La comunión de la Virgen con Dios es total. Nosotros estamos llamados a acercarnos a su experiencia. Proponemos un fragmento de la homilía de Paolo Sottopietra en la solemnidad de la Inmaculada concepción.

Ante la Virgen, venerada como la Inmaculada, a nosotros, como hombres modernos, nos surge una pregunta que tiene que ver con su experiencia. ¿Qué experiencia tuvo la Virgen de la relación con las cosas, con las personas, con Dios? Podemos intentar responder solo por medio de la negación, porque ninguno de nosotros conoce de manera directa qué significa estar sin pecado.

San Bernardo enseñaba a sus monjes que el mal solo se conoce en apariencia, porque en realidad este «es ignoracia» (Los grados de la humildad y del orgullo), lo contrario de la sabiduría. Nosotros veneramos a la Inmaculada también como Trono de la sabiduría. La sabiduría de María tiene este secreto: nunca ha cedido al mal, nunca lo ha experimentado ni justificado, nunca lo ha cometido. María solo ha conocido positivamente el bien. Por eso, su comunión con Dios era total y continua, es lo que le permitía conocer a las cosas y personas, partiendo de la verdad sobre ellas, del potencial inscrito en el designio del Padre para ellas, partiendo de la plenitud a la que estaban destinadas. La Virgen nos ve y nos mira también ahora desde el cielo de esta forma.

Pero esto significa que nadie como la Virgen ha podido medir, con dolor, la distancia que separa a cada persona de su verdad, cada cosa de su plenitud. Esta fue la lucidez de su mirada silenciosa y de su sufrimiento. Su corazón solo descansaba en el Hijo, el cordero sin defecto y sin mancha (1Pe 1,19). Y, al mismo tiempo, precisamente por su desconocimiento absoluto del mal, la Virgen pudo, casi debiendo, compartir la compasión por los hombres que había llevado al Verbo del Padre a convertirse en su Hijo. Quizás podríamos describir la experiencia de la virginidad de María como una extrema cercanía a los hombres: nadie como ella ha llegado a ser tan cercano a los hombres, justamente porque ninguna complicidad con el mal la distanciaba de ellos, de su intimidad más verdadera.

Él nos eligió en Cristo, escribe san Pablo, para que fuésemos santo e intachables ante él por el amor (Ef 1,4). Dios quiere que Cristo nos habite, nos llene. Solo de este modo podemos ser verdaderamente lo que somos, del modo en que Dios nos ha querido y pensado, frente al día en que Él será todo en todos (1Cor 15,28). María, que vivió aquí entre nosotros y que ahora vive esto de un modo definitivo, que fue habitada por Cristo, no solo físicamente, sino en todo su ser, todos los instantes de su vida (precisamente porque fue la Madre de Cristo, mente prius quam corpore, como dice san Agustín, fue virgen), tiene para nosotros el significado de un paradigma y nos llama a imitarla. Nosotros también estamos llamados a acercarnos a su experiencia aquí en la tierra, para poder gozar de ella en el cielo, cuando nuestro nuestro cuerpo, como el suyo, se vista de inmortalidad (cfr. 1Cor 15, 53-54) y nos libremos para siempre del mal y del pecado. Por tanto, para nosotros imitar a María significa concretamente abrazar de modo consciente y con esfuerzo la tensión por aborrecer lo malo, apegándonos a lo bueno (cfr. Rm 12,9).

De hecho, nuestra condición es la del peligro. «Ya hemos sido admitidos en la esperanza de la verdad y de la libertad», escribe san Cipriano (Tratado sobre los bienes de la paciencia), pero aún debemos «llegar de verdad a la verdad y a la libertad». Nuestra vida está situada sobre el polvo de una gran arena y se encuentra en una lucha con un desenlace inesperado, una lucha que aún está abierta. Estamos sobre la arena. Somos, a la par, luchadores y posibles presas. Este es el conflicto que María observaba en acto al mirar a cada persona con la que se encontraba. María rezaba y trabajaba por el éxito de esta batalla y, al mismo tiempo, temblaba al mirar el destino de cada uno. Esta es la fuerza interior que advirtieron en ella los apóstoles y, antes que ellos, José. Una fuerza que, como dilatación maternal de la potencia de su Hijo, impulsa a todos, al mundo entero hacia la santidad.

 

(Fragmento de la homilía durante la celebración de los votos temporales de Jennifer Anderson, Roma, Madonna del Rosario di Pompei alla Magliana, 8 de diciembre de 2020. Imagen: Bohuslav Reynek, «Nacimiento del Señor IV», 1950).

 

 

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