Unas vacaciones con la comunidad entre los árboles milenarios del monte Lala, en Taiwan, para volver a descubrir que Dios se acuerda de nosotros, de nuestra pequeñez, haciéndonos infinitamente grandes.

Ver de cerca un árbol de hace 2800 años realmente impresiona, tanto que aquí los llaman “árboles divinos” o “sagrados” y muchas veces son objeto de culto y veneración. Esta concepción se aprecia en los cuadros tradicionales chinos donde la naturaleza aparece frecuentemente en primer plano y, solo al fijarse bien, se observan pequeñísimas figuras humanas, casi invisibles.

Inmediatamente me vienen a la mente las palabras del Salmo 8, tan queridas para don Giussani: ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? Este fue el tema de los tres días que pasamos en Lala Shan a mediados de septiembre con la comunidad del movimiento de Taiwan.

Después del verano empezamos el año social con las típicas vacaciones en la montaña, con viejos y nuevos amigos de todas las edades. Este año elegimos el monte Lala, una localidad del sur a 120 km de Taipei, conocida por sus árboles milenarios, que, según los estudiosos, tienen hasta tres mil años de edad. «Lala» es una palabra del dialecto de la tribu aborigen de los Atayal y significa «belleza». En efecto, pasamos días inmersos en la belleza de la naturaleza y, más aún, en la belleza de la humanidad cambiada por el encuentro con Cristo.

En estos tiempos ya es un milagro poder hacer gestos de este tipo, pero aquí el coronavirus (por el momento) no se ha impuesto de manera determinante, agravando la vida de las personas, gracias al óptimo trabajo del gobierno y de la escrupulosa atención de los taiwaneses para seguir las normas higiénicas, que se debe, dicen entre ellos medio en broma, medio en serio, al gran miedo a la muerte.

Entre las 50 personas de edades, procedencias y religiones diferentes, se encontraba A-Xia, una señora anciana, madre de una amiga nuestra china, casada con un taiwanés. Dong-dong, la hija, llamó hace cuatro años a nuestra puerta pidiendo conocer a Dios. Tras unos meses de catequesis, recibió el bautismo junto con su marido e hijos. En las vacaciones, la madre destacó desde el principio porque durante los juegos de la primera noche era especialmente peleona, lo cual es muy raro aquí, ya que habitualmente todos juegan para divertirse y no para ganar. Más tarde descubrimos que A-Xia era una atleta profesional de bádminton y que también representó a su país en diversas competiciones.

Además de jugar juntos, fuimos a admirar la naturaleza y los árboles milenarios, cantamos, rezamos y escuchamos la presentación del libro Cinco panes y dos peces de Van Thuan, que hicieron Antonio Acevedo y Ruth, una amiga protestante.

Fueron días llenos de riqueza y belleza, en los que cada detalle fue un regalo de cómo Dios cuida de nuestra pequeñez, que Él hace infinitamente grande. Al terminar las vacaciones A-Xia nos sorprendió diciendo: «estos tres días han supuesto para mí un camino del que estoy realmente agradecida. Corazón con corazón, hemos vivido cada momento que se nos ha dado. No he tenido una vida fácil. Con 31 años, mi marido enfermó por un tumor y, sola, tuve que cuidar de él, de sus padres y de nuestra hija. Me he cansado muchísimo, pero nunca he dejado de dar gracias. Desde pequeños nos han enseñado que en la antigüedad, en Pequín, el emperador rezaba y daba gracias a los dioses del Templo del Cielo. Así, yo también, en mitad de tantos dramas, siempre he sentido la protección del Cielo y se lo agradezco a Lao Tian, el antiguo Dios del Cielo. Solo hoy, gracias a mi hija y a vosotros, sé que es el Señor, y así puedo darLe las gracias, finalmente llamándole por su nombre». Verdaderamente, me conmoví ante la obra que Dios está realizando en esta mujer, incluso a través de nosotros: ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?

 

(Donato Contuzzi, párroco de San Paolo en Xinzhuang, New Taipei City, Taiwan. Imagen: Wang Hui, «Desde Jinan hasta el monte Tai», 1698).

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