Don Marco Vignolo es ordenado sacerdote el 24 de junio de 2017. En una carta escrita durante su año de diaconado, que vivió en la parroquia de la Navicella en Roma, relata dos experiencias de misión.

Queridos amigos,

Os escribo desde Sant’Oreste, un pueblo en el corazón de la campiña de Lacio, donde una familia de amigos ha prestado a don Sergio Ghio, mi párroco y jefe de la casa, una casita que se ha convertido en la meta de breves periodos de retiro, marcados por el silencio y el trabajo manual. Desde aquí os escribo para contaros dos experiencias sencillas e importantes que he vivido (los nombres son ficticios).

La primera se refiere a María, una chica del tercer año de bachillerato que sigue GS [Joventud Estudiantil, N.d.T.] en nuestro Centro. Hace pocos días llegaron a Roma algunos chicos de GS de Liguria y de Abbiategrasso, guiados por Gianni Mereghetti. Pasamos juntos tres días intensos. Los acogimos con una velada de cantos, los llevamos por Roma para descubrir los lugares más bellos, finalmente hicimos una asamblea, tratando de juzgar la experiencia realizada. María me escribió: «Hablar con ellos de la experiencia del Centro me ha hecho más consciente de la gran suerte que tengo y que a veces doy por descontada». Me ha impactado su juicio porque yo también estoy corriendo el mismo riesgo: dar por descontada la experiencia que hago.

La segunda experiencia se refiere a las visitas que regularmente hago a los enfermos y los ancianos de la parroquia. Tengo presentes sobre todo a dos mujeres: Simona y Ana. Simona el domingo está sola en casa porque la cuidadora se va a las ocho de la mañana. Desde hace muchos años es viuda y vive esta condición con una serenidad envidiable. Ana en cambio vive con Mónica, que durante medio siglo ha trabajado en su casa y ahora está compartiendo con ella la jubilación. Es tan alentador ver cómo estas dos se tratan, que cada vez vuelvo a casa más cierto. A menudo, antes de ir tengo un poco de temor por lo que pueda decir, pero cuando hemos pasado un rato juntos no puedo más que contarles de mis jornadas, de los chicos de GS, de la vida en casa. Al final, rezamos juntos. Me impresiona siempre cómo brillan sus ojos en el momento de la comunión, delante de la ostia consagrada: en ellas, veo la fe que deseo para mí, una sencillez que me educa.

Queridos amigos, rezad para que pueda llegar a la ordenación con el corazón libre para decir un sí definitivo al Señor. Sólo de esta forma podré ser un instrumento en Sus manos.

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