«Dadles vosotros mismos de comer» (Mc 6,37). Muchas veces he pensado a estas palabras con las que Jesús enseñó a sus discípulos a mirar a la gran multitud que había acudido y las percibí como injustas, como una especie de injusticia de Jesús hacia sus amigos. ¿Por qué les pide algo imposible? En la respuesta sorprendida de los discípulos resuena el eco de las palabras que ya fueron de Moisés, cuando Dios lo llamó a conducir a su pueblo por el desierto: « ¿De dónde voy a sacar carne para dársela a toda esta gente? No puedo conducir solo a todo este pueblo, ¡es demasiado peso para mí!» (Nm 11, 13-14). Este pensamiento me ha traspasado también a mí muchas veces: es el escándalo de la Encarnación.
Lo recuerdo especialmente en el momento de mi admisión a las órdenes sagradas. Me preguntaba: « ¿Cómo es posible que Dios verdaderamente se entregue a mí… Si mis superiores me conocieran realmente, si me conocieran bien, quizás no se tomarían este riesgo». Sin embargo el Señor ciertos riesgos los quiere tomar. Y no lo hace por inconsciencia, sino justamente porque nos conoce de verdad. Conoce y ama en nosotros lo que a nosotros mismos resulta difícil reconocer: el hecho que hemos recibido un don, el don que él hace de sí mismo. Es él quien me ha salvado. Es él quien me crea, que continuamente me pone en un arduo camino que yo, solo, no puedo recorrer. Y a lo largo de este camino quiere venir hacia mí, quiere enseñarme que ya se ha dado una victoria en mí. Su victoria en mi vida es aquello de lo que estoy más orgulloso. Son los muchos padres que Dios me ha dado, a través de los cuales he vencido mis debilidades, a través de los cuales me ha hecho enamorar. Su victoria en mi vida son mis hermanos y los sacerdotes con quien vivo y que, incluso con cuarenta años, o al borde de los cincuenta, veo que todavía siguen dominados por el deseo de cambiar, de convertirse. Es esta la presencia de Dios en mi vida. Lo que hace tiempo percibía como injusto, aquello que es una necedad para quien no cree, se revela al contrario como sabiduría y misericordia de Dios.
Es verdad, nos pide algo que es imposible. Pero nos lo pide porque su sangre se ha derramado por nosotros y para muchos. Para muchos: es su victoria en nosotros que puede realizar todo, cambiarlo todo, llegar hasta las periferias de la existencia. «Dadles vosotros mismos de comer» (Mt 6, 37). Con estas palabras Jesús quería hacer entrar los discípulos y quería hacerme entrar a mí en el conocimiento de un tiempo nuevo que ha empezado con un regalo que hemos recibido, de una victoria que se ha injertado en nuestras vidas. Así aquel día «todos comieron hasta saciarse» (Mc 6,42). Lo que los discípulos habían recibido era ya suficiente para responder al deseo de todo el mundo. Tu victoria en mí, o Dios, ha «cambiado mi duelo en una danza, me quitaste el luto y me ceñiste de alegría. Así mi corazón te cantará sin callarse jamás; ¡Señor, mi Dios, por siempre te alabaré!» (Sal 30, 12-13).

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