El Adviento es el tiempo de la espera. Toda la vida en realidad lo es. La espera de un bien que debe venir, la esperanza de que suceda algo hermoso y grande forma parte de nuestra naturaleza de hombres. Sin siquiera darnos cuenta, esperamos. Sin embargo, hacemos la experiencia de que la esperanza es una virtud difícil, quizás la más difícil. Conocemos bien las palabras de Péguy: «La fe no me sorprende. / No me resulta sorprendente. / Resplandezco tanto en mi creación… / La caridad, dice Dios, no me sorprende. / No me resulta sorprendente. / Esas pobres criaturas son tan desdichadas que, a menos de tener un corazón de piedra, ¿cómo no iban a tener caridad unas con otras?… / Lo que me admira, dice Dios, es la esperanza. / No me recapacito. / Esa pequeña esperanza que parece nada. / Esa niña esperanza. / Inmortal.» (El pórtico del misterio de la segunda virtud).
¿Por qué es difícil esperar? En primer lugar por la existencia del mal. Todos los días vemos el mal esparcirse en el mundo, y parece ganar. Aún más, se opone a la esperanza el triunfo del mal dentro de nosotros. Somos pecadores, caemos siempre en los mismos pecados. A pesar de nuestros buenos propósitos, no vemos mejoras. Parece que Cristo no cumple la promesa que el encuentro con Él ha suscitado en nuestra vida.
Es necesario volver al frescor de los comienzos. Redescubrir la esperanza con una conciencia más madura. ¿Dónde podemos aprender a esperar de nuevo? Uno de los lugares que Dios pone a nuestra disposición es la Sagrada Escritura. Meditándola, se puede formar o fortalecer en nosotros una nueva visión del mundo, la de la fe. Queremos purificar nuestra esperanza, mirando algunas grandes figuras bíblicas que vivieron intensamente la espera.

Abraham
La vocación de Abraham consiste en una gran promesa y en la petición de un grave sacrificio. Dios le dice: Deja tu tierra natal […] al país que yo te mostraré. Yo haré de ti una gran nación y te bendeciré (Gen 12,1-2). La promesa de una descendencia y de una nueva patria está relacionada con la petición de abandonar su país. La Escritura no relata ningún titubeo: cuando dios llama, Abraham obedece. Obedece justamente porque él confía en la promesa, que hace vibrar algunas cuerdas de su corazón que parecían ya oxidadas. Abraham deseaba una descendencia, pero había dejado de creer que su deseo pudiera realizarse. Era un deseo que había enterrado. He aquí pero que aparece un factor nuevo, inesperado: Dios le habla y despierta su deseo de vida.
Además de la descendencia Dios promete también una nueva tierra. Cuando Abraham sale, las dos promesas aún no se han realizado. Su cumplimiento es simplemente anunciado. Abraham no tiene fuerzas para realizarlas él sólo. El objeto de su esperanza supera sus posibilidades. Esta es una característica importante de la esperanza cristiana: ésta excede las posibilidades del hombre. Albert Camus exhortaba: «Sed realistas, pedid lo imposible». Justamente porque supera nuestras posibilidades, esta esperanza encuentra siempre su origen fuera de nosotros mismos, debe ser sugerida desde el exterior, por un acontecimiento imprevisto. Massimo Camisasca observa que el problema de la esperanza no radica tanto en el hecho de que se apoye en algo que aún no vemos, si no en el hecho que se apoya en algo que nosotros no podemos manipular o dominar (ver Reflexiones sobre la esperanza, Genova, Ed. Marietti 2006, p. 15).
Hay otro hecho que sorprende: Abraham deja su patria, su ciudad, su casa, todo lo que ama. El traslado es definitivo. No regresará jamás. Su salida introduce en el mundo la percepción de la historia como camino que avanza hacía una meta. Introduce por tanto la conciencia de la utilidad del tiempo. Éste no consiste en un ciclo eterno de nacimiento y de muerte, donde se empieza y se acaba siempre en el mismo punto, si no que es un avanzar hacia un futuro más brillante. El tiempo, la vida del hombre, comienza a tener un sentido. El presente adquiere un peso porque está orientado a un futuro.
Don Massimo escribe: «Si Cristo nos hubiera encontrado por la calle, entonces como ahora, nos habría mirado viendo en nosotros aquello que nosotros mismos no vemos: una belleza infinitamente más intensa y gloriosa de lo que nos parece ahora a nosotros mismos, y sin embargo no falsa, no ausente. Entonces hubiéramos percibido en su mirada no solo un amor y una cautivación extraordinarios, como si en ese momento estuviese viendo la cosa más bella del mundo, sino también una tristeza y un temor igual de grandes» (Reflexiones sobre la esperanza, p. 28-29).
La esperanza no es una evasión, si no una transfiguración del mundo que hace posible lidiar con él. Es una fuerza que pone la vida en movimiento. La tristeza en la mirada de Jesús sobre nosotros mide nuestro potencial de mejora. Por otro lado Él no nos ha prometido una vida tranquila. Al contrario, con su venida -o sea con la entrada en escena de la esperanza- el mundo se ha convertido en campo de batalla, el escenario de una lucha que se combate ante todo dentro de cada uno de nosotros. No hay esperanza sin un serio compromiso con la vida.
¿Cuál es para Abraham el significado del tiempo que pasa? En su caminar crece en él la certeza de que Dios provee, que todo procede hacia el bien. Ascendiendo al monte Moriah, lugar prefijado para el sacrificio, Isaac pregunta a su padre qué se podrá ofrecer sobre el altar. Abraham responde que Dios mismo proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío (Gen 22, 8). Estas palabras encierran quizás la síntesis de toda su vida. Él ha aprendido que Dios entra siempre en los acontecimientos del mundo para manifestar su bondad. «Dios provee» significa «Dios me ama y llevará toda mi vida a buen término». Abraham hace su parte, obedeciendo las órdenes que Dios le da, sube al monte, construye el altar, busca la madera, incluso ata a su hijo y lo pone sobre el altar. Es Él nuestra esperanza. Injertando una gran promesa en la vida de Abraham, Dios abre a todos los hombres el camino de una esperanza sin fin.

Los profetas
Incluso los escritos de los profetas nos ayudan a esperar. Los profetas releen la historia de su pueblo y ayudan a reconocer en el pasado los signos de la presencia de Dios. Así reavivan la gran esperanza en todos aquellos que viven arrastrándose por la existencia día tras día. Releen sobre todo la historia del Éxodo, pero en sus reflexiones a menudo vuelven a aparecer las figuras de los patriarcas. Durante el Adviento la Iglesia nos propone especialmente la lectura del profeta Isaías.
Vivió durante la cautividad en Babilonia, en tiempos oscuros para los judíos, que están lejos de la tierra prometida y son esclavos del enemigo. En este contexto, el profeta evoca la figura de Abraham para renovar la promesa que le hizo a él y a su descendencia. Fíjense en su padre Abraham y en Sara, que los dio a luz: cuando él era uno solo, yo lo llamé, lo bendije y lo multipliqué. Sí, el Señor consuela a Sión, consuela todas sus ruinas: hace su desierto semejante a un Edén, y su estepa, a un jardín del Señor. Allí habrá gozo y alegría, acción de gracias y resonar de canciones. (Is 51,2-3).
Isaías no niega que el presente sea duro y esté sumergido en las tinieblas. Pero logra que en la oscuridad brille una luz, una palabra cargada de promesa, que es justamente su palabra. Hay dos tipos de personas que no esperan en la justicia: los que la quieren administrar ellos mismos, o sea los prepotentes, y los que no creen que Dios se interese por el camino del mundo, es decir los fatalistas y los resignados. Pero también hay personas que tienen la humildad de esperar en la justicia, o sea en el hecho que Dios realizará su plan. A estos últimos el profeta dirige la invitación de recordar su historia. Sin memoria no se puede esperar. Sin recordarse de «haber ya recibido un gran don», como decía Pegúy, no se puede esperar un futuro de perfecta felicidad.
El profeta no es ante todo alguien que sabe predecir el futuro: más bien él sabe leer la historia y, partiendo de ella, incluso el presente. He aquí porqué, a los judíos que estaban en Babilonia, Isaías aconseja recordar a Abraham y Sara. Invita a los judíos que se encuentran oprimidos y en el exilio a mirar a sus antepasados. Eran estériles, les ha sido prometida una descendencia numerosa y esta promesa ha empezado a realizarse. Incluso el exilio debe interpretarse a la luz de esta promesa.
La esperanza en Dios cambia el presente, nos hace libres frente a las restricciones actuales. Jeremías, por ejemplo, invita los exiliados, desesperados y ya sin ganas de trabajar o casarse, a no resignarse y a continuar a construir (Ver Jer 29, 4-7). Ese tipo de conducta es posible para quien tiene confianza en una promesa que excede la situación actual.
Los profetas nos ayudan a leer nuestro pasado gracias a una promesa dirigida hacia el futuro. No se limitan a representar un pasado glorioso, sino que nos abren a una novedad que supera nuestra capacidad de imaginación. No se trata de volver atrás, sino de avanzar. Dios promete algo más: Mira, yo hago nuevas todas las cosas (Apoc 21,5). Nosotros progresamos de milagro en milagro, recibimos gracia sobre gracia, caminamos de gloria en gloria. Se trata de una verdadera ley espiritual: no podemos nunca pararnos, debemos siempre nuevamente ponernos en movimiento para dejarnos atraer por la misericordia de Dios. «Quien no avanza, va seguramente hacia atrás», dice San Bernardo. Este deseo de avanzar, de no asentarse sobre los éxitos del pasado, es el signo de una vida auténticamente cristiana. Porque a través de nuestra adhesión al plan de Dios se realiza Su promesa, estamos llamados a salir siempre cada vez de nuestra casa para descubrir nuevas tierras.
En el capítulo 60, Isaías aclara de forma genial el objeto de nuestra esperanza. Todo el capítulo está dedicado a la Jerusalén celestial, o sea al Paraíso. Expresado con imágenes poéticas, es una descripción de la perfecta esperanza.
La primera cosa que el profeta promete enseguida, desde el comienzo del capítulo, es la ruptura del velo que nos impide ver la gloria de Dios. ¡Levántate, resplandece, porque llega tu luz y la gloria del Señor brilla sobre ti! Porque las tinieblas cubren la tierra y una densa oscurida a las naciones, pero sobre ti brillará el Señor y su gloria aparecerá sobre ti (Is 60, 1-2).
Nosotros hemos sido creados para mirar a Dios, para contemplarlo. Sólo la contemplación directa de Dios puede cumplir el deseo de nuestro corazón. Isaías también hace alusión a la gran alegría que nos llenará en ese momento: Al ver esto, estarás radiante, palpitará y se ensanchará tu corazón (IS 60, 5).
El segundo elemento de la promesa de Jerusalén es el reunirse del pueblo. Así como sufrimos por el hecho de no ver a Dios, del mismo modo sufrimos también por la desunión con nuestros hermanos. Las naciones caminarán a tu luz, y los reyes al esplendor de tu aurora. Mira a tu alrededor y observa: todos se han reunido y vienen hacia ti (Is 60,3-4). La esperanza cristiana no mira sólo a la contemplación individual de Dios, si no a la contemplación comunitaria. Todos los aspectos de la vida cristiana están esencialmente insertados en la comunión. No podemos salvarnos solos. No podemos vivir sin pertenecer a una comunidad. Leyendo con atención, se observa con cierta sorpresa que el profeta no habla sólo del pueblo de Israel. Él incluye en su visión también a los pueblos paganos a su alrededor. Todos traerán sus ofrendas para un culto común. Estos versículos contienen una visión realmente misionera.
En los últimos versículos del capítulo 60, Isaías especifica aún más su promesa: este culto común no tendrá fin, no será pasajero, sino eterno. El Señor será para ti una luz eterna y tu Dios será tu esplendor. Tu sol no se pondrá nunca más y tu luna no desaparecerá, porque el Señor será para ti una luz eterna y se habrán cumplido los días de tu duelo (Is 60, 19-20).
La esperanza se refiere a un bien que nunca va a pasar, un bien eterno. Sólo una esperanza eterna tiene la fuerza de cambiar realmente nuestro presente. Ha escrito Benedicto XVI en la introducción a la Spe salvi: «El presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino».
El bien que esperamos conseguir debe ser grande, o sea debe ser eterno. Todo lo que pasa es demasiado poco para nuestro corazón. No podemos vivir sin la esperanza de la eternidad. Esta permite afrontar cualquier prueba en este tiempo con la conciencia de que constituye un paso importante hacia la felicidad.

Juan el Bautista
Una tercera figura bíblica que nos enseña la esperanza es Juan el Bautista. Él es el más grande de los profetas. Está entre la Antigua y la Nueva Alianza, es el último de los primeros y el primero de los últimos. Aquel que los demás profetas sólo han podido anunciar, él lo indica. Con él se aclara la finalidad del camino de la humanidad que empezó con Abraham, y la conversión del deseo del corazón, predicado por los profetas, encuentra su verdadero objeto. Después de todo, aún no espera verdaderamente quien desea una tierra prometida o una descendencia numerosa, ni quien anhela por la reconstrucción de Jerusalén. Espera verdaderamente sólo quien desea a Cristo. Fue Juan el Bautista quien señaló primero a los hombres el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29).
Juan el Bautista es el único profeta que encontró al Salvador en persona. Por ello es también el profeta más feliz. Llevaba seis meses en el vientre de su madre cuando exultó reconociendo a Jesús en el seno de María. Este gozo ha llenado su vida. El Bautista ha vivido en la memoria gloriosa de su primer encuentro con el Salvador. De hecho, se define a sí mismo como el amigo del Esposo que se alegra en escuchar su voz (Jn 3, 29).
Conociendo la verdadera alegría, él no quería rebajarse a alegrías fugaces. Esto corresponde a este aspecto de su vida que fue el desierto. Juan llevaba una vida austera, lejos de los entretenimientos del mundo, estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre (Mc 1, 6). No quería gozar más que del encuentro con Jesús, no quería consolarse con otras cosas.
La experiencia de la única verdadera alegría le fue necesaria para su misión, para invitar a la gente a la penitencia y a la preparación de la alegría del encuentro. En las palabras de Juan el Bautista encontramos una gran vehemencia, una gran fuerza. Él quería sacudir a sus contemporáneos, que eran como los hombres de todos los tiempos, atentos únicamente a sus intereses temporales y totalmente distraídos de Dios. Juan decía a la multitud que venía a hacerse bautizar por él: «Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Produzcan los frutos de una sincera conversión, y no piensen: «Tenemos por padre a Abraham». Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir al hijo de Abraham. El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles; el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego» (Lc 3, 7-9).
¿De dónde sacaba Juan el Bautista la fuerza para insultar y amenazar de esta manera sus contemporáneos, hasta sacudir las profundidades de sus conciencias? De la experiencia de una íntima comunión con Jesús y de la gran esperanza para los hombres que acudían a él. Sus invectivas eran ante todo un testimonio de Cristo. En el cuarto Evangelio, justamente el deber del testimonio define plenamente la misión del Bautista: Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él (Jn 1,6-7). Juan el Bautista es violento porque es un testigo veraz. Él ha visto la luz, la conoce y quiere permitir que ella se difunda en el mundo. No tolera las tinieblas.
En él conviven una extrema decisión y una extrema dulzura. El encuentro con Cristo hace que sea dulce, porque lo llena de alegría, pero también violento, porque le hace conocer la santidad de Dios. Juan tiene un sentido muy agudo del pecado y de la penitencia. No podemos encontrar a Cristo, el totalmente santo, sin sentir la necesidad de una purificación. Dios es y será siempre el totalmente otro. Su presencia nos llena de alegría y al mismo tiempo de deseo de cambiar, de caminar. Los santos tienen un gran sentido del pecado y por tanto un gran deseo de conversión. En este sentido, también la confesión de nuestros pecados es siempre una expresión de esperanza.
Juan el Bautista vivía una profunda virginidad hacia las personas. Lo vemos sobretodo en la última parte de su vida. Él no tenía pretensiones de propiedad sobre sus discípulos. Ha sido el profeta más grande de todos los tiempos, su predicación tenía un éxito enorme, atraía las multitudes y era estimado por los poderosos. Pero cuando vino Jesús y muchísimos lo dejaron para seguirle a Él, el Bautista se esfumó, contento de haber podido servir. Después de haber cumplido su cometido, se hundió en la ocultación. Es puesto de lado, desaparece, se borra. ¿De qué le venía una libertad así? De la esperanza, de la esperanza verdadera, que no consiste tanto en el deseo de éxito personal, cuanto en el deseo de la venida del Reino de Dios. En la medida en la que favorece este evento, el Bautista considera lograda su propia vida.

Conclusión
Hemos meditado sobre la esperanza así como nos es testimoniada por algunas figuras bíblicas. ¿De dónde la podemos tomar nosotros? ¿No es acaso una virtud demasiado grande? Desde cierto punto de vista, es necesariamente así, porque tiene como objeto a Dios. ¿De dónde nos vendrá entonces la fuerza y la posibilidad de una esperanza verdadera?
En una homilía de Benedicto XVI he encontrado una respuesta de alguna manera impactante. Afirma que nosotros podemos esperar contemplar a Dios porque Dios espera en nosotros. Dice: «Mi esperanza, como la vuestra, ¡está precedida por la espera que Dios cultiva hacia nosotros! Sí, Dios nos ama y justamente por esto espera que nosotros volvamos a Él, que abramos el corazón a su amor, que pongamos nuestra mano en la suya y nos acordemos de ser hijos suyos. Esta espera de Dios precede siempre nuestra esperanza, exactamente como su amor siempre nos alcanza primero» (de Homilías, el año litúrgico explicado por Joseph Ratzinger Milano, Scheiwiller 2008, 22).
Así como nuestra esperanza supera nuestras fuerzas, así también la esperanza de Dios supera sus fuerzas. Él desea una respuesta nuestra, pero, aún siendo omnipotente, no nos la quiere sonsacar. Dios quiere una respuesta libre. Llama a nuestra puerta, a la puerta de nuestro corazón, y pide entrar, ser acogido en nuestro corazón con un gran deseo.

Retiro de Adviento. Casa de formación de la Fraternidad San Carlo, 30 de Noviembre de 2014

En la imagen, Trento Longaretti, «Viandanti e chiesa della vecchia Russia», 2013.

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