En Nairobi tenemos dos casas: una de la Fraternidad y otra de las Misioneras. Alfonso y sor Mónica hablan de su obra misionera común.

«Dígame, don Alfonso, ¿para ser misionero no basta con evangelizar? ¿También hace falta construir obras?». Desde la pantalla de la conexión con Nairobi a través de Skype, don Poppi se ríe.  Seguro que alguien que se presenta así no se deja sorprender: «He transcurrido 25 años de mi vida en Italia, 25 en Uganda y ahora 22 aquí. Espero llegar a los 25. Pensaba que estos últimos los pasaría en Italia, pero quién sabe lo que Dios me tiene preparado». Después aclara los términos de la cuestión: «No se trata de obras sino de necesidades: reales, profundas y visibles. Si quieres a una persona, le ayudas a responder a la necesidad que tiene. Cuando llegué a Nairobi, lo primero que me dijeron fue: ‘¡Necesitamos una guardería!’. Me desilusioné un poco. Venía de Uganda, había vivido situaciones trágicas, ¿y tenía que hacer una guardería? Pero este sitio se convirtió en una flor, la forma a través de la cual entramos en el corazón de las familias jóvenes, que nunca han visto a sus hijos tan contentos». Y de ahí surgió un colegio de educación primaria, el Urafiki Carovana School, después vinieron secundaria, bachillerato y el instituto técnico, obras relevantes en un país donde el porcentaje de la población por debajo de los 25 años es del 61,6%.

Una vez nombrado párroco, «father» Poppi empezó a recorrer el lugar para conocer a los fieles. Se dio cuenta de que muchas madres, quizás con tres o cuatro hijos, no están casadas o ya no tienen marido. Empezó a descubrir que había muchos enfermos. «Venía de Uganda, donde entre el 1988 y los años 90 nos había golpeado la tragedia del VIH: también allí, fue una necesidad lo que dio vida al Meeting Point de Kitgum». Y, así, replica la experiencia en Kenia: «Personas que vuelven a ser protagonistas de sus propias vidas a través del encuentro con nosotros y de la amistad con Cristo. No sé si esto es una obra, pero estas personas pensaban que no eran nada y ahora saben que son alguien».

Llamémosla entonces por su nombre: caritativa. «Sí, sin la caritativa nunca habría entendido quién es Jesús, qué es el movimiento, la Iglesia y quién soy yo. Cuando intuí que el Señor me había concedido una gracia, me dije: no podemos parar». Entonces, la historia continúa. «Fui a visitar a una familia donde había un chico de 15 años que no caminaba y ni hablaba. El padre jugaba con él y le hacía reír. Me quedé extasiado. Llamé a esa familia y a otras dos o tres con hijos discapacitados. «¿Por qué no les juntamos, al menos una vez a la semana?». Una madre se involucró. Así comenzamos: quien estaba, estaba».

Al cabo de unos años, pasan a ser unos cincuenta o sesenta. «Aquí tenemos un terrible estigma hacia la discapacidad. La gente piensa que tiene que ver con el diablo de alguna manera. Por eso nadie quiere tener nada que ver con ellos». Ahora el grupo recibe el nombre de «Ujiachilie», que en swahili significa «Déjate hacer»–, por el título de la canción de Chieffo («Lasciati fare», ndt). Se trata de un centro de caridad de la parroquia, de los otros sacerdotes de la misión y de las Misioneras de San Carlos, que en el 2012 abrieron en Nairobi su primera casa en el extranjero. Hoy, una de ellas, sor Mónica es responsable del Ujiachilie. Había sido neuróloga en un hospital. «Es discreta pero muy capaz», dice de ella don Poppi. Y se entiende que habla de una hija. «Después de que el Covid interrumpiese la posibilidad de reunirse, ella se quedó con el nombre de los que estaban más graves e iba a verles a sus casas, uno a uno». Es fácil imaginarla, mientras que en la videollamada se escucha su voz: de paso ligero, mirada clara, que dicen de una actitud resuelta y profunda. Le cuesta explicarnos en pocas palabras su vida: la necesidad de radicalidad, el deseo de estar cerca de las personas que sufren, la urgencia por comunicar la belleza que había encontrado. «Todo esto encontró un espacio al conocer a las Misioneras de San Carlos», dice, con el tono sorprendido de quien, después de una larga búsqueda, ha reconocido en una mirada su propio destino.

Hace un tiempo viajó a Uganda y se le quedó grabada una preferencia hacia África. «Pero me atraían», cuenta, «todos aquellos lugares donde había necesidad de un signo de Jesús». Al principio, ayudaba en la farmacia. Después le pidieron que se involucrara en la guía del Ujiachilie. «Lo que más me ha sorprendido ha sido el encuentro con estos niños enfermos y la sencillez de la propuesta, es decir, hacerles compañía. Lo único que sirve es quererles, acogerles como un don. Porque son amados por el Señor como nosotros». Son muchas las historias que Mónica custodia: como la de la madre de Tomi, un «niño con microcefalia que ni camina ni habla, 13 años, que mide un metro veinte, tiene una cabeza diminuta». Al cabo de un tiempo, la madre tuvo el valor de contar, incluso a las otras madres, la tentación de abandonar al hijo. «Cuando pasaba con el hijo a mi espalda por sitios solitarios, pensaba: ‘Sería muy sencillo bajarle e irme. Nadie sabe que es mío’. Pero su testimonio siempre concluye así: ‘Cuando conocí a gente que miraba a este niño sin miedo, yo también acabé convencida de que es algo bello’». Por otra parte, está la historia el papá de Nkosi, que quería hacer reír a su hijo. «Me dijo: ‘he entendido que puedo hablar a este niño. Pensaba que él no entendía pero tú juegas con él, le hablas. ¿Te puede entender?’. Le respondí: ‘Quizás no entiende todo pero es importante hacerle sentir que estás, que le quieres. Esto seguro que lo entiende’. Y él cuenta esto a las otras madres».

La última pregunta es crucial y tiene que ver con el dolor de los niños: ¿Qué sentido tiene? La respuesta es Jimmy, de 17 años, con una distrofia muscular que avanza rápidamente. «Ayer fui a verle, estaba encogido, ya no podía estirar las piernas ni los brazos. Jimmy tiene miedo porque en febrero, antes del confinamiento, murió uno de nuestros jóvenes, Frank, amigo suyo. Me preguntó: ‘¿Es verdad que ya no puedo caminar, que moriré pronto? Pero, ¿por qué?’. La pregunta es: ¿Este dolor es un castigo? Mirando a Jimmy o a Frank –quien sufrió mucho porque tenía problemas para respirar– se percibe el misterio del dolor. No hay ninguna explicación lógica sobre el por qué se le pide a un joven llevar una cruz así. Pero este dolor se puede mirar con la certeza de que no es la última palabra, de que hay un sentido. Jesús ya ha llevado esa cruz por nosotros y la carga junto a nosotros. Este dolor ofrecido es precioso para uno mismo y para el mundo. Este es también nuestro deseo: aprender a mirar el dolor con los ojos de la fe». No es difícil entender por qué la amistad entre sor Mónica, sus hermanas y los sacerdotes de la misión produzcan tantos frutos en esta tierra situada en los confines del mundo. «Estamos llamados a construir juntos», dice ella. Don Poppi tiene algo que añadir: «Siempre he pensado que se necesitaba un carisma femenino. Existe una paternidad en la fe pero también una maternidad. El misionero Comboni escribía: ‘Porque estos, en la jungla sin mujeres, se convierten en osos’». Ríe contento mientras se despide: «Todavía no éramos osos, pero…».

 

(Imagen: Alfonso Poppi durante un momento del grupo Ujiachilie, en Nairobi, Kenya).

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