En una carta de don Stefano, misionero en Fuenlabrada, cerca de Madrid, un joven estudiante descubre el perdón, el comienzo del cambio.

Queridos Amigos,

Hace mucho tiempo que os quiero escribir.

Os cuento lo que pasó durante una convivencia de estudio que hicimos en Catalunya, con algunos ‘giessini’ (estudiantes de bachillerato) de Fuenlabrada, algún chico catalán y veinte italianos más o menos. En total, unas 70 personas. Me impresionó mucho la variedad de los chicos presentes: algunos de los italianos eran jóvenes muy formados, procedentes de familias gracias que les han brindado una educación a la vida de la Iglesia, y a menudo en el movimiento de CL. No así para la mayoría de los catalanes y de los de Fuenlabrada. Un chico de San Hipòlit, el pueblo donde llevamos a cabo la convivencia, la última noche nos contó que su vida estaba cambiando radicalmente: “ante todo porque he descubierto que existe un lugar donde es posible el perdón”. Un perdón que con sus amigos de toda la vida no existe: nos cuenta que, como mucho, lo que se suele hacer es aparentar que no ha pasado nada, minimizando los problemas. Pero después las dificultades anidan en el fondo del corazón y no se sabe con quién hablar de ellas. Al final, para anestesiar los problemas de casa, del colegio, de la novia, se dedica uno a relaciones vacías, a la droga o al alcohol.

En cambio, continúa “con estas personas perdonar es posible, es posible hablar de todo, incluso de las cosas que son problemáticas o de las que a veces siento vergüenza. Es algo divino”.

Eso es lo que dice: divino. Por primera vez desde la primera comunión, este chico volvió a confesarse. Justo el día de la Inmaculada recibió su segunda comunión. Entiendo que realmente Cristo se hace presente en el tiempo. En la carne. Incluso en la carne de un grupito descompaginado de estudiantes que no tienen nada en común fuera de Su amistad.

Un abrazo,

Stefano

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