A veces, los niños que se encuentran con la realidad de la Iglesia pueden ser pequeños misioneros en su familia. Un testimonio desde Roma.

Un día, mirando un tilo, me sorprendí contemplando una pequeña gema cuyo color verde brillante se insinuaba en la corteza oscura. Pensé en Péguy cuando habla de la esperanza, comparándola con este pequeño brote que da vida a la dura corteza de la fe. Los niños son capaces de esto en su relación conmigo, tienen la capacidad de vivificar mi corteza. De ellos aprendí lo que se convirtió en nuestro lema: “Dios hace las cosas más grandes a través de los más pequeños”. Esto se me hace evidente cuando veo que los padres vuelven al Señor, a los sacramentos, que se ponen en discusión no por quién sabe qué discursos, sino por estos pequeños misioneros que vuelven a casa y relatan, con sus rostros, con sus miradas, algo que han visto y vivido.

Desde este pasado verano he colocado en mi cuarto un póster con el rostro de Marcelino pan y vino. Marcelino es una Presencia – es decir, mirando aquel rostro no puedes no desear esa mirada para tí – porque esté frente a una Presencia.

Quiero contarles algunos hechos y lo que he sacado de ellos.

Un padre, durante mucho tiempo, nunca había regresado a la iglesia y no se acercaba a los sacramentos. Entre nosotros, gracias a su hijo que viene a la parroquia, nació una hermosa amistad. Un día le dice al niño: “Hoy voy a confesarme”. El hijo quiere acompañarlo a toda costa. Me quedó grabada la mirada de ese niño que, fuera del confesionario, mira a su padre arrodillado. Pensé que ningún sermón, ninguna enseñanza gritaba más fuerte que ese gesto, y que ese padre, sin saberlo, había testimoniado al Señor más que un gran santo.

Un día voy a bendecir a una familia, llamo a la puerta y oigo gritos y lloros. Entro y veo a un niño pequeño que llora y hace caprichos. Los padres están todos centrados en él, intentando que pare. Todo es inútil. Lo intento yo también: peor que antes. En un momento dado, les digo a los padres: “Oíd, dejémoslo por un momento y recemos la oración por la bendición de su familia y su hogar”. Tenia que visitar también a otras familias. Tan pronto como apartamos la mirada del niño para llevarla al pequeño crucifijo colgado en la pared, él inmediatamente dejó de llorar y comenzó a mirar a donde estábamos mirando nosotros. Un pequeño hecho en el que encontré el significado de todo el principio educativo: lo que aquel niño necesitaba no es alguien que respondiera a todos sus caprichos y así encontrar su consistencia en la relación con él, sino alguien que sepa a quién mirar, a quién pertenecer, en quién consistir. Sólo entonces podrá dejar de llorar.

El domingo en la misa les pregunté a los niños: “¿Cómo os imagináis a Dios?”. Uno lo imagina calvo, otro con cuatro brazos, un niño lo ve un poco como Zeus. Todos están de acuerdo en decir que Dios está lleno de bondad. En un momento dado, un niño levanta la mano y dice, sin que nadie se lo haya sugerido: “Para mí, Dios es como Jesús, y su carácter es como el de Jesús”. ¡Aquí está el cristianismo! Nadie ha visto a Dios, el Hijo del Hombre ha venido a revelarlo (ver Juan 1:18).

Desde hace tres semanas un niño continua diciéndole a su madre que me invite a casa porque tengo que contarle la historia de cómo me convertí en sacerdote. ¡Dios hace grandes cosas a través de los pequeños!

 

(Paolo Desandré es párroco de Santa Maria del Rosario en los Mártires Portuenses. Arriba, un momento de la “Fiesta de las Familias” en la parroquia).

 

 

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