Don Luca es uno de los nuevos sacerdotes recién ordenados de la Fraternidad San Carlos. Aquí está su historia.

En uno de los primeros años de seminario, don Massimo me dijo que muchísimas vocaciones sacerdotales nacen de la oración de los padres que ofrecen sus hijos a Jesús. Aquel año, cuando volví a casa por Navidad, pregunté a mis padres si ellos también habían hecho lo mismo. Mi mamá, conmovida, me respondió que don Angelo les había sugerido ofrecer a Dios el primogénito, y que así lo habían hecho. Creo que mi vocación nace de este gesto.
Son tres los acontecimientos a través de los cuales el Señor me ha hecho tomar conciencia del deseo de ser sacerdote. Durante los veranos, en los años de secundaria, iba a trabajar como camarero en St. Moritz. Una noche, el responsable del salón me pidió servir una degustación de vinos y quesos. Fue algo espléndido, me enamoré del arte culinaria. Acabada la degustación, Francesco y yo comenzamos a despejar la mesa. Sobre el buffet había un enorme trozo de queso parmesano. Nos miramos y, preparados, listos ¡ya!, empezamos a devorarlo. El responsable del salón nos vio y me dijo: “Ves, así como tú no sabes gozar el vino y el queso porque quieres arramblar con todo enseguida, no sabes gozar de verdad de los besos de tu chica porque quieres cogerla toda y enseguida”. Nadie había tomado tan en serio mi deseo de gozar de la belleza. Aquellas palabras empezaron a penetrarme, de manera imperceptible pero constante, como gotas que golpean la roca. Durante el año traicioné decenas de veces aquella promesa, pero el deseo de gozar de la belleza más de cómo lo podía hacer instintivamente resurgía continuamente dentro de mí.
Segundo hecho: el verano después de los exámenes de selectividad estaba nuevamente en St. Moritz. Llevaba una pila de platos hacia la sala, y pensaba en septiembre, que ya se acercaba. En un momento dado, me paré y me dije: “A mí me gusta ser camarero, podría hacerlo toda la vida”. Dos pasos más, otro pensamiento, nuevo, irrumpe en mi cabeza: “Bueno, si es tan bello servir a los señores, quien sabe cómo de bonito debe ser servir al Señor. Voy a ser cura”. Me pareció una idea tan clara que el día siguiente llamé a una de las profesoras que seguía GS (Juventud Estudiantil), le dije lo que me rondaba por la cabeza y le pregunté si existía un seminario de CL. Sobre una cosa, en efecto, no tenía ninguna duda: cualquiera que hubiese sido mi vocación, hubiera tenido que florecer en el movimiento que me había hecho tocar la belleza y la carnalidad de la fe. Y así es como llegué a conocer la Fraternidad San Carlos.
Unos días más tarde, cogí el tren y bajé a Roma para encontrarme con don Massimo. Le conté sobre mí y el deseo de entrar en el seminario. Me he sentido conocido y amado de una manera nueva. Mientras hablaba, sabía que hubiera seguido sus indicaciones incluso si me hubiese aconsejado ser albañil. Me dijo que tenemos que hacer la voluntad de Dios, y que para hacerla hay que intentar entender qué es lo que nos pide Él. Antes de entrar hubiera tenido que verificar junto a don Matteo Invernizzi, un cura de la fraternidad, si realmente el Señor me estaba llamando al sacerdocio. Me sugirió ir a Milán a estudiar filosofía, vivir lo más profundamente posible la vida del CLU y seguir a don Pino, un sacerdote de la Fraternidad que enseña en la Universidad Católica.
Después de graduarme, he entrado en la casa de formación de la Fraternidad san Carlos, y ahora vivo en nuestra bella casa en Kenia junto a cinco sacerdotes. Aquella promesa que se me hizo en la noche de la degustación en St. Moritz, gozar de todo cien veces más intensamente, el Señor la está cumpliendo, ¡aunque de buenos vinos y preciados quesos aquí no se vea gran cosa!

 

Luca Montini, de Brescia, de 29 años, está en una misión a Nairobi, en la parroquia de San Joseph. Arriba, con uno de los chicos de Ujiachilie, una obra de caridad dedicada a las personas con discapacidad.

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