A veces, antes de la misa de la mañana, me detengo un momento en la puerta del colegio que mira hacia la iglesia. Desde esta posición privilegiada observo la vida que fluye. Una mamá llega exhausta llevando de una mano a su hijo y de la otra al hijo de una amiga; otra mamá se preocupa por la enfermedad de un familiar; una señora se va y comienza a llorar por una razón que no conozco; un padre particularmente simpático se detiene para compartir unas palabras conmigo y luego se despide, dejando entender que quiere profundizar la relación. Ahí es donde tengo la oportunidad de conocer a la gente, de entrar en sus vidas. Ahí surgen invitaciones y amistades que se profundizan en el tiempo. Allí vivo mi misión con las familias y con los jóvenes, porque rápidamente los padres me encomiendan lo que más quieren: los hijos.
Un día, recibo una llamada de una madre que quiere bautizar a su hijo. Por lo general, antes de admitir a las familias al curso bautismal en la parroquia, deseo encontrarme con ellas para conocerlas y para entender lo que las trajo a esta decisión. Y así, acepto en seguida cuando la mamá me invita a ir a su casa a conocerlos. Con una taza de té en la mano, me cuentan su historia, parecida a la de muchos aquí en Inglaterra: no están casados por la Iglesia y el niño fue concebido “in vitro”. Sin embargo, parece que los problemas de salud relacionados a la incapacidad de tener hijos hayan pasado. Entonces les digo: “Si van a tener otro hijo, tal vez podemos preparar con calma una boda y los dos bautismos…”. Su respuesta me deja sin palabras: “No lo excluimos, en efecto, tenemos un embrión de reserva en un congelador”.
Dentro de mí, pienso en cómo la confusión reina en el mundo, incluso en las familias más normales. En el relato de estos dos padres, percibo el drama de sus sufrimientos pasados, aunque no vea en ellos ni un rastro de duda moral o de remordimiento. Las evidencias más claras ya están totalmente derrumbadas. Cuando me levanto para irme, justo antes de despedirnos, me doy cuenta de que todavía hay una cosa que decir: “Tiene que saber que Dios nunca se ha olvidado de ustedes. Él siempre sabe lo que es bueno para nosotros, por eso se sirve de todo, incluso del mal objetivo, para llevarnos a la madurez. Así que no tengan miedo de Su designio y confíen en como Él los dirige”. Salen un par de lágrimas y nos despedimos.
Quería que entendieran que Dios no estaba distraído cuando no les había dado hijos, a pesar de que los habían deseado mucho. El Creador ha establecido un método preciso para concebir y dar a luz a los hombres: la relación sexual entre esposos. Él ha elegido un lugar específico, de acuerdo con su proyecto de bien. Por esto no es necesario o conveniente forzar los designios de Dios, recurriendo a la inseminación artificial. Creo que esos padres han entendido, o que por lo menos lo han intuido: después de eso, decidieron asistir a la misa del domingo, incluso si uno de los dos no es católico.
Dios sabe lo que nos conviene y a dónde quiere llevarnos. Se comporta con nosotros como un padre con sus hijos: a veces, si los padres les prohíben algo, los hijos se rebelan. Pero a pesar de las protestas, los padres no ceden, porque están ciertos de lo que es el bien de sus niños. Como los hijos deben tener confianza en sus padres, así nosotros tenemos que confiar en Dios.

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