El 19 de febrero tuvo lugar la entrada oficial de don Matteo Invernizzi en la parroquia de Nuestra Señora de las Aguas, Bogotá. Esta es la primera carta desde Colombia

Desde hace unos meses me encuentro en Bogotá, Colombia. Después de un tiempo de adaptación a la nueva realidad, fascinante, llena de contradicciones y muy diferente de la realidad chilena, por fin se nos ha confiado una parroquia. Se llama Nuestra Señora de Las Aguas, es muy antigua y se encuentra en el centro, rodeada por universidades y residencias estudiantiles. El deseo del arzobispo es que nuestra comunidad de tres sacerdotes pueda convertirse en un punto de acogida y de propuesta cristiana en un contexto que se está laicizando rápidamente.

Soy párroco desde hace poco. Es una experiencia de paternidad y de guía nueva e interesante. Estoy descubriendo que puedo aprovechar muchas de las experiencias vividas estos años pasados en Roma y en Chile. Las personas son muy amables, acogedoras y discretas, con una gran sensibilidad; para mí, acostumbrado a un estilo más “directo”, es necesario un sacrificio y una paciencia para captar tantos matices y supuestos. Yo hago lo que puedo, no tengo miedo de tomar decisiones y cuando me equivoco pido perdón. Veo que es el camino correcto, y continuo caminando, a veces cansado, pero sereno.

Acaban de pasar las fiestas navideñas. Para nosotros han sido el primer desafío “parroquial” y, sobre todo, la ocasión de conocer a nuestros feligreses y darnos a conocer.

Encontramos ancianos, niños, gente muy pobre (en nuestro barrio hay una zona parecida a una favela, llamada con algo de humor Barrio La Paz), profesores universitarios y estudiantes. Cada encuentro es una sorpresa y genera en mi agradecimiento por la posibilidad de tocar el corazón de personas tan lejanas como cultura y sin embargo tan cercanas en su deseo de estar más cerca de Jesús.

Sin la amistad y la ayuda de John y Carlos, no podría hacer nada. Aquí la comunión entre nosotros no es una opción entre otras muchas, si no que es una exigencia fundamental. Quizás por esto la misión, aún con sus dificultades, es tan fascinante, porque en realidad simplifica mucho la vida y la reconduce a lo esencial.

Hemos vivida la tradicional bendición de los hogares en clave misionera: hemos entrado en todas las tiendas, pub, locales (estamos en una zona de “movida” estudiantil) y nos hemos presentado, invitando a todos a participar en la novena de Navidad y a ayudarnos con una oferta para los pobres. Ver que unos sacerdotes entran en sus establecimientos ha dejado a los propietarios sorprendidos, pero nos han acogido siempre calurosamente. Muchos tratan de saber más. Nos hacemos acompañar por algunas personas del barrio, para comprender las dinámicas de la parroquia y para empezar a compartir una amistad también con ellos.

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