Entrar en la positividad de la obra de Dios vence la distancia entre profesor y alumno. Un testimonio desde Bogotá.

Desde hace seis meses vivo en la casa de la Fraternidad de Bogotá, el lugar al que se me propuso ir durante un año de mi formación. Además de ayudar a Rubén, John y Carlo en el trabajo de la parroquia, enseño religión en Alessandro Volta, un colegio italiano que surgió hace quince años a raíz de la experiencia del movimiento de CL. Desde septiembre, me encargo de los cursos de la ESO y Bachillerato, junto con el acompañamiento del curso de primaria que se prepara para la primera comunión. Un total de 220 alumnos, desde los 9 a los 18 años, distribuidos en 12 clases. Es la primera vez que doy clase y que me enfrento a edades tan diferentes (y, sin embargo, son edades parecidas en la búsqueda común de responder a su sed de afecto y significado).
Desde los primeros días, viví y he ido viviendo una experiencia de correspondencia profunda que me hace volver a casa con el corazón lleno, incluso los días más difíciles. Me he preguntado muchas veces por qué me siento lleno y la respuesta es muy sencilla: educar es realizar un acto de caridad. Lejos de ser una mera transmisión de conocimiento, la educación significa sobre todo comunicarse a uno mismo, ofrecer la propia hipótesis de significado sobre la vida. Ya sea a través de las matemáticas, la literatura o la religión, educar es un «donarse», poner delante de los chicos aquello que determina tu identidad.
Empezar el día rezando el Angelus junto con los chicos que lo desean me ayuda a recuperar cada mañana esta conciencia, hasta el punto de que este «donarse» va más allá de las horas de clase. Los momentos de descanso, entre clase y clase, la comida, la salida del colegio, los partidos de volleyball, etc., son oportunidades preciosas para conocer a los alumnos, escucharles y empezar con ellos una relación verdadera. Estar un día en el colegio, tanto en clase como en el patio, me da la posibilidad de donarme durante ocho horas. Desde que cruzo la puerta de entrada, con todos mis límites y mis distracciones, todo se convierte en un «vivir para», determinado por la urgencia de que los alumnos, que cada semana siento más míos, puedan conocer a Cristo. ¿Hay algo que urja más que esto, por lo que merezca la pena quedar agotado? ¿Hay algo que llene el corazón aún más que esta manera de donarse?

 

(En la foto, Filippo Pellini, seminarista del cuarto curso, con algunos chicos de la parroquia Nuestra Señora de Las Aguas, en Bogotá).

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