El obispo de Reggio Emilia-Guastalla nos ofrece un recuerdo de don Giussani, desaparecido hace once años, volviendo a traer a la mente su pasión por las relaciones personales y el conocimiento.

Pasión por el hombre. En estas palabras resumiría toda la existencia de don Giussani. Pasión por el hombre que tenía delante, por los incontables hombres que han atravesado su vida. Pasión que lo hacía curioso, deseoso de relación humana pero no entrometido en la vida de los otros.
Es necesario añadir: pasión por el destino del hombre. Él no nos ha mirado simplemente por lo que éramos, sino por lo que podíamos llegar a ser a raíz del acontecimiento que había tocado y transformado para siempre su vida, la Encarnación. Aquel que es el origen y el significado de todo, Dios, es un hombre en medio de nosotros, un hombre presente porque está vivo y operante en la actualidad de la historia.
De este modo, Giussani, ocupándose de la vocación de un incontable número de personas, ha creado un pueblo y ha construido un puente entre diversas generaciones.
Hoy las mayores instancias educativas, la familia, la escuela, la Iglesia, encuentran una dificultad enorme para realizar el encuentro entre las diferentes generaciones. Pareciere que algo se ha bloqueado. Quizás está verdaderamente en la pasión por lo humano, por el hombre concreto delante de nosotros, por su destino infinito, la posibilidad de atravesar la costra de la indiferencia y de la distancia y de crear escucha y, después, interés y seguimiento.
Don Giussani no renegó de lo que había recibido, pero, al mismo tiempo, percibía fuertemente las carencias de la propuesta educativa de su tiempo, en la que advertía una cerrazón en el pasado o un impulso hacia el futuro que cortaba las raíces con la propia historia. Él vio intensamente la ligazón con la propia tierra y las propias tradiciones, al mismo tiempo ha deseado redescubrirlas frente a las preguntas que los propios jóvenes le hacían. Ha buscado continuamente verificar si aquello que se le había dicho y transmitido respondía a las expectativas de su humanidad y de la de los demás. Ha querido continuamente descubrir si es cierto que siguiendo a Cristo se desarrollaba como hombre, si es verdad que todo se hace más grande cuando Él es reconocido como centro de la existencia, quien custodia la verdad, la belleza y la justicia.

Por todas estas razones, Giussani ha sido un gran hombre de cultura que ha mostrado las dimensiones culturales de la fe. Bastaba escuchar sus lecciones, sus conferencias, sus meditaciones. Citaba de memoria poesías, autores literarios de todas las épocas y países. No era una ostentación de cultura. Era la expresión de algo que llevaba dentro y que encontraba en las palabras de hombres egregios la posibilidad de llegar más fácilmente al corazón y a la mente de quienes tenía delante. En la música como en la literatura, él veía el signo profundo de la vida del hombre. En los grandes artistas veía la capacidad de leer la soledad del hombre y, al mismo tiempo, el anhelo por el encuentro con los otros.
Giussani sentía el diálogo con los hombres como una responsabilidad y una alegría, como algo siempre nuevo y siempre vivo. Aquello que encontraba se tornaba en él un acontecimiento. Se podía compartir o no lo que él decía, pero ciertamente en aquello que afirmaba y vivía había una necesidad que lo movía, una ternura por el hombre y una invitación a no desesperar. Se implicaba totalmente en cada palabra que decía y en cada cosa que hacía, porque sentía ese instante como necesario para su humanidad y la de los demás.
Don Giussani era un hombre que amaba conocer, que percibía todo como parte de sí. Iba hacia los demás porque estaba deseoso de conocer su experiencia, en todos los campo de la vida. En toda profesión buscaba informarse para entender más al hombre y a su existencia. Todo le interesaba, porque todo lo sentía como respuesta a su espera humana. Todo le enriquecía. Y, por tanto, nos enriquecía a través de la riqueza que penetraba en él.

En la foto: Desde la izquierda, Massimo Camisasca, Luigi Giussani y Paolo Pezzi sobre el lago Mayor en los inicios de los años noventa.
massimo camisasca

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