Hace diez años llegaba a Roma sor Rachele Paiusco, y se daban los primeros pasos de las Misioneras de san Carlos Borromeo. Aquí el recuerdo de aquél inicio.

No es un aniversario propiamente dicho el que se festeja en la casa de las Misioneras de san Carlos Borromeo. Más bien es una ocasión para hacer memoria de los primeros años, cuando todo inició. “Más pasan los días”, cuenta la superiora general, sor Rachele Paiusco, “más se vuelve luminoso el inicio: el encuentro con la Fraternidad, el modo con el que me han mirado y tomado en serio, las primeras que llegaron. Siempre más esos años me parecen preciosos. Fueron años puros, habitados por deseos claros. Conservaré en el corazón por siempre ese inicio, el privilegio que he vivido. Y en los momentos duros, cuando regreso a aquellos años, también la dificultad se ilumina”.

Mirada de modo especial.
La aventura inicia en el 2001 cuando Rachele, en su época de estudiante de Letras en la Universidad Estatal de Milán, encuentra al p. Paolo Sottopietra. Rachele desea una vida religiosa en el ámbito del movimiento, un hábito, una regla, una comunidad misionera. Ve en la Fraternidad San Carlos “una casa a la cual pertenecer para siempre” aunque –recuerda hoy- “me parecía imposible porque era una fraternidad masculina”. Después de tres años de discernimiento sobre la forma de su vocación, p. Paolo le propone encontrar a don Massimo Camisasca, fundador y superior de la Fraternidad. Es el 28 de agosto del 2004. Ella recuerda aquel coloquio como un parteaguas, un momento sin vuelta atrás.

“Podía decirme muchas cosas distintas: tienes 23 años, eres pequeña, nunca hemos pensado en esta hipótesis. O bien: ¿Estás sola? Vuelve a casa, haz tu vida, vuelve dentro de unos años, cuando sean un par de chicas más. O más aún: crece un poco, búscate un trabajo. Y en cambio me dijo que teníamos que preguntarnos si se trataba de una llamada del Espíritu o de una cosa que venía de algo humano. Teníamos que tomarnos un año para entender”. Ella se siente mirada de modo especial. Entre las tantas provocaciones que don Massimo le ha lanzado, una pregunta disparada a quemarropa la ha interrogado en especial: “¿te sientes llamada a iniciar algo nuevo?”. Rachele responde: “Si hubiera algunas más con mi mismo deseo, sí, iniciaría una cosa nueva con ustedes. La presencia de otras sería un signo del hecho de que no es solamente una idea mía” .

“Déjate conducir»
Un año de suspenso, un año de espera y trabajo. Rachele, recién graduada de piano, retoma los estudios en la universidad. Las palabras de Camisasca, la compañía de p. Paolo le pusieron las alas. Entre el 2004 y el 2005 aprueba 14 exámenes. La relación con don Massimo continúa por medio de cartas. Cuando ella le cuenta que vive un profundo deseo de silencio, él la invita a ir algunos días a Vitorchiano: “Vemos si está allí lo que buscas, si puede ser para ti un camino”. El primero de enero del 2005 Rachele se encuentra en el monasterio trapense, fascinada por la belleza de la vida monástica. Le dirá a la madre Rosaria, que la ha acogido: “Quisiera vivir la misma belleza, la misma seriedad –el silencio, la regla, la obediencia, el trabajo de conversión personal-, la misma intensidad de vida, llena de la presencia de Cristo, que veo aquí. Pero quisiera también que esta belleza gire por todo el mundo, entre en las casas, camine por las calles”. También madre Rosaria la toma en serio y le invita a continuar siguiendo a don Massimo y a p. Paolo. Le escribe una nota: “Déjate conducir”.

Una compañía exigente
Mientras tanto, en el pequeño grupo que p. Paolo acompaña en Milán, otras chicas miran a la Fraternidad San Carlos. Es un signo para todos. Entre las primeras que entran en la casa está Elena, quien decidirá entrar después de un año vivido en el barrio “Sanitá” en Nápoles; y luego Mariagrazia, Ester, y las demás. Rachele parte a Roma el 15 de septiembre 2005, en la fiesta de la Virgen de los dolores. De inmediato se hospeda con las hermanas dominicas Hijas de María Inmaculada. La compañía de los sacerdotes de la san Carlos es exigente. Toma cuerpo la regla de las Misioneras, “custodiadas” por la Fraternidad por los primeros seis años. Cuando llegará el primer reconocimiento diocesano como Asociación privada de fieles, en el 2007, será don Paolo quien las guie como superior general.

Frente al mundo
En octubre del mismo año, se transfieren al barrio de la “Magliana”, donde inicia la vida común marcada por una regla de oración, estudio y trabajo. En mayo del siguiente año, Rachele pronuncia los votos de virginidad, pobreza y obediencia: “Es un momento”, cuenta, “en el cual algo íntimo y privado como dar la propia vida a Dios adquiere una forma objetiva frente al mundo”. Una elección que coincide con la vestidura, con el dar visibilidad pública de la pertenencia y la incorporación: “En el momento en el cual dices sí a Cristo, prometes obedecer también a la comunidad concreta de las Misioneras”.

Desde este momento en adelante, la congregación empieza a crecer: inicia la escuela interna en la Casa de formación, las caritativas en las parroquias, donde las hermanas se ocupan del catecismo, de los ancianos, de los enfermos y del coro parroquial. Se restaura la casa para dejar espacio a nuevas piezas, para un capítulo y para una biblioteca. Llegan personas de diferentes países como Argentina, Chile, México, Estados Unidos, España, República Checa. Personas muy distintas entre ellas que en común tienen: la conciencia clara de estar en una aventura extraordinaria, el encuentro con algún sacerdote de la san Carlos y el deseo de vivir la experiencia de la Fraternidad.

Hoy, a diez años de aquel inicio luminoso, las Misioneras son 28. Han cambiado muchas cosas, pero queda siempre un punto firme, un nexo, una relación: “Nunca he estado sola en esta historia. Está la relación con Dios, sobre la cual hay que apostarlo todo. La paternidad de don Massimo. La cercanía de p. Paolo, el diálogo con él entretejido de silencio que ha quedado como una de las cosas más preciosas de mi vida. Y la amistad con las que han entrado, la llamada común a dar toda la vida”.

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