La misericordia de Dios en una historia de Navidad de Portugal

En estos años se ha convertido casi en una tradición: la noche de la vigilia, el 24 de diciembre, antes de la Misa del Gallo, voy a cenar con ellos, Egidio y Carla. Es una noche especial también en Portugal, la que precede a la Navidad. La familia se reúne en torno a la mesa: contagiados de la excitación de los niños, los adultos se intercambian pequeños regalos. En casa de mis amigos, la cena está estructurada según la más clásica tradición portuguesa: en el centro está el bacalao con las coles y las patatas, precedido de aperitivos de mariscos y finalizando con dulces y tarta. Mientras van llegando cosas a la mesa, los niños me observan, fascinados por la presencia de una persona que no es de la familia y por su vestidura talar. Me hacen reír cuando me llaman «padrino»: imitan a la más grande, Milena, que es mi ahijada. Les tomo el pelo, jugamos, les cuento historias, la mayor parte de las veces inventadas en ese momento para crear un determinado efecto. Y llega siempre el momento en que la abuela Helena, la madre de Carla, me mira fijamente a los ojos y dice: «tiene usted razón, padre: Dios lo hace todo bien, Dios lo hace todo bien…».
Es un historia que se remonta a hace diez años, cuando Egidio y Carla eran catequistas de nuestra iglesia de Alverca. Él se estaba licenciando en Ingeniería Informática, acababa de empezar a trabajar en una multinacional importante. En el tiempo libre, organizaba las tablas de registro y las inscripciones de los más de cincuenta niños de enseñanza media que frecuentaban la catequesis de nuestra parroquia. Ella era ya abogado. Una noche de Noviembre, Egidio me telefonea, pidiéndome con insistencia que nos viésemos. Llegado a la cita, subo a su coche. Tiene una expresión rígida, de desconcierto: «Carla está embarazada» me dice de pronto. Aún hoy recuerdo mi reacción inmediata, probablemente producida por el debate en torno a las cada vez más permisivas leyes del aborto o bien por algunos casos dolorosos a los que ya había acompañado. Mi respuesta fue: «una magnífica noticia, ¡Felicidades!». Él me dice que no es así: no estamos casados, la familia no lo entenderá, la comunidad les juzgará mal. Vamos a ver a Carla que está de baja como enferma y se ha metido en la cama: en casa el ambiente es tenebroso, fúnebre. Felicito a toda la familia. Después, volviéndome en especial hacia la señora Helena, la madre de Carla que está llorando, le digo quedamente: «Señora, no se preocupe. ¡Dios lo hace todo bien!».
Los casé en el mes de Marzo. Recuerdo bien aquella bellísima ceremonia, simple y austera pero llena de calor, con la Iglesia atestada por sus parientes y amigos, por los otros catequistas, por toda la comunidad. Eran conscientes del valor del sacramento que iban a recibir, estaban preparados al gran gesto que iban a realizar. Recibieron la comunión bajo las dos especies y lo festejamos juntos. El 7 de Julio nació una niña bellísima de nombre Milena. Yo soy su padrino. Hoy Milena tiene diez años, ha hecho la Primera Comunión, loca de alegría todas las veces que se le concede leer durante la Misa dominical de las familias. En la Iglesia junto a Egidio y Carla, la escuchan su hermano Dinis, su hermana Sara y la abuela Helena. Es ciertamente verdad: ¡Dios lo hace todo bien!

En la imagen, detalle del frente del altar de la iglesia de santa María de Aviá (Museo Nacional de Arte de Cataluña, Barcelona), 1175 ca.

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