Esta semana proponemos las meditaciones del Via Crucis de la Casa de formación en relación al momento particular e histórico que estamos viviendo.

Primera estación – inicio de la Pasión

Estaba muy cerca la fiesta de los Ácimos llamada Pascua. Y andaban buscando los sumos sacerdotes y los escribas cómo quitarlo de en medio, porque temían al pueblo. Entonces entró Satanás en Judas, llamado Iscariote, que era del número de los Doce, y se fue a tratar con los sumos sacerdotes y oficiales del templo el modo de entregárselo. Ellos se alegraron y acordaron darle dinero. Él aceptó y buscaba una ocasión propicia para entregarlo sin la presencia del pueblo (Lc 22,1-6).

Estaba muy cerca la fiesta de los Ácimos llamada Pascua. El inicio de la Pasión tiene lugar a la luz de la Pascua. Es la consolación que permite acercarnos a este misterio sin ser vencidos por el mal. No podemos seguir a Jesús, que entra en su agonía, si no nos dejamos atraer por esa luz que ya desde entonces emana de su persona.

En estos días muchos de nosotros, directa o indirectamente, están llamados a recorrer el Calvario. No tenemos la certeza de que se nos ahorrará la cruz –almas especialmente tocadas por Dios podrán con temor acceder a ella voluntariamente–, pero, desde este momento, estamos ciertos de que no existe sepulcro que no pueda ser abierto y que en Él todo volverá a florecer.

Entonces entró Satanás en Judas (…), que era del número de los Doce. Las conspiraciones de los escribas, fariseos y sacerdotes casi no nos escandalizan. Estos siempre se encuentran fuera del círculo íntimo de Jesús. Sin embargo, Judas ha sido llamado, elegido dentro del círculo de los más cercanos. Por tanto, su elección por Satanás nos escandaliza mucho más. Él sabe, más que otros, cómo y dónde golpear. Abriéndose a Satanás, además del vínculo con el Maestro, Judas rompe la unidad con el resto de discípulos. Cuando la unidad está herida, Satanás puede atacar con mayor facilidad. Es más, también los discípulos caerán presa del pánico y huirán.

Mientras Judas y los sumos sacerdotes preparaban su venganza, Cristo, en cambio, se dispone abiertamente a realizar su don más grande: la Eucaristía. En el mar de maldad, resurge la luz de la Pascua. Nada puede compararse al llanto de Dios y al don de sí mismo que decide realizar. Cada obstáculo que pone el hombre es para Dios la ocasión de revelar un amor aún más grande.

 

Segunda estación – Anuncio de las negaciones de Pedro

«Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos». Él le dijo: «Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a la cárcel y a la muerte». Pero él le dijo: «Te digo, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes de que tres veces hayas negado conocerme» (Lc 22,31-34).

Simón, Simón (…) yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos. Después de consumar la última cena con los apóstoles, Jesús anuncia los terribles acontecimientos que tendrá que vivir. La captura, la tortura y la muerte del Maestro serán una gran prueba también para los discípulos. Jesús entonces pide por Pedro. Ante todo pide para él la fe, no valor. Solo la fe le permitirá atravesar lo que suceda. Es más, solo la fe puede captar el silencioso cumplimiento de la obra de Dios incluso dentro del desastre aparente.

¿Qué tarea tenemos en este tiempo los sacerdotes? Estamos llamados a una identificación aún más profunda con Cristo y con su oración. No tenemos que infundir simplemente valor en las personas, sino pedir para que su fe no disminuya, para que renazca y madure. Así, una vez reafirmada, podrán convertirse en fuente de esperanza para el resto de vidas con las que se encuentren.

Señor, contigo estoy dispuesto a ir (…) a la muerte. Pedro quiere consolar a Jesús. No tiene en cuenta su propia debilidad, no consigue entender la potencia de la guerra que el enemigo está a punto de desencadenar. No entiende que solo el Maestro puede liderar esta batalla. Pedro solo puede seguir. Cristo tiene que dar antes su vida por Pedro, para que Pedro pueda dar la vida por Cristo (cfr. Agustín, Comentario al Evangelio de San Juan, 123,4).

 

Tercera estación – Jesús en el huerto de los Olivos

[Jesús] Salió y se encaminó, como de costumbre, al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. Al llegar al sitio, les dijo: «Orad para no caer en tentación». Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra y, arrodillado, oraba diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya». Y se le apareció un ángel del cielo, que lo confortaba. En medio de su angustia, oraba con más intensidad. Y le entró un sudor que caía hasta el suelo como si fueran gotas espesas de sangre. Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la tristeza, y les dijo: «¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en tentación» (Lc 22,39-46).

Jesús se había retirado en muchas ocasiones a lugares apartados para rezar solo sin que le vieran. Ahora no. Él desea que aquellos a los que ha elegido le hagan compañía y puedan participar de su misterio: su diálogo con el Padre. Les lleva con él y se aleja de ellos tan solo a un tiro de piedra, un poco, de modo que los discípulos puedan escuchar sus palabras, ver su rostro, participar de sus sentimientos.

Pero los discípulos no consiguen mantenerse despiertos. Querían participar del cáliz del Maestro, querían dar la vida por él, pero ni siquiera pueden mantener abiertos los ojos. Sus corazones no resisten. La potencia del mal puede con ellos. La torpeza de los discípulos es como la de Abrahán cuando Dios establece la Alianza con él: Abrahán se duerme y Dios es quien se hace cargo del pacto (cfr. Gen 15,1-21).

Todo lo que estamos viendo suceder en estos días puede generar una angustia profunda, un dramático sentido de impotencia. No debemos olvidar nunca que es el mismo Cristo quien se encarga de llevar a cumplimiento su Alianza con el hombre, de modo que ni uno solo de nuestros cabellos se pierda, sino que se custodie hasta la eternidad.

Los discípulos se duermen, se demuestran débiles, incapaces de obedecer a las indicaciones más sencillas de Jesús. Y, sin embargo, el Maestro les reconduce de nuevo en su camino: Levantaos y orad, para no caer en tentación. El agotamiento y la incomodidad, la cantidad de traiciones en las que caemos continuamente pueden convertirse en oración, en súplica a Cristo y al Padre, que inmediatamente hará que nos levantemos y nos volverá a conducir tras sus pasos.

 

Cuarta estación – La traición de Pedro

Después de prenderlo, se lo llevaron y lo hicieron entrar en casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía desde lejos. Ellos encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor, y Pedro estaba sentado entre ellos. Al verlo una criada sentada junto a la lumbre, se lo quedó mirando y dijo: «También este estaba con él». Pero él lo negó diciendo: «No lo conozco, mujer». Poco después, lo vio otro y le dijo: «Tú también eres uno de ellos». Pero Pedro replicó: «Hombre, no lo soy». Y pasada cosa de una hora, otro insistía diciendo: «Sin duda, este también estaba con él, porque es galileo». Pedro dijo: «Hombre, no sé de qué me hablas». Y enseguida, estando todavía él hablando, cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente (Lc 22, 54-62).

Pedro lo seguía desde lejos. La cercanía que Pedro tiene con Jesús ha quedado herida. Algo se ha interpuesto en su seguimiento a Cristo: la presunción de creer que él podía dar la vida por Cristo, preceder a Dios, cuando en realidad había sido llamado a seguirlo. Cada brecha imperceptible, cada reserva secreta en nuestra disponibilidad a Dios es una fisura por la que Satanás se insinúa y desde la cual hace la guerra para separarnos del Padre.

De esta manera, Pedro llega a renegar de Cristo tres veces, en un crescendo desconcertante: primero el Maestro, después los discípulos y, finalmente, él mismo. No se trata simplemente de un momento de desorientación o del miedo frente a un ataque que le pilla desprevenido. En efecto, el evangelista apunta que pasa una hora antes de la última acusación. Pedro tiene tiempo suficiente para reflexionar, para remediar sus acciones e intentar redimirse. Pero vuelve a negar.

 El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro. El Señor se vuelve justo después de que Pedro le haya traicionado por tercera vez. Quien se vuelve y busca a Pedro es el Señor, le alcanza en esa lejanía infinita en la que se había precipitado. Solo el Señor puede entrar en el infierno de nuestra traición y volver a aferrarnos con su mirada.

Y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho. Basta una mirada de Cristo para que el recuerdo se llene de él, para que el abismo de la traición se vuelva a llenar de Su misericordia. Pedro no puede soportar esa mirada que le revela la gravedad de su pecado y, al mismo tiempo, la vasta inmensidad del amor que se ofrece por él. Así, tiene que alejarse de aquella terrible santidad, como el primer día en la barca después de la pesca milagrosa: Apártate de mí, que soy un hombre pecador (Lc 5,8). Entonces, aunque también había huido de la mirada del Señor, queda incurablemente herido. Por eso volverá. Sus lágrimas de arrepentimiento le llevan de nuevo a ponerse bajo la mirada de Jesús, a mendigar su perdón, y, ahora sí, a dar su vida por Él: Señor, tú sabes que te quiero. Apacienta mis ovejas (cfr. Jn 21,17).

 

Quinta estación – Crucifixión de Jesús

Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Hicieron lotes con sus ropas y los echaron a suerte. (…) Era ya como la hora sexta, y vinieron las tinieblas sobre toda la tierra, hasta la hora nona, porque se escureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Y, dicho esto, expiró. El centurión, al ver lo ocurrido, daba gloria a Dios diciendo: «Realmente, este hombre era justo». Toda la muchedumbre que había concurrido a este espectáculo, al ver las cosas que habían ocurrido, se volvía dándose golpes de pecho. Todos sus conocidos y las mujeres que lo habían seguido desde Galilea se mantenían a distancia, viendo todo esto (Lc 23, 33-34; 44-49).

La vida del Hijo se dirige por entero al Padre. ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre? (Lc 2,49): son las primeras palabras que Jesús pronuncia siendo niño. También ahora, en los últimos instantes, sus palabras son para el Padre: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu. Jesús se abandona en los brazos del Padre con la confianza de un hijo. San Lucas no refiere el grito de abandono de Jesús en la cruz. En las palabras de Jesús solo hay una oración fiel, segura del cumplimiento. Jesús sabe que todo le ha sido dado por el Padre y ahora quiere devolverle todo, incluso su propia vida, con la certeza de que el Padre se la volverá a donar, liberada y trasfigurada. Hasta en la muerte, Jesús experimenta la cercanía del Padre.

Con su oración en la cruz, Jesús nos ha revelado que incluso cuando Dios parece derrotado y ausente, en realidad, está cerca, escucha nuestras súplicas y cumple su designio de salvación. La vida no está en nuestras manos, somos suyos. Al fiarnos de él, podemos encontrar la verdadera paz. Al fiarnos de él, podemos estar a los pies de la cruz, tocar la muerte y, al mismo tiempo, vislumbrar el inicio de la gloria de Dios, como el cinturón: El centurión, al ver lo ocurrido, daba gloria a Dios diciendo: «Realmente, este hombre era justo».

 (Foto: Via Crucis en la Casa de formación de Roma – marzo 2019).

 

stefano tenti

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