La comunión es el lugar donde Dios nos educa a amarlo y a permitir a su amor refluir en lo que hacemos: un testimonio desde Fuenlabrada.

“Cuando hay unidad arriba, hay unidad también abajo”: la frase, pronunciada hace unos meses por uno de nuestras feligresas, me quedó impresa. Esta mujer nos quiso decir que había notado que la belleza percibida en la parroquia es fruto de la unidad y de la comunión que vivimos en la casa (nosotros sacerdotes habitamos sobre las instalaciones de la parroquia). Me impresionó porque expresa lo que incansablemente don Massimo nos ha repetido siempre: “la casa, la vida común es el origen de la misión”.

De los muchos regalos que el Señor me está haciendo en estos primeros dos años de misión en Fuenlabrada, el más hermoso y precioso es ciertamente la comunión que vivo en casa con mis hermanos. A través de su humanidad y de su compañía, soy educado para reconocer y amar cada vez más al Señor. La cotidianidad de la vida común me ayuda a sacarme de la cabeza una idea imaginativa de Dios. Apostar por la vida en común, dejar que el hermano entre en mi vida, la juzgue y la corrija, se está convirtiendo en la oportunidad para conocer verdaderamente a Dios y dejarlo entrar en mi vida.

Ciertamente no es un paso inmediato, y me doy cuenta de cómo muy a menudo esto me escandaliza. ¿Cómo es posible que Dios pueda actuar a través de los hombres? Por otro lado, las personas que han conocido a Cristo se preguntaban: “¿Cómo es posible que ese hombre sea Dios? ¿No es el hijo de María y de José el carpintero?”.

Recuerdo que hace unos meses recibí un email de don Paolo que me anunciaba mi ordenación sacerdotal: en el mensaje añadía una serie de puntos que, en relación con mi personalidad, me invitaba a considerar y sobre todo a corregir. El email acababa así: “Si quieres, habla de ello también con Tommaso”. Es el responsable de mi casa, algunos meses más joven que yo. Mi único deseo era crecer como hombre y como sacerdote, deseaba ser bello delante de Dios, y no me importaba que un hermano conociera aquella parte de mí que era más secreta y que a menudo yo siquiera tenía el coraje de mirar.

No sin temor, acepté el consejo. El día siguiente me senté en el salón de casa para hablar con Tommaso de aquello que don Paolo me había escrito. Al comienzo fue una experiencia de humillación, pero con el pasar de los minutos experimenté lo que significa encontrarse “desnudo” delante del propio hermano y no sentir vergüenza, como se relata en el Génesis del hombre antes de la caída. Aquel día entendí que a través de aquella persona Dios mismo me estaba corrigiendo, sanando y amando. He experimentado que Cristo no es una idea, un cromo que enganchas sobre la realidad, una borla que sirve solo como ornamento. Cristo es una presencia viva que se manifiesta sobre todo en la vida de la casa. La comunión con los hermanos me abre a la iniciativa de Dios y purifica las imágenes que puedo tener en la cabeza, a las cuales a veces me apego con mi corazón y mi esperanza: por ejemplo, el paso que creo que deba hacer una persona, las ideas que tengo para el catecismo, el juicio sobre el grupo de los jóvenes o de los adultos. Es el camino real que me ayuda a entender si estoy siguiendo a Dios o estoy tan solo siguiendo un proyecto mío. Sólo de esta manera la corrección fraterna se convierte en algo deseable, porque es un medio que Dios utiliza para entrar en mi vida, es como un fuego que, si aceptado, purifica todo lo que en mí es impuro.

El amor de Dios, que experimento a través de la amistad y la comunión que vivo con Tommaso, Stefano y Francesco, se vierte luego en la vida de la parroquia. Es lo que me da fuerza y me sostiene en las fatigas y en las alegrías de cada día. Es la casa donde, cada noche, puedo siempre volver.

 

Giuseppe Cassina se encuentra en misión en Fuenlabrada (España) donde es vicario de la parroquia de San Juan Bautista. En la imagen, durante una excursión con los chicos de la parroquia.

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