En un recuerdo de don Luigi Giussani, emerge una visión unitaria de la realidad, un entendimiento excepcional de la Escritura y una pasión total por lo humano.

Cuando vuelvo con el pensamiento a don Giussani, rememoro muchos aspectos de su carisma que han marcado mi vida de un modo particular. De ellos escojo tres.
Don Giussani tenía el don de una visión profundamente unitaria de la realidad. Ésta fue una de las primeras características que me llamó la atención sobre él durante los estudios en la universidad. Escuchándole tantas veces hablar, durante las lecciones que tenía en la Universidad Católica de Milán o bien en los frecuentes encuentros del movimiento CL, quedaba sorprendido de su capacidad de establecer relaciones. Decía que la razón era «apertura a la realidad según la totalidad de sus factores». Nos enseñaba que el sentido del particular se descubre en el «nexo que lo liga a la totalidad» y que esto es lo que realmente significa «juzgar». Estas definiciones no eran, no obstante, una teoría. Manifestaban más bien algo inigualablemente presente en su modo de pensar, de ver las cosas, de vivir. Todas sus reflexiones movían a una síntesis potente y fascinante, libre y, a la vez, sólida. En cada particular, sabía ver el completo. Escuchándole, todo parecía ordenarse.
Al mismo tiempo, la síntesis de pensamiento, de fe y de vida que comunicaba estaba recorrida por fuertes tensiones. Giussani era una personalidad dramática. Su reflexión era siempre inquieta y, junto a ello, profundamente pacífica. Asistir a sus lecciones o bien oírle responder a las preguntas era una experiencia intensa: nunca satisfecho de las formulaciones alcanzadas, sentía el deseo de descubrir y redescubrir continuamente la verdad que contemplaba. Nos enseñaba así a buscar la novedad, no en aquello que era diferente, sino en la profundización de lo verdadero.
Don Giussani tenía, también, el don de leer el evangelio haciéndolo vivo. También esta experiencia fue para mí decisiva en el encuentro con él. El Cristo del que hablaba era cercano, era el «hombre Cristo». Una «humanidad excepcional», decía, para hacernos comprender lo que significaba «divina». La vida y la persona de Jesús comenzaron de este modo para mí a tener contornos precisos y el amor por Él crecía.
Cuando fueron publicados los primeros escritos de don Giussani, leí que, desde el principio de su obra entre los jóvenes, había sentido la necesidad de presentar «el Evangelio desnudo, en su fuerza y simplicidad». También yo he sido tocado a través de él por la belleza única de la palabra de Dios, por la fuerza elemental que lo reconocía.
Recuerdo una asamblea que se desarrolló en la sala del PIME en Via Mosé Bianchi en Milán. Uno de nosotros habló ante todos de una situación de injusticia y dolor que no sabía cómo mirar. Usando pocas y precisas frases, Giussani nos puso delante de la evidencia del fracaso de todas las filosofías. Ningún razonamiento humano podía explicar el misterio del mal. «Y, entonces, ¿qué queda?», se preguntó. «Sólo un hecho puede dar sentido al dolor y al mal. ¡Un hombre crucificado!» Fue quizás la primera vez, como adulto, que sentí cercana la cruz. Giussani nos abría a la comprensión de las Escrituras no porque sabía hacernos entrar en las escenas narradas, sino, sobre todo, porque nos hacía entender la referencia concreta a nuestra vida.
Por último quiero recordar la pasión con la que Giussani nos proponía la vida cristiana como experiencia de amistad.
Un día le oí citar un bellísimo pasaje de san Máximo el Confesor. Hablaba de Cristo como de un «centro en el que las líneas convergen, un lugar común donde todas las cosas pueden manifestar su amistad y su paz». Aquellas palabras podían ser un retrato de Giussani mismo. A partir de su experiencia de Cristo, se sentía ligado a todo y a todos. Demostraba un interés natural por las situaciones y las personas con las que entraba en contacto y lo comunicaba. En todo sabía ver algo familiar.
De este modo Giussani nos transmitía una experiencia viva de pertenencia a la Iglesia. Recuerdo mi asombro cuando, durante el último año de universidad, encontramos la pequeña comunidad del movimiento en los Estados Unidos, donde estuve un año en compañía de una amiga y compañera de estudios. Tuve la impresión de que en torno a don Giussani, los Hechos de los Apóstoles habían vuelto a la vida. De un modo diferente al nuestro nacía una comunidad como de la que veníamos. Personas diferentes nos reconocíamos profundamente unidas por el encuentro con él y, al mismo tiempo nos sentíamos vivir gracias a él en el surco de la única tradición de la Iglesia. La Iglesia se convertía así para nosotros en una amistad que saltaba los océanos y unía extremos de la tierra en otro caso lejanísimos. El mundo se convertía en nuestra casa y todo hombre en un hermano.
En la misa que celebramos en nuestra casa de formación en Roma, pedimos todos los días «que don Giussani interceda por nosotros cerca del Padre». De este modo queremos manifestar nuestra gratitud por todo aquello que se nos ha dado a través de él y nos acogemos constantemente a su oración. Mientras nosotros caminamos todavía en la historia, don Giussani continúa ejerciendo de padre y maestro. Después, en el cielo, encontraremos, más bello y potente, los vínculos que Dios ha establecido entre nosotros en la tierra.
En la foto: Don Luigi Giussani durante un retiro en Subiaco,Foto: Ciol
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