El sentido de la vida se cumple únicamente en el don de uno mismo: este descubrimiento nos hace capaces de testimoniar a Cristo sin condiciones.

Anselm, Judith, Marguerite, Reginette. Son los nombres de las hermanas Misioneras de la Caridad asesinadas en Yemen a primeros de Marzo de este año. «Han vertido su sangre por la Iglesia», ha declarado el Papa. «Han sido asesinadas por odio a la fe» ha dicho el Secretario de Estado vaticano, el cardenal Parolín. Mártires, por tanto.

Cursaba yo la enseñanza elemental cuando oí hablar por primera vez del martirio. Mi profesor de religión hablaba de un sacerdote polaco, Massimiliano Kolbe, que había dado la propia vida por un compañero de prisión en un campo de concentración nazi y que en aquellos días había sido proclamado santo. Su figura me produjo un cierto miedo, pero me parecía heroica, fascinante, aunque no entendía por qué la vida de un sacerdote debiese valer menos que la de un padre de familia… Comencé a entender algo más algunos años después: tenía diecisiete años y aquel mismo profesor mío de religión, don Isidoro Meschi, moría a la edad de cuarenta y siete años, asesinado en el patio de la casa de desintoxicación de drogodependientes que él mismo había fundado. Nadie tiene un amor más grande que el que da su vida por sus amigos (Jn 15,13), oí decir el día de su funeral, y por primera vez desee ser como él, sacerdote y dar la vida por mis amigos. ¿Por qué fascina el martirio? Porque revela el deseo que habita en el corazón de cada uno de nosotros, el deseo de una vida plena de sentido, de una existencia gastada por un ideal grande. Todos nosotros deseamos ser capaces de un amor sin reservas de una vida vivida con auténtica radicalidad. Balthasar decía que la vida de un cristiano no podía no llegar hasta la disponibilidad del martirio. No sólo los sacerdotes, por tanto, no sólo los consagrados: cualquier persona que ama verdaderamente está llamada a esta radicalidad porque el martirio es una dimensión del amor y el amor se cumple sólo en el ofrecimiento de la propia vida. Fuerte como la muerte es el amor (CC 8,6), recita el Cantar de los Cantares. “Muero de amor por ti”, se dicen los enamorados: y es verdad, porque un amor que no llega a desear dar la vida por el otro no se cumple. Por esto digo siempre que el matrimonio es un martirio. Parece un chiste, pero no lo es. El matrimonio es dar la propia vida a otro, ponerse en sus manos, darse sin reservas y para siempre. Parece un sacrificio enorme pero lo que está en primer plano es el amor, no el sacrificio. Un marido que cuida a su mujer enferma, ¿por qué lo hace? Un padre y una madre que renuncian a cualquier comodidad para tener otro hijo, ¿por qué lo hacen? Ciertamente no por un extraño gusto por el sufrimiento: la única razón plausible es siempre el amor. Decía también Balthasar: “El testimonio, el martyrion, no es tanto una cuestión de muerte, cuanto una cuestión de vida en cada instante, la muerte por Cristo es sólo la cuestión límite de una lucha vital, cotidiana por Cristo”

Lo que fascina de los mártires es su libertad: son hombres libres, en tanto que ciertos. Es la verdad la que los hace libres, como dice Jesús en el Evangelio, y la verdad que Él ha revelado es que el sentido de la vida es darse y que toda vida dada es una piedra para construir el edificio de la Iglesia, inicio de un mundo nuevo. Es este descubrimiento lo que hace capaz de un testimonio sin condiciones en cada complicación de la vida, también si esto puede desencadenar oposición y hasta odio, como, por otra parte, había anunciado previamente Jesús: Si el mundo os odia, sabed que antes me ha odiado a mí (Jn 15,18). Tiene razón Peguy cuando escribe que «todo cristiano es hoy un soldado. Aquello que a nuestros padres se les propuso, a nosotros se nos impone. Ellos deben coger su cruz e irse a otro lugar. A nosotros Dios nos da la cruz (¡que prueba de confianza!) por un ininterrumpido vía crucis a nuestra casa. Estamos todos en cabeza». Nadie que sea auténticamente cristiano podrá jamás ser confundido con la violencia, ni con el deseo de imponer la propia verdad cuando aquello que le mueve es el amor al otro, el amor a Cristo. Por esto, cuando, en nuestras misiones, nos ensimismamos con la figura de los mártires, no podemos no desear vivir y amar como ellos, nosotros que de un amor así queremos ser testigos en todo el mundo.

(foto Roger Sanderson).

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