Los días que estamos viviendo muestran la fragilidad de nuestra existencia, pero la resurrección de Cristo nos da la certeza de que la vida no acaba: homilía de Francesco Ferrari durante la Vigilia Pascual en la casa de formación.

Exulten por fin los coros de los ángeles, exulten las jerarquías del cielo, alégrese también nuestra madre la Iglesia (Pregón Pascual). Dejémonos guiar por las palabras del Pregón para contemplar los motivos de nuestra alegría y nuestra esperanza.

 

Este es el anuncio que resuena en el mundo desde hace dos mil años. No está aquí. Ha resucitado (Lc, 24,6), escucharon decir aquella mañana las mujeres. Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él (Rm 6,9), anuncia san Pablo a todos los cristianos. De este modo, esta noche nos lo volvemos a decir a nosotros y a todo el mundo: Cristo está vivo. Está vivo ahora y está vivo para siempre. No es una idea, un esfuerzo, una convicción. No está lejos ni en el tiempo ni en el espacio. Es una persona viva ahora. La llama del cirio es signo de la luz viva que es Cristo, que resplandece de una luz que nunca se acaba, porque él vive ahora, y vive para Dios.

 

El pecado y la muerte ya no tienen poder. Y hoy este anuncio llena de esperanza todo el drama que está sucediendo a nuestro alrededor. Hombres contagiados que mueren solos en condiciones a veces inhumanas. Solos porque nadie está con ellos (excepto algún medico o enfermero que conmueven el corazón de Dios). Sus cuerpos, para contener el contagio, son tratados sin la dignidad y la sacralidad con que normalmente se les cuida, inundados de cloro cuando mueren y conducidos a la cremación. ¿Qué es la vida, cuando su fin es tan miserable? Necesitamos saberlo, y la resurrección de Cristo nos dice que la vida no acaba. Cristo vive, con su cuerpo, transfigurado. Así, toda nuestra persona, con nuestro cuerpo, está llamada a entrar, transfigurada, en la eternidad. No se ha perdido nada de ese cuerpo cremado. Cada caricia recibida, cada dolor, cada cosa que se ha visto, cada perfume exhalado, todo puede ser salvado, todo está destinado a una vida que no acaba. Cristo, además de acabar con la muerte física, pone fin también a otra muerte incluso más terrible y oscura: el pecado. Ya no somos esclavos del pecado (cfr. Rm 6), dice san Pablo. Incluso si nos sentimos –tal y como somos– demasiado pecadores aún, poco libres, hoy escuchamos el anuncio de una liberación. Nuestro pecado todavía es posible, pero ya no es nuestro destino, el mal ya no es la palabra que define nuestra vida. Una luz ha empezado a brillar en las tinieblas y, por tanto, aunque haya oscuridad, ya no es de noche. Cuando Cristo resucitó los discípulos aún vivían en la duda, en el miedo, en el pecado. Pero él había resucitado y ya les precedía en Galilea. Ya había comenzado una nueva vida, una luz, como la del cirio pascual, brillaba ya en las tinieblas. Con la resurrección de Cristo sucede en acto una vida más fuerte que el mal. Sigámoslo hacia donde nos precede, en el camino nuevo y luminoso que él ha iniciado.

Porque tú estás vivo, Cristo, y porque tú nos has conducido a una vida nueva, hoy, ahora, te podemos ofrecer nuestra vida, como sacrificio de alabanza, como acto constante de gratitud. La luz de tu resurrección se convierte en nuestra luz, llama de nuestro ofrecimiento, al igual que las velas que hemos encendido, que nacen de la llama del cirio. Lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos (…), así también nosotros andemos en una vida nueva (Rm 6,4), continúa diciendo san Pablo. Esta vida nueva que nos has donado es la vida contigo, detrás de ti, para ti. Es lo mismo que les sucedió a las mujeres aquella mañana: De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él (Mt 28, 9). También nosotros podemos acercarnos a Él, abrazarle y adorarle, porque Cristo está vivo. Esta vida nueva es la vida en la que podemos amar a Cristo, y esto nos llena de felicidad; es la anticipación de la vida que nos espera, cuando podamos abrazar y adorar a Cristo sin la fragilidad del pecado, sin el tropiezo de la muerte.

Pidamos que la memoria de Cristo resucitado no nos deje nunca; para que podamos vivir en su luz cada día que se nos da; para que nuestra vida sea ofrecida a Dios, como la luz de este cirio, pidamos con las palabras del Pregón: arda sin apagarse para destruir la oscuridad de esta noche, y, como ofrenda agradable, se asocie a las lumbreras del cielo. Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo, ese lucero que no conoce ocaso y es Cristo, tu Hijo resucitado, que al salir del sepulcro, brilla sereno para el linaje humano, y vive y reina glorioso por los siglos de los siglos.

 

Homilía con motivo de la Vigilia Pascual, casa de formación (Roma), 12 de abril de 2020.

 

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