma experiencia de fe. Esta es la historia de su amistad.

Francis es un querido amigo. Lo conocí hace cuatro años en Eldoret, una ciudad a ocho horas de coche por la carretera que desde Nairobi lleva a Uganda, donde había una pequeña comunidad de estudiantes universitarios de CL, a quienes visitaba varias veces al año. Él era uno de estos chicos, y poco a poco sobresalía en el grupo por su seriedad, tanto que se convirtió en un punto de referencia. Hablábamos a menudo también por teléfono; varias veces había sido huésped de nuestra casa de sacerdotes. Desde que nos conocimos, quedé fascinado por la fe y la profundidad de este chico, nacido y crecido en aldeas del territorio samburu. Como muchas otras tribus de Kenia, los Samburu son pastores, viven en zonas áridas donde no es posible cultivar nada, y aún mantienen tradiciones ancestrales. Cada pueblo está rodeado por llanuras interminables, que pueden incluso ser tan grandes como Milán. A pesar de que todo el territorio pertenece al pueblo, sólo una parte muy pequeña está habitada. Los núcleos habitados, llamados Manyatta, están formados por unas pocas cabañas pobres donde vive el cabeza de familia con sus dos-tres-cuatro esposas (cada una con su cabaña personal) con los hijos. No hay agua corriente y no hay electricidad, el baño es la sabana. En cuanto los hijos varones cumplen los doce años, son separados de sus familias y viven en la sabana en estado prácticamente salvaje -para usar un eufemismo- cuidando los rebaños de la familia. Cuando estos chicos crezcan se convertirán en Morans, los guerreros de la aldea, indispensables para defender al rebaño y en las disputas con las otras aldeas y tribus. Siempre están armados con puñales y lanzas, y su máximo honor es matar un león con las pocas armas de que disponen. Evidentemente, muy pocos van a la escuela (la educación escolar está estancada en el 12%, cuando está bien). La mayor parte de las mujeres vive en las aldeas y no recibe ninguna educación, signo de la muy baja consideración que la mentalidad samburu les reserva.

Mi amigo Francis vivió en las cabañas hasta los dieciséis años, y lleva en el rostro los signos tribales: dos dientes de la mandíbula inferior rotos, signo de la alcanzada madurez, las orejas desmenuzadas -un poco como se hace con los animales-, varios surcos en la cara, símbolo de su pertenencia a los Samburu. Para hacerle estudiar, el padre ha tenido que pelearse con su padre (el abuelo de Francis) que quería que se convirtiese en Moran. Desde los dieciséis años, por tanto, Francis ha dejado la aldea y ha ido antes a un colegio y luego a la universidad, donde ha encontrado un mundo completamente distinto: agua corriente, luz, escuela. Sus padres son católicos (los misioneros llegaron en los años ’60 y lograron convertir a una minoría de la población).

La amistad con él nació poco a poco, tuvimos la oportunidad de compartir muchas experiencias y mucho tiempo para contarnos sobre nosotros mismos. Es en cualquier caso un milagro que dos personas de orígenes y tradiciones tan diferentes puedan convertirse en verdaderos amigos. Creo que lo que permitió esta amistad fue, sobre todo, el deseo de Francis de vivir y compartir su fe cristiana conmigo. Después de la universidad, nos perdimos un poco de vista. Él regresó a Samburu Land, donde es administrador de una aldea, es decir, representante del Estado en la aldea, aunque vive en una ciudad pequeña. Más tarde supe que había tenido una niña con su novia, y que vivían juntos.

Entonces empezamos a comunicarnos con más frecuencia. Traté de convencerle de la posibilidad de celebrar el matrimonio religioso, y no sólo el tradicional, siendo también la novia católica, educada en escuelas católicas. Fueron necesarios varios meses para reunir todas las vacas que el padre de la chica había pedido para el matrimonio. Por fin se fijó una fecha, el 16 de diciembre. Hemos hecho juntos todos los pasos, y él me pidió de celebrar el matrimonio en la Minyatta de la novia, que se encuentra entre Maralal y Wamba, más o menos a 400 km de Nairobi: ocho horas de viaje, cuatro por carretera asfaltada y cuatro por caminos de tierra y sabana. Invité otros amigos que conocían a Francis, y nos hemos preparado para pasar tres días en una aldea sin agua ni electricidad, con standard higiénicos muy distintos de los de Nairobi. Nos trajimos tiendas de campaña, sacos de dormir, linternasa, agua potable y todo lo necesario para la salida. Francis nos encontró un guía, un amigo suyo que nos llevó hasta la aldea. No ocurre todos los días de pasar unos días en la sabana, sin ninguna instalación turística disponible. La naturaleza es realmente impresionante por su inmensidad, por los miles de colores y ruidos. El cielo está literalmente recubierto de estrellas, sin ningún espacio libre. Parece que vayan a caer sobre la tierra de tantas que son. Hemos conocido al padre Manyatta, el padre de la novia Mónica y luego a toda la familia. Por la noche, con la luz de las estrellas, hubo espléndidas danzas de los Morans (para la ocasión vienen de los pueblos vecinos, y compiten a ver quién salta más alto para hacerse notar por las chicas), con un ritmo intenso y abrumador.

He podido hablar con los esposos sólo a medianoche, a las 2 de la madrugada, para preparar la misa del día siguiente. Al final nos acostamos con el estómago vacío, porque la dieta Samburu prevé una taza de té por la mañana y otra por la noche, con una comida consistente al mediodía. A la mañana del día siguiente, a las seis, se celebró el matrimonio tradicional que consiste en la muerte de un toro por parte del novio como don para el padre de la esposa. Solo a las 12, con tres horas de retraso, hemos logrado celebrar el matrimonio religioso y bautizar a la hija. Estaban presentes pocas personas, porque los Morans van a las bodas sólo para las danzas nocturnas, y de día duermen. Después de la misa en kiswahili, con la homilía traducida al samburu por el catequista local, hemos tenido otras danzas muy bellas de los esposos y de los amigos, para acabar con el corte del pastel. Después de una comida de boda frugal hemos asistido a otras danzas de los Morans. Finalmente encendimos una hoguera alrededor de las tiendas y charlamos con algunos de los jóvenes de la Manyatta. Hemos hablado de amistad, de política, de poligamia y monogamia. Nosotros de Nairobi insistíamos sobre el hecho que la monogamia encuentra sus razones en el valor único de cada mujer. Ellos sonreían y nos decían que podían incluso estar de acuerdo, pero que, en el fondo, es el jefe de la aldea quien decide: si él dice que deben casarse con otra mujer, no pueden echarse para atrás. El día siguiente celebramos una misa de acción de gracias y luego regresamos a Nairobi, contentos de habernos sumergido en este mundo tan lejano de todo lo que vivimos.

Hemos traído con nosotros, además del hambre, los rostros y las preguntas existenciales de muchas personas, que ciertamente quieren saber más sobre el significado de su vida.

 

Gabriele Foti, sacerdote desde hace diez años, está en misión en Nairobi (Kenia) desde el 2010. Es vicario de St. Joseph y profesor de la escuela St. Kizito. En la foto, un momento del matrimonio.

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