Administrar los sacramentos en tiempos de pandemia. Un testimonio desde Canadá.

Hace algunas semanas, en la provincia de New Brunswick, el ministro de Sanidad anunciaba la reducción de algunas restricciones de la cuarentena. Se permitía la celebración de los «servicios religiosos» en exteriores, en lugares donde las personas pudiesen mantener la distancia de seguridad. A raíz de este cambio algunos de mis amigos, sacerdotes de la diócesis de Saint John, propusieron momentos de adoración eucarística en el parking de las parroquias. Querían ofrecer también la confesión y tuvieron la idea de proponerla al estilo drive-through. El concepto drive-through y drive-in son muy populares en Norteamérica. La gente está acostumbrada a pedir comida o café en los McDonald’s o Starbucks a través de una ventana, haciendo la cola a un metro de distancia. En verano está de moda ir al autocine. ¿Por qué no ofrecer a la gente de la parroquia –se dijeron mis amigos– la posibilidad de una confesión drive-through? Para confesarse, los penitentes se ponen en fila quedándose en el coche. Uno por uno, se acercan a la entrada principal de la iglesia donde el sacerdote les espera. Entonces, el conductor apaga el motor y la celebración del sacramento se realiza con distancia de seguridad. Después de haber recibido la absolución, el coche avanza dejando espacio al siguiente.
Yo también he empezado a confesar en las parroquias de mis amigos. Me gusta agitar las manos invitando a los coches a que se acerquen. Hace que piense en la historia del hijo pródigo, en el gran deseo del padre que le lleva a correr para abrazar al hijo que se había perdido. Las personas que se acercan al sacramento con frecuencia se sienten abrumadas por las dificultades familiares, sociales y económicas que han surgido a causa del virus, por la soledad que nace de la ausencia de contacto humano. Muchos de ellos vuelven a celebrar el sacramento en esta extraña modalidad después de años sin haber acudido a él. Para mí es una experiencia de gran alegría. Me doy cuenta de que la victoria de la resurrección de Cristo sigue estando presente, a pesar de que permanecen todas las dificultades causadas por el coronavirus. Este tiempo de pandemia me está ayudando a reconocer que no existen obstáculos pequeños o grandes que impidan a la iniciativa de la misericordia de Dios llegar a las personas que más lo necesitan.

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