La pandemia no apaga las preguntas de los hombres sobre el sentido. Giovanni Musazzi cuenta a Vatican Insider su cotidianidad con los enfermos y los médicos.

«A un capellán se le pide que sea capellán. Soy un huésped que testimonia con su presencia que Dios está». Giovanni Musazzi es el rostro de la misericordia de Dios en los corredores del hospital Luigi Sacco de Milán. «La presencia es el punto de partida» para establecer un diálogo con los médicos y los pacientes. Cada vez escribe con un boli sobre la bata desechable la palabra «sacerdote». «Visito a los pacientes con Covid». A veces se limita a bendecir a través de un cristal. «Pero también he entrado, con la debida protección, en algunas habitaciones. Los días pasan rápidos (los encuentros, incluyendo la preparación, pueden llegar a durar una hora)».

«Una señora con neumonía cuando me vio –cuenta el sacerdote de la Fraternidad San Carlos– se echó a llorar, porque normalmente no pueden recibir visitas. Su compañera de habitación, católica pero no practicante, cuando entendió que era sacerdote, se conmovió y también se echó a llorar». La enfermedad puede desarrollarse muy rápido. «Muchas personas quieren confesarse. Me puedo quedar dos o tres minutos para dar la comunión y la absolución general. No puedo acercarme. Les cuesta hablar, pero están felices al ver a un sacerdote y a alguien que no está obligado a quedarse ahí.

A pesar del desánimo, la presencia cristiana se ve claramente. «El sufrimiento puede esconder a Dios, pero no lo elimina. Intento identificarme con el sufrimiento de las personas que voy conociendo y pido con ellas. De otro modo sería un ejercicio de retórica». El hombre busca incansablemente respuestas. «El sabio epicúreo, sentado en el sofá con el mando de la TV en la mano, afirma que si hay sufrimiento, no hay Dios. En cambio, nosotros cuanto más sufrimiento vemos, más buscamos a Dios, porque emerge una exigencia de significado. Estructuralmente somos petición. Nacemos llorando, pidiendo que alguien nos ayude», cuenta el sacerdote.

Pero, al pedir, ¿quién viene a socorrerme? «El único modo para entender que existe Uno, es mostrar a un hombre que acude en ayuda de otro. En el patrimonio de la Iglesia, de forma especial durante el último siglo, hemos olvidado que Dios se ha hecho carne: Dios te alcanza a través del hombre». Cada uno de nosotros, con sus límites, puede volverse determinante para el otro. «Por esta razón, el Papa habla de no encerrarse en la sacristía. En este momento difícil la gente necesita sentirnos cercanos».

La figura del capellán (le acompaña un presbítero diocesano, Mauro Carnelli) también asume una tarea muy importante para todo el personal sanitario que carga con un peso inmenso. «La estructura no está colapsando. Está funcionando al 150%. En el hospital ha desaparecido la queja. La gente trabaja al 150%: vacaciones suspendidas; los días de descanso son quimeras; turnos de 12 horas… Todos lo hacen porque se dan cuenta de que viven en un tiempo extraordinario. Esto permite ver las cosas tal y como son. Así es, quien es egoísta se vuelve aún más egoísta; quien es bueno se vuelve aún más bueno; quien trabaja, aún trabaja más. Dentro de la dificultad observo el testimonio de un bien que contagia: las personas cambian».

Sigue viendo a los médicos. Cada día más de uno le pide: «No dejes de venir, porque necesitamos verte». «No hago cosas extraordinarias –subraya–, me quedo a veces hasta cuarenta minutos esperando en la puerta para preguntar simplemente si han pasado bien la noche. A lo mejor esa persona no tiene a nadie que se lo pregunte…». En cuanto al resto, quien trabaja en la «zona crítica» vive habitualmente separado de su familia («solemos hablar de la mujer y de los hijos»). El mismo hospital ha ofrecido habitaciones en hoteles.

«¿Tienes tiempo para darme la comunión?», es una de las tantas peticiones que le hacen. Las misas en la pequeña capilla han sido suspendidas. Desde las 8h hasta las 9h y de las 11:30h a las 12:30h hace adoración eucarística, que se convierte en un punto de referencia para todos. Quien pasa por ahí sabe que está la Eucaristía. Llegan, rezan y salen. No hace mucho, durante un turno, conoció en la zona afectada a una enfermera anticlerical que le dio algunos consejos sobre la mascarilla y, mirándolo, le dijo: «Sigue viniendo, porque mueren solos».

Celebró un funeral (el rito simplificado de las exequias) solo con el féretro en un patio, porque los familiares estaban en cuarentena. «Los encargados de la funeraria hicieron una foto para enseñar al menos un recuerdo a los familiares: “Es lo único que podemos hacer por ellos”». Frente al dolor, «yo no puedo decirte que Dios te quiere. Tengo que decir: yo te quiero y estoy dispuesto a compartir un poco de tiempo contigo. Entonces –concluye Giovanni– es cuando puedo decir a alguien que Dios le quiere».

 

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