La Virgen María es la vía privilegiada a través de la cual el hombre de hoy puede volver a descubrir la paternidad de Dios.

María es la Inmaculada.
Este rasgo suyo se manifestaba concretamente en su obediencia a Dios, como dimensión espontánea y cierta de su amor. María se sentía plenamente hija. Por eso, su adhesión a las tradiciones del pueblo hebreo no era servil. En ella, la justicia prescrita en la Ley se cumplía totalmente: Inmaculada significa sin mancha. María realizaba en sí misma, por primera vez de forma completa, la alianza establecida entre Dios y sus padres. Inmaculada también quiere decir llena de gracia, es decir, llena del Espíritu Santo. Nadie antes que ella y como ella había comprendido la profunda intención del Espíritu en el respeto a la literalidad de la Escritura. María acogía con alegría las disposiciones de la Escritura, signo de la alianza de su pueblo con Dios. Pero más que cualquier otro, sentía que la Ley era un don de amor, una manifestación de la cercanía personal de Dios. Su obediencia se realizaba por tanto como gesto espontáneo de reconocimiento.
Es bonita esta palabra, reconocimiento. Es sinónimo de gratitud. Nos habla de la alegría y del sentido de libertad que sentimos cuando percibimos que somos amados. Pero también contiene en su raíz la palabra reconocer, de modo que también nos evoca a las palabras juicio y fe. María, aquella que medita todo en su corazón, reconoce en la tradición de sus padres la iniciativa del amor de Dios y libremente responde. En la gratitud espontánea con la que se adhiere a la voluntad de Dios, es perfectamente libre y perfectamente ella misma.

María es madre de Dios hecho hombre.
Es madre no solo porque concibió y dio a luz a Jesús, sino también y sobre todo porque fue la primera educadora del Hijo de Dios. María fue autoridad para su Hijo, tuvo la tarea de introducir a Jesús, niño y después joven, en la religiosidad de su pueblo, en la tradición espiritual de sus padres. Y lo hizo transmitiéndole de forma natural su experiencia personal de gratitud.
Por tanto, a través de la obediencia a la Madre, el niño Jesús empieza a obedecer al Padre. Obviamente, esto es verdad porque ante todo es verdad lo contrario: el Hijo de Dios obedece a la autoridad humana porque en su mismo ser hombre realiza un acto de obediencia original directamente dirigido al Padre celestial, como aquella inclinación que representa Andrej Rublëv en su icono de la Trinidad.

María es nuestra madre.
San Juan apóstol nos dice en su evangelio que desde el día de la crucifixión la vocación de María a la maternidad se extendió a todos los hombres. María es por tanto nuestra madre y la de todos los hombres de hoy, que huyen con miedo de toda paternidad. Sienten las palabras autoridad, ley, tradición y obediencia –resumidas en la palabra padre– como sinónimo de coacción, servidumbre o acatamiento que anula o limita una cierta experiencia de libertad en la que buscan toda posible felicidad.
Estos hermanos nuestros necesitan encontrar un camino para volver a Dios, al Padre. María se revela entonces ante los hombres de hoy, aplastados por grandes pesos. A través de su tierna preocupación facilita de nuevo que la obediencia se convierta en amor. María es el rostro maternal que acoge a los pecadores, que ve en ellos un corazón sufriente, desorientado, a veces desesperado. Su dulzura se convierte para ellos en un punto de partida nuevo, su afecto disuelve de entrada la contradicción que observan entre su exigencia de felicidad y los dogmas asfixiantes de la Iglesia. Con su sonrisa y sus lágrimas de preocupación, con la acogida amorosa que dona a cualquiera que se tope con ella, María libera de nuevo en el hombre endurecido la fuente de la gratitud. María nos hace sentirnos hijos y en esta experiencia nuestra relación con el Padre se abre de nuevo, se vuelve sorprendentemente positiva, fuente de alivio y de alegría. María, Madre Inmaculada, se convierte en el nexo que restaura la obediencia de los hombres al Padre y a la Iglesia.
Quizás parezca que la palabra preocupación no es adecuada para referirse a la Virgen. Sin embargo, se trata de una experiencia maternal por excelencia, una forma concreta y preciosa en la que se expresa el amor de toda madre, aunque, como toda experiencia humana, esté marcada por el pecado y tienda a encerrarse en sí misma. En cambio, en la Inmaculada, la experiencia de la preocupación está redimida y se convierte a su vez en instrumento de redención. La preocupación de María por la salvación de sus hijos se convierte en un reclamo irresistible de amor para quien empieza a percibirla. Basta con pensar en las veces y los sitios en los que María se ha aparecido en los últimos dos siglos, atrayendo y reconduciendo a Dios a multitudes de hombres.
Para el hombre herido de hoy el camino preferencial hacia el Padre es el de la ternura y docilidad de la Madre. La circunstancia histórica y cultural que vivimos hace que este camino sea casi imprescindible, pero en el fondo revela una dimensión de la misma paternidad.
(En la imagen, el rostro de María. Detalle de Marko I. Rupnik, capilla de la Casa de formación, Roma).

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