Desde las trágicas páginas de la guerra en Uganda, don Alfonso Poppi, entonces joven misionero en Kitgum y hoy párroco de St. Joseph en Nairobi, recuerda las figuras de dos mártires que lo acompañan.

La primera vez que llegué a Uganda fue en mitad de una dictadura de plomo, instaurada en 1971 por Idi Amin Dadá. El régimen tenía en perspectiva el liderazgo de la tribu acioli, donde se habían ubicado los primeros del Movimiento de CL.

La disputa de frontera entre Uganda y Tanzania por la región de Kagera provocó una guerra en noviembre de 1978. Al ejército regular tanzano se unieron los exiliados ugandeses, que querían de esta manera volver a su país. Toda Uganda esperaba la liberación del terror de Amín. La gran esperanza de un nuevo inicio pronto resultó una desilusión, a causa de las graves divisiones entre los diferentes grupos étnicos y por la sed de poder de los diferentes grupos políticos. ¡Nada más lejos de la liberación!

Después de la destitución de Amín y la elección de Milton Obote, alterada por manipulaciones electorales y con resultados proclamados con la fuerza de las armas, surgió en el sur de Uganda una revuelta encabezada por Yoweri Museveni al que se unieron muchos jóvenes. Bien pronto, nos encontramos en medio de una guerra civil sin precedentes. La gente, sobre todo los jóvenes, estaba dispuesta a sacrificar su vida por dinero, dedicándose a la criminalidad. Otros se unían a la guerrilla en los bosques para liberarse del poder tribal de Obote y de los nordistas. En aquella tempestad, nos sorprendíamos preguntándonos por qué estábamos dispuestos a arriesgar la vida. Estábamos a comienzos de 1981. En agosto de ese mismo año, con otros curas del movimiento participamos en una convención teológica en Katigondo, en el sur de Uganda. El debate oscilaba entre la propuesta de una fe que debía ser inculturada (olvidando en resumidas cuentas el hecho de que los mártires ugandeses, habiendo recibido la fe de algunos padres franceses, después de sólo dos años ya fueran capaces de dar la vida por ella) y una no tan velada simpatía hacia la guerrilla armada, como contribución real a la liberación del pueblo. Nosotros teníamos una clara conciencia de que había una única fuente de vida y de liberación para nosotros y para nuestro pueblo: el don de la comunión que vivíamos. Desde aquellos días, nació la idea de proponer a todos la compañía del Movimiento y el deseo de confiar nuestras vidas y la entera nación a María, a través del Acto de Consagración que se llevó a cabo en diciembre de 1981 (El texto de la oración se encuentra al lado).

Esa oración, manifiesto de nuestra fe y nuestra esperanza, se recita aún hoy en nuestra casa de Nairobi y en las comunidades de Uganda y de Kenia. Sólo la plenitud de una vida recibida y presente, es de hecho capaz de iluminar una posible entrega total de la vida. Sólo el pertenecer a Aquel que nos da la vida nos permite no temer a la muerte.

Mi misión en el norte de Uganda estaba en el centro de los enfrentamientos entre los rebeldes y el ejército regular. En las etapas más duras de la guerra, mientras era separado de la pequeña ciudad de Kitgum y no podía quedarme en Palabek, mi aldea, se me regañaba porque intentaba llegar hasta mis parroquianos al menos en las ocasiones más importantes. Me decían que estaba loco, que me habrían atrapado y matado, que el hecho de ser blanco y cura no contaba nada para los rebeldes. Mi respuesta fue siempre la misma: “podrán incluso matarme pero nunca decidirán el significado de mi vida y de mi muerte”.

Por aquella época, el Movimiento daba sus primeros pasos en medio de la precariedad de la guerrilla y la continua amenaza de perder la vida: y a pesar de todo crecía y se difundía como un flujo de amistad imparable. Entre los primeros estaba Francis, un maestro de escuela primaria, católico y muy comprometido con la misión. Todos los días se acercaba a la misa sin miedo, hasta ese 22 de noviembre de 1982, cuando le tendieron una emboscada mientras hacía su ruta habitual. Murió apaleado. Francis fue el testimonio viviente de que todos nosotros éramos portadores de una sobreabundancia de gracia tal que no podíamos no compartirla.

Durante los años de la guerra, he visto surgir del corazón de los hombres lo mejor y lo peor de lo que eran capaces. Las situaciones extremas sacan a la luz el motivo profundo por el que vivimos. Sobre todo en mi amigo y catequista Santo Okot, he visto encarnada esa totalidad de pertenencia a Cristo que nos hace por sí misma disponibles al martirio. En él he podido contemplar una radicalidad tal como para afrontar cualquier persecución como posibilidad de unir sus propios sufrimientos a los de Cristo. Como aquella vez que llegó tarde a la parroquia, con el rostro hinchado, pedaleando en su bicicleta. Me contó con extrema serenidad que había sido pateado por los soldados en el control de carretera hasta que, después de que lo identificara un comandante, lo habían soltado. Frente a mi enfado con los soldados, algunos de los cuales conocidos míos y a mi sugerencia de tomar otro camino para volver a casa, Santo me respondió con tono decidido: “¡Estás bromeando! Yo quiero ir a entregarles el acto de consagración y hacer que entiendan que hay algo por lo que vale la pena vivir”. Y lo hizo. En medio de la guerra, Santo ha sido un compañero de fe del que aprender la pasión de testimoniar a Cristo hasta el último sí pronunciado en el lecho de muerte en la parroquia de Palabek, de la que no había querido alejarse pero por la que había decidido sacrificarse.

A través de testigos así, el martirio entró concretamente entre las posibilidades a las que las vidas de cada uno de nosotros iban al encuentro. Más aún, ya estaba presente entre nosotros en la conciencia vivida de pertenecer al don que se nos había hecho. El martirio era el testimonio extremo de nuestro ser de Cristo. Por eso, aún hoy, como misionero de la San Carlos en la gran ciudad de Nairobi, entre enfermos de sida o acompañando a las parejas al matrimonio experimento la relación que existe entre martirio y virginidad, entre martirio y consagración. El martirio es la virginidad hecha carne. Ya no soy yo quien vive, es Otro que vive en mí, por tanto no hay miedo de perder nada porque todo ya es suyo. Hasta mi seguir con vida. Hasta mi morir.

 

La oración

Acto de Consagración

Acto de Consagración de nuestra vida a Cristo a través de María para que la Iglesia se convierta en brote de una vida nueva para todos los pueblos.

María, tu eres la madre de Cristo,

Madre de la Comunión que Tu Hijo nos da,

como un don siempre nuevo y poderoso,

que es un gusto de vida nueva.

Por eso, a través de Ti, consagramos todo nuestro ser,

todas nuestras alegría y los sufrimientos que tu Hijo permita enviarnos

y nuestra propia vida,

para que Tú seas la madre de la Vida

y Cristo done a todos los hombres el mismo gusto de vida nueva

que Él nos ha dado a nosotros.

Amén.

alfonso poppi

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