Estar cerca de los presos también significa acompañar a sus familias. Un testimonio desde Roma.

Ser el capellán de una cárcel como la de Casal del Marmo significa estar en el centro de una serie de relaciones, como la que tengo con el director y el comandante, con los educadores y los agentes, con los trabajadores y los jóvenes detenidos. De entre todas, prefiero las relaciones con los jóvenes presos, siendo a los que más tiempo dedico. Me estoy dando cuenta de que el mayor sufrimiento de quien está en la cárcel no es tanto y exclusivamente el de carecer de libertad, sino el de experimentar una impotencia total hacia aquellos a los que quieren y que viven fuera. Por eso, estar con un joven preso significa, siempre que es posible, conocer a su familia. En la mayor parte de los casos supone encontrarse con relaciones rotas o inexistentes. Me pongo en contacto con las familias porque los chicos me piden que llame a alguno de sus padres o a su novia, para decirles que están bien o para invitarles al día de visitas. A veces, algunos, cuando reciben el permiso del juez de ciertas horas de libertad condicional, me invitan a sus casas o, incluso, alguna vez he llevado a alguno a la nuestra, en el barrio de la Magliana.

La vida de los jóvenes me está enseñando que un periodo difícil en su etapa de crecimiento o el tiempo en la cárcel pueden ser ocasión para volver a unir relaciones fundamentales que se habían roto desde hacía tiempo, sobre todo con la familia. Hay una historia que, aunque es un caso extremo, me ha hecho reflexionar. Marco es uno de los primeros chicos adolescentes que conocí en Casal del Marmo. Con tres años perdió a su madre por sobredosis, el padre estaba ya en la cárcel por una condena de 14 años. Creció con la abuela y a los 10 años empezó a salir de casa y a pasar más tiempo con los amigos que con la familia. La calle le educó, tomó caminos equivocados y a la edad de 14 años fue arrestado. Hace algunos meses me habló de su padre. Durante las pocas veces que se habían visto, cuando se dirigía a él por algún problema, el padre le daba en mano dinero y le decía que se fuera. Así, una, dos, tres veces… «Llegados a este punto –cuenta Marco– empecé a vender la droga porque “usted”, no como mi padre, estaba siempre ahí, cercano y dispuesto a responder a mis preguntas».

Este episodio me ha ayudado a entender el sentido que tiene estar con estos jóvenes. Uno siempre piensa que se necesitan todo tipo de iniciativas y de programas. En realidad, la cuestión decisiva es el estar, la presencia. He sido llamado a estar a su lado para acoger sus preguntas y lo que han vivido, para intentar ofrecer alguna respuesta o, al menos, para que encuentren un espacio de diálogo. Del hecho de estar con estos jóvenes nace una confianza que permite que se llegue a ellos con una propuesta. También este es el primer y fundamental servicio que se ofrece a la familia: educar a los padres para que sean una presencia afectuosa que sepa acoger, escuchar y acompañar.

Una presencia hecha de gratuidad, que no se preocupe de los resultados inmediatos. Dios no razona en términos de éxito. Dios emplea su tiempo con nosotros, conmigo. Es necesario emplear el tiempo que Él nos da con los chicos. «He respondido a tu carta después de tanto tiempo porque tú has empleado tu tiempo conmigo, te has sentado, me has escrito y has estado a mi lado» me escribe uno de ellos. Únicamente en el ofrecimiento de la gratuidad de una amistad con autoridad, nuestros jóvenes pueden descubrir que no han venido al mundo por casualidad sino por un designio bueno, con una gran responsabilidad: más allá del resto de cosas, la realidad y la normalidad de su vida es positiva.

«Yo ya no tengo esperanza»: ¡Cuántas veces he escuchado estas palabras en boca de chicos de 15 y 16 años! Quizá, esta resignación ha sido una de las cosas que me ha ayudado a entender que tenía que estar más cerca de ellos. Esperanza: es una la de las palabras que he aprendido en la cárcel. También hay que educar en ella a los padres. A veces sucede, en familias normales, que el hecho de la cárcel tiene un efecto destructivo sobre las relaciones, como la explosión de una bomba atómica. Acompañar a la familia significa estar cerca en un momento difícil, para ayudarla a experimentar la cercanía del amor de Dios, que no abandona a nadie. Para recordarle que uno no está solo en ese dolor.

Para terminar, educar en la esperanza significa ayudar a los padres a estar siempre ante el misterio representado en sus hijos. A veces es un misterio violento. Leí acerca de un padre que, al comentar lo que había cometido su hijo, decía: «Lo que ha hecho es horrible. Estoy desesperado pero entiendo que, en el desastre, lo único que puede dar un sentido a mi vida es estar cerca de él». Para mí, educar en la esperanza significa sostener en el dolor la esperanza de este padre. Espera, paciencia, fidelidad: los tiempos no están en nuestras manos.

 

(En la foto, Nicolò Ceccolini, capellán del Instituto Penal de Menores de Casal del Marmo, en Roma, después de una fiesta del instituto).

lea también

Todos los artículos