Una semana durante las vacaciones de verano, un grupo de fraternidad heterogéneo, cinco familias y dos curas, ocasión para volver a descubrir la belleza de la vida común.

“Mamá, ¿cómo se pueden tener tantos hijos si los padres no tienen una fraternidad?”. Las preguntas de los niños nos pillan por sorpresa. Llegan de forma fulminante e impertinente. Como la de Irene. Chiara, la madre, está tumbada sobre una hamaca en el césped delante de la piscina. Disfruta del sol y de la charla con otras madres. Acostumbrada a hablar entre las interrupciones de un hijo u otro, cuando ve que Irene llega chorreando, Clara le cubre con una toalla como hace habitualmente. Mientras tanto, la conversación sigue. Irene se tapa con la toalla y hace su pregunta. La charla se interrumpe. Entonces, Irene corre de nuevo hacia el agua junto a sus amigos, que ya son como hermanos.
Somos cinco familias y dos sacerdotes. Doce adultos y dieciséis niños. Un grupo de fraternidad que veraneamos durante una semana en una casa rural de Umbría. De primeras cuesta asociar a los hijos con sus respectivos padres. De forma natural puede que uno tenga en brazos, dé de comer, consuele o salve de una caída a la piscina tanto a su propio hijo como a cualquier otro.
Dentro de la casa, cada familia tiene sus propias habitaciones que dan a un espacio común. David y yo también tenemos una para nosotros. Y los niños se sienten libres de ir de un pasillo a otro, para ellos es solo una casa grande.
Quitando el desayuno, todo se comparte. Empezamos con los laudes juntos. Hasta ese momento intentamos mantener un clima de silencio. Aunque los niños más mayores ya hablan entre ellos. Ven que desde el primer momento de la mañana los mayores leemos absortos un librito que comentaremos más tarde durante el día. Así, ellos también intentan participar, limitando los gritos al mínimo indispensable.
Después de los laudes, hacemos un breve momento de cantos con los niños. Entonces, pueden dejar llevar todo el volumen de voz que han reprimido. Después se hace una carrera para ver quién se tira antes a la piscina.
Cada día, un equipo diferente se ocupa de las comidas. Somos casi 30, pero no faltan la pasta casera, risottos, recetas trabajadas y cerveza fresca. A veces, en las comidas vamos sencillamente de una broma a otra. Otras veces, surgen conversaciones sobre la educación de los hijos, el trabajo, la vida del movimiento y de la Iglesia. Y, por supuesto, de vez en cuando, algún hijo viene a interrumpir para pedir algo.
Tras la siesta, merendamos y, de nuevo, vamos a la piscina. Hacemos juegos en el agua y competimos entre adultos y niños. Algunos aprovechan para tener conversaciones más profundas. Después del último chapuzón nos preparamos para la misa. Los niños se colocan en las primeras filas. Entre ellos, hay quien ayuda en el altar y quien permanece en silencio imitando de manera espontánea a los adultos. Otros se pelean con un hermano o un amigo.
La cena se hace fuera. Aparecen las primeras estrellas y mientras unos llevan a dormir a los niños, otros ponen la mesa y preparan la noche. Un apasionado de Gaber propone escuchar alguna de sus canciones, se presenta un libro o se proponen películas. El obispo Massimo nos viene a visitar. La última noche, hacemos juegos juntos, adultos y niños. No todo son juegos y piscina. Hace unos días invadimos los pueblos de los alrededores de nuestra finca. La gente se asomaba a la puerta de sus tiendas y nos miraba sorprendida o fastidiada. Somos un grupo de adultos, curas y dieciséis niños: una extraña compañía.
Este es el tercer año que hacemos una semana de vacaciones así. Cada año nos quedamos con la belleza de una comunión potente, con el hecho de compartir grandes cosas y pequeñas, una cercanía fecunda entre las vocaciones a la virginidad y al matrimonio. Esta experiencia no solo está destinada a quedarse en un paréntesis de verano. Puede convertirse en algo concreto, en la cercanía física entre familias, sacerdotes y consagrados. En el corazón de las ciudades, que se están convirtiendo cada vez más en enormes espacios de soledad, puede aparecer una pequeña casa, un pueblo aparentemente insignificante, donde es posible vivir una comunión entre amigos. Donde el propio deber como esposo y padre es sostenido, reconfortado y descubierto en su verdadera belleza. Donde nos podemos ayudar incluso a hacer la compra, acompañar a los hijos al colegio o en las tareas del trabajo. Donde renace el deseo de abrirse al mundo entero. Donde, querida Irene, una nueva vida no es solo un problema, sino que es, sobre todo, la alegría y la gratitud de poder acoger una nueva existencia dentro de la experiencia de plenitud que Cristo nos regala.

(Stefano Tenti es el ecónomo general de la Fraternidad San Carlos. Foto: un momento de las vacaciones con las familias).

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