Lo que es definitivo siempre nos da un poco de miedo. Frente a las elecciones que implican una decisión para toda la vida, a menudo nos sentimos solos. Tal vez porque creemos necesario tener todos los papeles al día antes de dar ese paso, o esperamos que la novedad de la existencia sea pasar de una cosa a otra, de una persona a otra. Es la soledad la que genera el miedo que nos detiene y nos bloquea delante de la vida.
Asistí a la boda de dos amigos con los que crecí. Me han contado que, en las semanas previas, muchos colegas de trabajo les habían preguntado si estaban listos y si realmente estaban convencidos del paso que iban a dar. Todos quedaron sorprendidos por su respuesta, tan segura, auténtica y agradecida. Ese “sí” pronunciado en el día de la boda no fue aislado, ni un acto heroico. Ninguno de nosotros estaría a la altura de esa respuesta. Desde siempre, sin embargo, Dios ha pensado en mis dos amigos juntos y desde la eternidad el “sí” de ellos descansa en Su corazón. Sólo esto dona la certeza y la ligereza indispensable para decir el “sí”, ya que se apoya totalmente en aquello pronunciado por Otro y sostenido por la fuerte red de los “sí” de Su Iglesia.
La belleza de la vida es decidir por el misterioso ideal que se oculta en ella. Me lleno de asombro al pensar en el gran impulso con el cual Pedro entró en las aguas del Lago de Tiberias, cuando se dio cuenta de que el Señor le estaba esperando en la orilla. La vida es un gran misterio por vivir, que nos llama y al cual debemos responder. Es Jesús, sentado en la playa, quien nos invita a sentarnos a su lado para saborear el pescado asado que nos ha preparado. Por eso, no hay que tener miedo. Nuestro nombre ha sido pensado, amado y esperado desde siempre. La belleza de la vida es decidir por Aquel que sigue esperándonos en la orilla del lago, contestar al don que se nos ha hecho. Llamado por el amor del Señor, Pedro decidió dejarlo todo y lanzarse. Al igual que lo hicieron mis dos amigos.

lea también

Todos los artículos