La ceremonia de la ordenación sacerdotal prevé un gesto que permanece impreso en la memoria de quien lo vive y de quien asiste a él

La ceremonia de la ordenación sacerdotal prevé un gesto que permanece impreso en la memoria de quien lo vive y de quien asiste a él. Los hombres jóvenes que se disponen a ser consagrados son invitados a postrarse y a rezar de cara al suelo. Dios se dispone a tomar posesión de su ser, a través de la imposición de las manos del obispo, dándoles el poder de decir «Yo» en el lugar de Cristo. Postrándose en tierra, expresan la conciencia de su absoluta desproporción ante la tarea que reciben.

Postrarse es un gesto muy fuerte, pero cuando estamos interiormente dominados por la presencia del Misterio lo consideramos adecuado. Cuando comenzaba mi curso de cuarto de secundaria, se presentó en Italia la película de Krzysztof Zanussi, Desde un país lejano. Nos llevaron a verla con toda la escuela. Me quedó grabada la escena en la que Karol Wojtyła, esperando el tren que lo llevaría a Cracovia para tomar posesión como obispo, reza postrado en la capilla de un convento de Varsovia. Pide a una hermana el favor de avisarle a la hora de la partida y se sumerge en su diálogo silencioso tumbándose sobre el pavimento. Viendo la película, deseaba poder rezar como él. Me fascinó la confianza que su gesto expresaba hacia un Dios tantas veces frecuentado. Y, junto a ello, el sentimiento tan noble de su majestad infinita.

También Jesús se postró por tierra en oración, en el Huerto de los Getsemaní, en el momento de su extrema debilidad humana, y donde invocó a Dios llamándolo Abbà. En el acto de postración se unen familiaridad y sentido de la potencia operativa de Dios.

Mientras los ordenandos se postran ante el altar, toda la Iglesia reza con ellos. Es uno de los momentos más sugestivos de la ceremonia de consagración de los nuevos sacerdotes. Percibimos que el cielo se une a la tierra en una única súplica y es como si aquellos hombres tendidos fuesen alzados y llevados a la presencia de Dios.

Todos se arrodillan e invocan a los ángeles y a los santos con el canto de las letanías. Una larga secuencia de nombres se devana y una invitación es repetida: ruega por nosotros, rogad por nosotros. A cada nombre corresponde un rostro y una llamada a servir a Cristo, una vida cumplida. Los nombres misteriosos de los ángeles. Los grande patriarcas y los profetas del pueblo hebreo. Pedro, Pablo, Santiago y Juan y los otros apóstoles, nombres que fundamentan la conciencia de todo cristiano. Y también otros tantos hombres, mujeres y niños, que vivieron en épocas lejanas o en tiempos recientes, rostros e historias queridas por los jóvenes que ahora están postrados en tierra. En los meses precedentes los han elegido con cuidado, como una síntesis de su itinerario de crecimiento en la fe, y ahora todos les invocamos para ellos. Todo el paraíso, todo pecador salvado, se unen a quienes rezan sobre la tierra en un único coro de intercesores.

Se dice que Dios accede a las peticiones que en ese momento el hombre le plantea.

A los miembros de la Fraternidad que se preparan a recibir la ordenación les pedimos que reflexionen extensamente, para poder presentar a Dios sus deseos más verdaderos, las peticiones más radicales, con plena conciencia y libertad, sin giros de palabras, abandonándose con plena confianza en las manos de Aquel que todo lo puede.

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