La homilía de mons. Camisasca en el funeral de don Antonio Maffucci.

Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia que estamos celebrando con profunda conmoción y abandono filial a la voluntad de Dios, se inserta en el comienzo del periodo de Adviento. No podemos más que ver en ello un signo misterioso y providencial de Dios, que nos invita no solo a considerar la venida de Jesús en la historia –en la gruta de Belén–, su venida a nuestro corazón en cada instante–mediante el don del Espíritu–, sino también su venida a la gloria, cuando entregue al Padre el universo, una vez cumplido el tiempo y cuando todo esté en sus manos (cfr. 1Cor 15,24). A partir de entonces terminará definitivamente el tiempo del dolor y de la muerte como profetiza con claridad Isaías en la lectura que la Iglesia nos propone hoy. Y no solo: cada una de nuestras lágrimas será recogida, cada mentira aparecerá como tal porque Dios retirará el velo que cubre el destino de todos los pueblos (cfr. Is 25,7). Nuestra vida será solo alegría y comunión. En la comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo nuestra existencia aparecerá totalmente purificada: el banquete, rico en manjares y vinos excelentes –al que nos prepara no solo el Antiguo Testamento, sino las mismas palabras de Jesús– nos revela a nosotros, pobres hombres, lo que nos espera, aunque sea mediante una imagen lejana y pobre.

Aquí, en la tierra, el misterio de la muerte se nos impone como un desgarro muy doloroso, pero también como el día del nacimiento: dies natalis, como dice la bella expresión que se usaba en los orígenes del cristianismo. Hemos pasado toda la vida en la oscuridad yendo hacia la luz. El genio de Platón ya lo había entendido todo: vivimos en una caverna[i], como el niño dentro de la placenta de la madre durante los meses de embarazo, pero esta, aunque ya sea vida, aún no es la vida plena, a pesar de estar iluminada y conquistada por la gracia de Dios. Es una vida a la espera de su cumplimiento definitivo. Así como el niño nace dolorosamente del seno de la madre, del mismo modo nosotros partimos dolorosamente de esta existencia para entrar en la vida definitiva. Escribía Teresa de Lisieux con sabiduría y sencillez: «No muero. Entro en vida»[ii].

Esta misa de exequias me lleva a hablar obligada y sencillamente de don Antonio, para que el signo luminoso que fue su vida no se olvide. Don Antonio fue el primer joven que conocí entre los que más tarde entrarían en la Fraternidad de San Carlos Borromeo. Yo tenía 21 años, él 18. Desde el principio fue un acontecimiento de amistad que desde entonces, durante más de cincuenta años, se ha interrumpido. Ninguno de los dos podría imaginar en absoluto dónde nos habría llevado la vida. Éramos dos jóvenes entusiasmados por Cristo y por la Iglesia, conquistados por el ardor misionero de don Giussani, deseosos de dar a conocer la razón de nuestra alegría a todos nuestros coetáneos. Al cabo de pocos años nos reencontramos en el seminario de Bérgamo y allí, con Umberto Fantoni, nació la primera semilla, absolutamente inconsciente, de lo que sería más tarde la Fraternidad de San Carlos Borromeo. Nunca hicimos proyectos. Simplemente nos dejábamos llevar por lo que el Espíritu Santo nos indicaba a través de las peticiones de los amigos y de la Iglesia. Antonio se movía por una generosidad sin límites, que, a mis ojos, me parecía incluso un poco alocada. Desde jovencísimo mantuvo relaciones con una infinidad de personas a las que nunca apartó de su memoria y que volvió a ver después de años y decenios como si fuese la primera vez, llegando, cómo no, siempre tarde porque su corazón le llevaba a organizar más de lo que en realidad podía hacer. El coche era su casa y yo temblaba pensando en los peligros que corría cada día sin poder retenerle de ninguna manera. A través de él, cientos de jóvenes  conocieron a Cristo por primera vez o lo conocieron de nuevo en una modalidad fascinante que no olvidarían (primero en Pescara, después en Roma y más tarde en Grosseto, donde dio clase en secundaria y bachillerato durante más de 20 años). Decenas de estos jóvenes descubrieron posteriormente una vocación de entrega total a Dios en las diferentes formas que la Iglesia les ofrecía. Don Antonio ha sido un padre para todos ellos.

Me ha conmovido leer durante estos días algunas de sus cartas. «Con él muere una parte de mí, muere porque siento que se me arranca la experiencia de un afecto y una paternidad que marcaron mi adolescencia y juventud. Me ha enseñado que todo lo bello que hemos vivido será para la eternidad»: así me leía un alumno suyo, ahora capellán militar. También añade: «Era un hombre confuso, se tragaba kilómetros y kilómetros, podías verle en casa a cualquier hora, venía de cualquier parte de Italia». Otro me escribía: «Entró en la clase del bachillerato clásico de Grosseto con un acento del norte. Nos pedía que propusiésemos canciones o poesías para comentarlas juntos. Sus clases siempre tenían una huella existencial que para mí era algo absolutamente novedoso. Antonio y yo empezamos un camino en el que nos veíamos cada día. El mayor amor que me transmitió fue hacia la Eucaristía. Aprendí de él la pasión misionera. El hecho de que llegase siempre tarde nos enfadaba mucho». Y concluye de un modo conmovedor: «¿No podía llegar tarde también esta vez?».

Con el tiempo, don Antonio cambió. Entraron en su vida una infinidad de personas enfermas, tanto física como espiritualmente. Creció de este modo su devoción por María, las peregrinaciones a Medugorje. A veces le corregía en algunos puntos de su pastoral que me parecían exagerados. Pero él, como siempre, no conocía más que una regla: la dedicación total sin ahorrarse nada a las personas que acudían a él.

Cuando empezó a ser rector del santuario de San Valentino en Reggio, veía claramente que don Antonio había envejecido. Aunque el calendario decía que podía tener muchos años por delante, su rostro y su voz me hablaban de un cansancio interior que me entristecía. Realmente se había dado por entero.

Esta muerte para mí no es como otras, como la muerte de otros amigos, ya bastantes, que me han precedido en la casa del Padre. Se trata de un hermano con el que he compartido infinidad de momentos. Es extraño: después de haber firmado conmigo y otros hermanos la fundación de la Fraternidad, no participó en su dirección, nunca se lo pedí y nunca se lamentó de ello.

Poco a poco, prefirió la vida solitaria. No porque rechazara la compañía, sino porque este era su modo de estar en la Iglesia. Incluso en una Sociedad de vida apostólica se puede vivir en soledad. Aunque esta sea una excepción, debemos recordar que el Espíritu Santo siempre nos lleva la delantera respecto a nuestros esquemas, sea cuales sean.

La muerte de don Antonio, que ha sucedido de este modo extraño y terrible y que ha impedido despedirnos, me recuerda con mucha serenidad y sencillez la cercanía del cumplimiento de mi vida. Como nos invita san Pablo, debemos aspirar y pensar en las cosas del cielo (cfr. Col 3,1-4), no para evadirnos de la vida presente, sino para saborear con más profundidad e inteligencia lo eterno que habita en ella como las brasas bajo la ceniza.

Gracias, Antonio, por tu vida donada, no solo por no haberte guardado nada para ti, sino por haberla donado sin vanagloria, ¡casi sin pensarlo! Gracias por tu alegría, por tu frescura infantil, por tu amor a Cristo y a la Iglesia.

 

Amén.

 

Homilía del funeral de don Antonio Maffucci, FSCB Catedral de Reggio Emilia, 2 de diciembre de 2020.

 

[i] Cfr. Platón, La República, Libro VII, 514b-520°.

[ii] Teresa di Lisieux, Carta 244.

 

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