Algunos encuentros en Taiwán sobre el libro “El sentido religioso” de Luigi Giussani ofrecen la ocasión para volver a mirar la experiencia y las evidencias de la realidad; para volver a escuchar la voz del corazón y de la razón.

El año pasado en la universidad Fu Jen de Taipei, se realizó la presentación oficial de la traducción china de El sentido religioso: para esa ocasión nuestra comunidad preparó una muestra, organizó una mesa redonda con varios presentadores y programó dos workshop sobre la caritativa y sobre la enseñanza.

Poco tiempo después, en la universidad nos propusieron guiar un trabajo sobre el libro de don Giussani con algunos profesores católicos que se mostraron interesados. Así, un martes cada dos semanas, durante la pausa del almuerzo, trabajamos con ellos.

La primera semana presenté el contenido del libro enunciando el índice e introduciendo la figura de don Giussani. En las siguientes reuniones, hablamos del primer y segundo capítulo.

Una de las profesoras que participan al encuentro es responsable del servicio de consejería religiosa de la universidad. Es ella, quizás, la persona que se ha tomado más en serio este trabajo: se nota por las intervenciones que hace, por sus preguntas y por cómo se prepara todas las veces. Me sorprendió lo que dijo durante uno de nuestros primeros encuentros: “Estaba segura que para hablar de un argumento debía recolectar todo lo que ha sido dicho por personas ilustres, hacer una síntesis y sacar una conclusión mía. Pero este libro dice el contrario. Para dar un juicio sobre una experiencia humana particular, el amor o el destino, antes de nada tengo que interrogarme a mí misma. Al final, podré ver lo que han dicho otros sobre la misma experiencia, para evitar ser alienada”. Ha dado de inmediato en el clavo.

Durante las semanas que separan el segundo y el tercer encuentro, mientras estoy en un paseo con algunos parroquianos, presencio un hecho curioso: tres niñas jugaban con el agua de una pileta y una de ellas, la más pequeña, de repente resbala, mojándose el vestido. Naturalmente se pone a llorar. Llegan los adultos que, a diferencia de como hacían nuestros viejos cuando éramos pequeños, no la regañan, sino que la consuelan hasta que deja de llorar.

Un poco después, veo que las tres niñas empiezan de nuevo el mismo juego. Llamo a las más grandes: “¡No han aprendido de la experiencia!”. Me miran perplejas. Les pregunto: “¿Qué es la experiencia?”. Quedo sorprendido cuando una responde: “La experiencia es algo que sucedió en el pasado”. “¡Exacto! ¿Y qué ha sucedido recién? Jugando cerca de la pileta, tu hermanita se ha resbalado. Para evitar que pase lo mismo, la experiencia debería enseñarnos a no jugar con el agua, ¿no?”. La niña asiente y se aleja. Sin embargo, poco después las veo retomar el peligroso juego, esta vez bajo la mirada atenta de la mamá.

En el tercer encuentro sobre el sentido religioso, llevo este ejemplo a mis colegas para mostrar como las cosas que dice Giussani tienen que ver con la vida y con el modo con el que enfrentamos las cosas: para no ser como niños que no atesoran la experiencia, necesitamos continuamente ser provocados por alguien más grande que nosotros, necesitamos ser sostenidos por una compañía que nos levante incluso cuando nos equivocamos, necesitamos que alguien nos haga mirar la verdad. Recientemente se ha discutido mucho sobre la ley que, cambiando la definición de matrimonio, de hecho, abriría a los homosexuales la posibilidad de casarse: muchos taiwaneses son contrarios a la hipótesis de modificar la definición de familia, pero muchos otros ya consideran el matrimonio entre personas del mismo sexo como un derecho y esperan que sea pronto respetado. ¿Cómo podemos comunicarnos con nuestros estudiantes o con nuestros jóvenes, impregnados de esta mentalidad basada en el “derecho a autodeterminarse”? Las evidencias originales, aquellas que no necesitan demostración – el amor de la madre a un hijo es un bien, matar un inocente es un mal –, parecen derrumbarse. No escuchar más la voz del corazón es un signo de la gravedad del tiempo en el que vivimos.

Para esto estamos aquí: para ayudar a las personas a usar correctamente la razón, para indicar el corazón como raíz de su humanidad y de la nuestra, listos para abrazar al que cae. Todo puede ser útil, hasta un simple curso en una universidad de Taipei.

 

En la imagen, la iglesia Our lady of Wu Fong Ci, en Taiwán.

paolo costa

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