Cada momento de nuestra vida diaria es una ofrenda a Dios, una respuesta al amor de Cristo, incluso en las circunstancias difíciles: una meditación del Rector de la Casa de formación.

Cuando un chico entra en el seminario está dominado al final por un solo deseo: dar todo a Dios. Ofrecer su vida de manera radical y definitiva.

Pero, ¿qué significa ofrecer la propia vida?

Ante todo es una respuesta a Dios. Es una respuesta gratuita, sin cálculos ni reservas. Es la única respuesta digna del ofrecimiento que Cristo mismo vivió por nosotros. Es el deseo de corresponder a un amor inesperado que ha entrado en la vida. Es el encuentro con Dios presente en la Iglesia, que se convierte para todos en vocación, llamado. El amor de Cristo nos apremia (2 Cor 5,14). Ofrecer todo. Pieza por pieza. El ofrecimiento de nuestra vida se lleva a cabo en cada detalle de la vida cotidiana.

Para don Giussani el ofrecimiento es un gesto con el que expresamos nuestro afecto a Cristo, como un beso o un abrazo. Ofrecer es amar el instante, para amar Aquel que es la consistencia de ese instante.

Los chicos que empiezan su camino con nosotros pronto chocan con lo concreto de lo cotidiano. Han entrado para ofrecer toda la vida a Cristo, a veces incluso dominados por una imagen un poco romántica. En el día a día, sin embargo, surgen fatigas y fragilidades, a veces incluso mortificantes. “¿Cómo puedo darle todo a Dios si no logro siquiera perdonar a ese hermano?” “¿Cómo se puede ofrecer todo cuando me pesa este encargo o este sacrificio que se me pide?”.

Es justamente en esta fatiga cotidiana donde el ofrecimiento puede volverse brillante y ensanchar nuestro corazón.

En cada instante, incluso árido y agotador, puedo afirmar mi amor por Cristo. No hace falta que la circunstancia cambie. Puedo abrazar el instante, con todas mis fatigas, y así ofrecerle mi abrazo. El intento de perdonar al hermano, la disponibilidad llena de alegría por aceptar una tarea aunque sea pesada, la tenacidad con la que vuelvo a empezar después de una caída. Cada momento puede ser llenado por este ímpetu hacía Cristo, en la petición que Él se manifieste.

Siempre se puede ofrecer. Por tanto se puede amar a Cristo siempre, en cada momento. Ninguna circunstancia lo impide. Al contrario. Cuanto más fatigosa sea la circunstancia tanto más meritorio será nuestro intento de ofrecimiento. Don Giussani, en un texto suyo, dice que «dar la vida hasta la muerte significa desplegarla en cada momento en sacrificios imperfectos».

Aprender a ofrecer es un camino sencillo, que exige tiempo. Y poco a poco la vida se llena de alegría. Porque cada instante es ocasión de amar a Cristo. Y cada circunstancia es acogida como un don inmenso, como el amado que se acerca.

francesco ferrari

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