Don Nicolò visita a menudo a los detenidos de la cárcel de menores de Casal del Marmo en Roma, junto a don David y algunos seminaristas. Aquí nos cuenta una “salida libre” muy particular

«Cura, tú tienes un vicio: el de hacer felices a los demás». Así me saluda Daniel abrazándome, al final de una jornada especial iniciada muy temprano. Él es uno de los que no perdona nada a la vida de lo que le ha reservado. Está siempre enfadado y enfrentado al mundo entero.
Son sólo las siete de la mañana, pero Daniel y los otros chicos están el pie desde las cinco. Es miércoles 2 de Diciembre. Junto a David y Francesco hemos acompañado a seis muchachos, presos en la cárcel de menores de Casal del Marmo, a la audiencia del papa. Nos lo habían pedido hace tiempo. Habíamos escrito en su nombre y le habíamos propuesto al magistrado de vigilancia, que les concediera un permiso especial de premio: pasar algunas horas “libres”, desde las siete de la mañana a las cuatro de la tarde.
El día anterior había querido encontrarme con ellos para explicarles lo que veríamos en esas pocas horas. Les dije que obtener aquel permiso no había sido sencillo, sobre todo porque se había tratado de una salida sin escolta de ningún agente. Por de más, porque cuando la noticia había llegado a oídos de los mismos agente, algunos me habían mirado un poco desorientados y sarcásticos: «Pero, ¿vas a fiarte de estos chicos, como para llevarlos fuera solos?». Un poco inconscientemente, les había respondido: «No tengo miedo de darles plena confianza». Se lo he contado y sin que se añadiese otro, los mismo chicos me han estrechado la mano dándome su palabra de todo se desarrollaría del mejor modo. Esta confianza ha estado ampliamente recompensada.
Primera etapa: Plaza de San Pedro, donde nos esperaba un buen desayuno. Sentados en la mesa de un bar, cada uno de ellos ha querido escribir una pequeña nota para entregar al papa. Poco después nos hemos encontrado con el padre Gaetano Greco, capellán desde hace 35 años de la cárcel de menores, acompañados por una decena de chavales de su comunidad educativa.
Hemos entrado en la plaza y, tras varios controles, henos en el lugar sagrado. Todos miraban en su derredor: uno con curiosidad por los cantos y bailes; otro, allí por primera vez, alzaba los ojos hacia las grandes estatuas de Jesús y de los apóstoles que sobresalen sobre la fachada de la basílica, otro aprovechaba en cambio para llamar a casa (¡con mi móvil!).
Con la llegada del papa, todos se han puesto de pie sobre las sillas para saludarlo desde lejos, para decirle: «¡Hoy estamos también nosotros!». Al final de la audiencia, el papa Francisco se ha acercado y los chicos han olvidado de pronto las recomendaciones de uno de los maestros de ceremonias que les invitaban a permanecer en su puesto. El papa les ha saludado uno a uno, cambiando dos palabras con todos y ha bendecido dos niños Jesús para el nacimiento que habíamos preparado en el interior de la cárcel. Roto el protocolo y en un clima familiar y tranquilo, ha llegado la segura petición: «Papa, ¿nos hacemos un selfie juntos?». Así se han reunido todos para tener su foto con Francisco.
Hemos ido después directamente al Castel Sant’Angelo y ninguno de ellos lograba ocultar el estupor en la mirada, igual que los niños en una fiesta.
Habríamos podido comer en un restaurante en el centro. Resultaría, no obstante, permanecer anónimos. Por esto, hemos abierto a estos muchachos nuestra casa, llevándoles y acogiéndoles en el seminario de via Boccea. Queríamos hacerles sentir, a cada uno de ellos, importantes, amados y mirados en cada particular, hasta el detalle del menú, preparado sin carne de cerdo, por respeto a los musulmanes. Los chavales no tienen necesidad del anonimato, sino del testimonio de personas que viven lo que afirman y que son libres por la pertenencia que les determina. Es propiamente esta libertad la que los chavales buscan y que deben ver posible. Cuando la encuentran, te siguen y buscan dar lo mejor de ellos, sorprendiéndote siempre.
Miraba a cada uno de ellos, mientras estaba sentado a la mesa junto a los seminaristas. Pensaba que en la vida de cada hombre es posible la verdadera fiesta, también en el caso de aquellos que están más heridos y destrozados. No por la bondad o la capacidad de uno, sino gracias a una casa dispuesta a crear el espacio para que tenga cada uno un puesto de honor.
Tras la comida nos hemos puesto en movimiento para volver a la cárcel. La jornada llegaba a término y en el viaje de retorno reinaba un extraño silencio. Ninguno de ellos se ha lamentado de tener que volver tras las rejas. En los ojos de los muchachos había un misterioso rayo de gratitud y de esperanza. Ahora saben que cualquier cosa inesperada puede nacer para cada uno de ellos. También para Daniel. «Cura, tú tienes un “vicio”: el de hacer felices a los demás». Es ciertamente un bello “vicio” el del sacerdote: servir al bien y a la felicidad de sus hermanos los hombres. Un vicio del que humildemente “jactarse” y agradecer a Aquel que le ha inmerecidamente regalado.

nicolò ceccolini(foto Servizio fotografico dell’Osservatore Romano)

lea también

Todos los artículos