Con la mirada en el Beato Angélico, el catecismo para la primera comunión en una parroquia romana se convierte en una oportunidad para aprender la santidad.

Desde hace unos meses, junto con otro seminarista, comenzamos a enseñar catecismo para la primera comunión a un grupo de veinte niños de ocho años, en nuestra parroquia de la Magliana. Es una experiencia verdaderamente hermosa y luminosa para mí. Lo que inmediatamente me conquistó fue su pureza. Todavía no tienen los prejuicios que nos abruman a los mayores, todavía no son escépticos ni desconfiados. No entran en la realidad con la duda, sino con curiosidad. Lo veo por la sinceridad en las relaciones entre ellos, por la alegría con la que nos esperan cada semana. Y por la forma en que nos dan crédito cuando, semana tras semana, les relatamos la historia de los pastorcillos de Fátima, niños de su edad que se hicieron amigos de Dios, o sea santos.

En el primer encuentro hemos hablado de la Anunciación, usando el cuadro de Beato Angélico expuesto en el Museo del Prado. Después de explicarles la historia de María, hemos resaltado la belleza de la figura investida por la luz, con los vestidos bordados en oro. Adán y Eva, por el contrario, están representados al margen, con los rostros tristes y grises, en el momento de salir del Paraíso terrenal después del pecado original. Es su “no” del pecado original lo que deja a Adán y Eva tristes. La belleza de María, en cambio, viene de su “sí” a lo que Dios le pide. María es bella porque es amiga de Dios. Al final de la explicación, una niña, mirando la imagen, dejó escapar en voz baja: “¡Parece realmente una reina!”. No creo que nadie le haya dicho nunca que la Iglesia llama a María “reina”. La sencillez de corazón de aquella niña ha atravesado en un instante dos mil años de tradición.

Al final del día, les preguntamos si querían convertirse en santos como María. Muchos respondieron inmediatamente que sí, sin ninguna duda o vacilación, como si fuera lo más natural que se podía decir. No hay ninguna distancia entre lo que reconocen como bello, bueno y verdadero y lo que quieren. En nosotros, a menudo se introduce el cálculo, las evaluaciones; en ellos la adhesión es instantánea, de ímpetu. Por lo tanto, estando con los niños de la caritativa, deseo recuperar la sencillez de una mirada así sobre el mundo, porque cualquiera que se haga pequeño como este niño será el más grande en el reino de los cielos (Mt 18, 4).

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