Una «reina» y un vagabundo en Puente Alto (Santiago de Chile) protagonistas de una carta de don Simón, desde hace unos meses misionero en Chile.

Desde hace cuatro meses me encuentro en Chile, en Puente Alto. Vivo con don Marco Aleo (el párroco), don Lorenzo Locatelli (el jefe de la casa), don Alessandro Camilli y don Diego García (vicarios). Os relato dos acontecimientos de los que he aprendido mucho.

El primero ocurrió un domingo, cuando llegué a la parroquia para celebrar la misa festiva. Dentro de la iglesia se me presenta una anciana señora vestida como una reina. La saludo y ella me pide para confesarse. Las personas presentes empiezan a reírse, dicen que está loca. Entramos en el confesionario y descubro que no quería confesarse, sino decirme que toda su vida había deseado ser una reina y que por fin había realizado su sueño. En Puente Alto hay clubes para personas mayores que cada año eligen a su reina. Creo que el deseo de la anciana señora es en el fondo el mismo que tengo yo: no estar solo, ser amado y por tanto feliz. Al final de la misa, entonces, dije a todos que aquel día, entre nosotros, había una reina. Se rieron pensando que aludía a la anciana señora, pero yo he añadido: “se llama Virgen María”. Y pasé a decir que estaban presentes numerosas reinas, porque todas tenían como su señor a un rey. Jesús mismo lo dice: “Yo soy rey”. Pero aquel día –continué – teníamos entre nosotros también una señora vestida como reina. La invité a subir al ambón para contar su historia. Así ella se levantó, se acercó hasta el ambón y, relatando su historia, rompió a llorar. Los fieles enmudecieron. Cuando se recompuso, es verdad, el problema fue quitarle el micrófono, pero mientras tanto aquella señora había revelado a mí y a los presentes el deseo grande que nos mueve, de ser amados.

El segundo acontecimiento le ocurrió a una amiga, profesora universitaria de física. En este periodo, en las universidades está sucediendo lo que ocurrió en los años ’70 en Europa, con la ocupación de los institutos por parte de los estudiantes. Un día, delante de la universidad había un mendigo que gritaba: “Tengo hambre”. Los estudiantes le pasaban por delante sin percatarse de él. Mi amiga se paró y le trajo consigo a un restaurante donde los camareros no querían dejarle entrar, porque olía mal y era violento. Mi amiga los convenció y él comió, entre improperios. Luego se fue.

Esta historia me hizo pensar en una obra de teatro escrita por Karol Wojtyla, Hermano de nuestro Dios, inspirado en un hombre que existió realmente, Adam Chmielowsky. Era un pintor polaco que, después de haber apoyado al régimen marxista, acabará su recorrido fundando una orden religiosa, y a quien el mismo Juan Pablo II canonizó durante su pontificado. Mientras dialoga con un amigo de la intelectualidad polaca, Adam pasa al lado de un vagabundo medio muerto, tendido en el suelo. Pregunta al amigo si se percató del pobre, pero el otro afirma que el pobre ya no dice nada a su inteligencia, ha dejado de ser un problema para él, puede ignorarlo. El intelectualismo no se siente atraído por la persona concreta, postula un bien universal que aplasta al individuo, elimina la historia singular en busca de soluciones atemporales y por esto inhumanas. Sueña – como describe T. S. Eliot – «con sistemas tan perfectos, que ya nadie tendría necesidad de ser bueno». Adam dice al amigo: “Cuántas cosas te faltan” y los dos se saludan. Luego se vuelve sobre sus pasos y, encontrando el vagabundo, lo levanta y le dice: “Me has salvado”. Has salvado mi corazón, mi humanidad.

¿Qué me han enseñado estos hechos? Que las personas concretas, locas o vagabundas que sean, nos salvan de la tiranía de la idea que tenemos de la realidad. Un día don Massimo Camisasca nos dijo: “Cuando pensamos que la persona que tenemos delante es un pobrecillo o que las personas que tenemos en la parroquias son cuatro pobretones es porque la pobreza la tenemos dentro”. En el epílogo de la obra teatral de Wojtyla, cuando Adam comunica a su amigo su deseo de fundar una orden religiosa dedicada a la caridad, este objetará que los pobres no le seguirán. Será él quien los seguirá, replica Adam. Así yo voy al hospital y hago lo que hago porque hay y siempre habrá gente que salva mi humanidad.

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