Vivir el sacerdocio significa aceptar la continua conversión de nuestra vida, para trasmitir la mirada del Padre a las personas que nos han sido confiadas.

Porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y esta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado (Jn 6, 38-39). De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños (Mt 18, 14).

La paternidad revelada en estos versículos, a la que hemos sido llamados como sacerdotes, tiene su origen en la voluntad del Padre y en la misión de Cristo hacia aquellos que nos han sido confiados. Esta conciencia nos desafía y al mismo nos sostiene. Nos sostiene porque determina la naturaleza del trabajo al que se nos invita: nuestra Fraternidad ha sido querida por Dios como fraternidad de padres. Debemos asumir, vivir y comunicar la mirada del Padre sobre “estos pequeños”. Igualmente, es la misma mirada que hemos recibido nosotros.

Recuerdo en especial la experiencia que tuve de esta mirada cuando conocí a don Giussani. Fue una mirada de autoridad y disponibilidad hacia mi vida. Su autoridad provenía del modo que tenía de mirarme: igual que un padre que no quiere que “este pequeño” se pierda. Lo que me dijo por entonces don Giussani ha tenido un enorme peso sobre mi vida. Percibí que sus palabras habían sido pensadas por mi bien.

Esa mirada nacía de la profunda identificación con Cristo. Esto también es posible para nosotros hoy. En la profundidad de nuestras reflexiones, cuando miramos su persona humana y divina y su misión, crece el afecto hacia Él. En el tiempo, nos vamos acercando a su modo de mirar el mundo. Así, empezamos a hacer experiencia de la vocación que hemos recibido como padres. En este sentido, podemos convertirnos en una especie de puerta hacia la realidad para nuestros hijos. Sino, la alternativa para nosotros es una mirada parcial, que no consigue entender cuál es el verdadero bien del otro, que resulta ser, en el mejor de los casos, una mirada miope.

Hay otro factor importante en esta conversión hacia la paternidad. Continuamente nos vemos desafiados a preguntarnos, para vivirla mejor, cuál es la raíz de nuestra paternidad y a mirar a aquellos que han sido y son nuestros padres. No se trata, entonces, de hacer algo para conseguir vivir la plenitud que nos ha sido dada. No se trata de conseguir un equilibrio que elimine toda oposición entre silencio y misión, entre contemplación y trabajo. Nuestra pertenencia a la Fraternidad, el haber sido enviados, nuestra casa, la concreción de nuestra misión, en definitiva, nuestro “sí”, están orientados a vivir la paternidad en la relación con aquellos que nos han sido confiados. Cada detalle se vuelve significativo: el encuentro con una persona al final de la misa, una confesión, quedar con un parroquiano, un fragmento de la Escuela de Comunidad que nos provoca. Son fragmentos en los que resuena una pregunta: «¿Quién eres Tú?». La vocación que hemos recibido nos acompaña a responder, con Cristo, estoy aquí para hacer la voluntad del Padre, para que tú no te pierdas y puedas entrar en la vida eterna.

 

(Michael Carvill es el párroco de la iglesia Nativity of Our Lord, en Broomfield, cerca de Denver, USA. En la foto, durante una excursión con jóvenes y las Misioneras de la San Carlo).

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