En Holanda, un grupo de jóvenes universitarios cierran el año académico con una peregrinación desde Tilburg a la catedral de ‘s-Hertogenbosch, dedicada a la Dulce Madre. Treinta kilómetros a pie, bajo la clara noche holandesa, para dar gracias a María.

Desde que soy capellán en la universidad de Tilburg (año académico 2012/13), el último fin de semana de junio siempre propongo una peregrinación nocturna desde la capellanía hasta la catedral diocesana que se encuentra en ‘s-Hertogenbosch. Allí se venera a la Dulce Madre (Zoete Moeder) de ‘s-Hertogenbosch, representada en una talla medieval, a la cual, centenares de personas procedentes de una de las culturas más secularizadas del mundo, con frecuencia alejadas de la Iglesia, acuden cada día a visitar y a encender una vela para pedir ayuda por su vida.
La peregrinación –cinco kilómetros a lo largo de Tilburg y veinticinco a través de campos y bosques– está concebida bajo el modelo de la que se realiza de Macerata a Loreto, en la que participé varias veces cuando era seminarista y más tarde, siendo joven sacerdote. Me parecía una idea muy bonita y útil concluir el año juntos con un gesto tan concreto y sencillo, para que cada uno recordase y agradeciese a Dios todas las gracias recibidas, y pedir la intercesión de la Virgen para el año siguiente.
La peregrinación comienza a las 22:30 con la misa de víspera en la capilla de la universidad. Después tomamos un café. A medianoche, a la salida de la capellanía rezamos juntos el Ángelus y nos ponemos en camino. Participan entre veinte y treinta personas, incluyendo universitarios y gente cercana a CL.
Al igual que el resto de actividades de la capellanía, la peregrinación está abierta a todos: entre los participantes siempre hay protestantes y no bautizados. No obstante, el gesto, que incluye el rezo de cuatro rosarios, es católico. Al principio, a algunos esto les puede resultar extraño. En especial, la sucesión de tantos avemarías puede causar cierta impresión a los que provienen de tradición calvinista. Pero la peregrinación, en la sencillez de su esencia, es capaz de acoger a todos. Nada más llegar a la catedral, cansados pero contentos de haberlo conseguido, cantamos como siempre Romaria: «ya que no sé rezar, sólo quiero mostrarte mi mirada».
La peregrinación tiene lugar a finales de junio (este año, del 30 de junio al 1 de julio), en un fin de semana que no solo marca el final del año académico, sino también el periodo de las «noches blancas», las más breves del año: en Holanda, el sol se oculta después de las 22:00 y el amanecer comienza a vislumbrarse desde las tres de la madrugada. Gracias a Dios, siempre nos ha hecho buen tiempo, sin lluvia. El cielo despejado y estrellado, llena el corazón de admiración y silencio. Por la noche se aprecian cosas que en la ciudad nunca se ven: el cielo estrellado, la estrella de la mañana (en cuanto la vemos, siempre entonamos la canción de Claudio Chieffo en inglés) y el amanecer, que llega a durar tres horas, desde los primeros rayos de sol hasta la claridad total. También hay silencio, interrumpido de vez en cuando por alguno que, más o menos ebrio, vuelve de la discoteca en bicicleta y se sorprende ante ese grupo que canta y que camina en silencio.
A continuación, los laudes en la catedral, que abre sus puertas expresamente para nosotros, y el rezo individual ante la Dulce Madre, donde depositamos nuestras intenciones. Por último, hacemos dos kilómetros más hasta la casa de mis padres, donde nos espera un buen desayuno. Normalmente desayunamos en silencio, no solo por el cansancio, sino por cuánto nos ha impresionado el gesto, que dice más de nosotros mismos de lo que habríamos podido imaginar.

 

(Michiel Peeters es párroco en la parroquia universitaria “Venida de Cristo – Maranatha” y capellán de la universidad de Tilburg [Holanda]. En la foto, un momento de la peregrinación en la catedral diocesana de ‘s-Hertogenbosch).

lea también

Todos los artículos