El testimonio de Santo, capellán de un hospital de Bolonia: el gran deseo de Dios entre los enfermos, los médicos y los enfermeros durante la emergencia causada por el COVID-19.

Me llamo Santo Merlini, pertenezco a la Fraternidad San Carlos y desde 2013 soy capellán del hospital de Santa Úrsula. La actual situación de pandemia me ha llamado a un nuevo paso y a un nuevo inicio puesto que, en cuestión de pocos días, el hospital asumió una nueva fisonomía y yo ya no podía desarrollar mi tarea como antes frente a tantas personas enfermas y solas, frente a tantos que mueren sin la compañía de sus seres queridos. Varias unidades del hospital tuvieron que adaptarse para afrontar una situación para la cual no estaban preparadas, de forma que unidades de cirugía, otorrinolaringología, urgencias y otras, se transformaron en unidades COVID, teniendo que repensar todo su trabajo. Además, en cuestión de pocos días, se crearon unidades de cuidados intensivos excepcionales para afrontar una necesidad creciente.

Poco a poco, sin conocer previamente estas áreas (antes me ocupaba sobre todo de las unidades de pediatría y obstetricia), he buscado formas para entrar ahí, alentado por nuestro obispo al que doy gracias por cómo me está sosteniendo y animando. Hablo con él casi todas las noches y está muy preocupado por la cantidad de pacientes que están solos, además de empujarme a no detenerme frente a las dificultades que me encuentro.

Empecé las visitas a los pacientes COVID que estaban en cuidados intensivos y rápidamente me sorprendió el deseo del personal médico y de enfermería de hacer una pausa para rezar juntos. Ante mi invitación a rezar, el personal se detuvo haciéndose la señal de la cruz para rezar conmigo, mientras que a la mayoría de los pacientes, que estaban sedados, los bendije y pronuncié la fórmula para la absolución in extremis. Además, poco a poco estoy conociendo a algunos responsables de enfermería para acordar los tiempos y la modalidad de mi presencia en estas unidades. He empezado a entrar en algunas unidades COVID (solo en algunas), pero ya es un comienzo importante. Por otro lado, a veces recibo llamadas de personas que están en otras áreas y desean recibir el consuelo de los sacramentos.

Cuesta mucho entrar en las unidades COVID, hace falta someterse a laboriosos protocolos para vestirse y desvestirse, incluso muchas veces dentro del mismo área para pasar de una habitación a otra. Cuando llevas encima este traje sudas muchísimo y es difícil respirar con las dos mascarillas. Comparto esta dificultad con los médicos, enfermeros y auxiliares que tienen que ir vestidos así muchas más horas al día que yo. Pero me ha impresionado mucho el deseo de Dios que he encontrado en las personas a las que he visitado. Casi todos deseaban rezar conmigo, muchísimos ancianos, pero también los pacientes más jóvenes, que son muchos más de los que esperaríamos. No es cierto que el coronavirus afecte solo a los ancianos.

A veces pensamos que ya no hay nadie que tenga fe, que ya nadie desea rezar. Muchas veces se lo escucho decir a gente de Iglesia. En estas semanas yo he visto que hay un gran deseo de Dios, un deseo que surge potentemente en la condición tan frágil de una enfermedad que te deja durante días solo y rodeado únicamente de batas y mascarillas, que vuelven irreconocibles a las personas que tienes a tu alrededor. Me ha impresionado mucho el testimonio de sufrimiento de una paciente de más de ochenta años que perdió a su marido, también él por coronavirus, con el que compartía la vida desde los 16 años. Pasaron su vida entera juntos pero en el momento de la separación se encontraron solos, ingresados en dos unidades diferentes. Otro día una señora enferma no paraba de preguntarme: «Dios no se ha olvidado de mí, ¿verdad?». Yo estaba allí para decirle a ella y al resto de pacientes que Dios no se ha olvidado de ellos, sino que a través de su sufrimiento están más cerca de Él, sobre todo en estos días de Semana Santa.

Para que se me reconozca pinto con un rotulador o con la cinta adhesiva una cruz sobre la bata esterilizada y de este modo la gente sabe que soy sacerdote. Algunos pacientes al verme dicen: «¡Por fin!». Administro la absolución general a los pacientes más ancianos y a los que están en estado crítico, invitándoles a confesarse en cuanto puedan.

Desde el punto de vista personal esta tarea también está conllevando sacrificios. El primero de ellos consiste en haber tenido que ir a vivir solo, privándome de la compañía de mis hermanos Peppino y Marco. Me consuela el hecho de que estoy desarrollando esta tarea por obediencia, no por un deseo de heroicidad. No ha sido una idea mía y hace unos años no habría pensado encontrarme en un verdadero campo de guerra, en el que me tengo que defender yo mismo del ataque de un enemigo mortal: el virus. Me siento como uno que simplemente está respondiendo a su deber. Pero estoy muy sostenido por la presencia de algunos amigos médicos y enfermeros, con los que comparto los diferentes momentos de mi día y sobre todo una breve oración juntos cada día, que realizamos respetando las distancias de seguridad: una distancia que se anula en la oración decidida. Su presencia me recuerda que no estoy solo y que no soy el único que se juega la piel para llevar algo de consuelo a los enfermos. Hay médicos, enfermeros, auxiliares, pero también todo el personal de limpieza y mantenimiento, que de un modo heroico cada día corren el riesgo de enfermar poniendo su propia vida al servicio de los enfermos.

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