El rosario, oración de consuelo y sostenimiento, nos ayuda a acercarnos y confiar en María.

Estaba acabando la universidad en Milán y ya había tomado la decisión de entrar en el seminario de la Fraternidad. En aquella situación difícil me asaltó una tempestad de dudas y temores que no me daba tregua. Dejar la familia, los afectos, a los amigos ¿a cambio de qué? Todas las certezas se habían desvanecido. Ciertamente, mientras las olas estaban a punto de arrasar la cubierta de mi nave, caí de rodillas y me volví con todo mi yo hacia la madre de Dios. Le repetía: «Dame fuerzas para responder a la vocación que tu Hijo me ha dado porque ¡yo no soy capaz!»

Día tras día, gracias al rezo del rosario, la intimidad con la madre de Dios crecía. Como realmente le sucede a un niño que descubre el calor del abrazo de la madre cuando vuelve llorando a ella. Mientras rezaba volvía a contemplar a María que buscaba angustiada a su hijo entre la multitud del templo. La volvía a ver mientras sus parientes le referían el extravagante comportamiento de su hijo, haciéndole entender, sin demasiados giros de palabras, que estaba fuera de sí. ¡Le hacían entender que hubiese sido mejor para toda la familia si le hubiese convencido de volver a su antiguo trabajo de carpintero! Pero sobre todo contemplaba a María bajo la cruz, cuando, también en la oscuridad más completa, no dejaba de repetir aquel sí que había pronunciado frente al ángel. Aquella mañana había estado tan llena de luz que le había hecho creer que no saborearía más la oscuridad de las tinieblas. Por otra parte, yo también había experimentado una felicidad casi completa cuando había sido invitado por Jesús a seguirlo con todo mi yo, hasta el punto de no poder sospechar que habría tenido que atravesar la noche del abandono.

Gracias a esta experiencia he descubierto que es imposible permanecer fieles a la propia vocación sin el sostenimiento y la ayuda de María. ¡Cuántos no habrían dejado su camino si estuviesen confiados a ella! Consciente de esta elemental verdad de fe, no dejo de rezar el rosario. Lo recito por la mañana durante el silencio, mientras recorro las calles del barrio, en coche y en tranvía, mientras me duermo. Ahora que soy párroco en Turín me doy cuenta frecuentemente que a menudo me superan las obligaciones que la cura de una comunidad comporta. No pasa, no obstante, mucho tiempo sin desear volver a sumergirme en la alegría de la contemplación. Entonces salgo de casa, voy por la orilla del Po y, caminando, recito unos pocos rosarios.

Allí, donde corre tranquilo el río, hay un silencio que se colma de memoria. A través de las Avemarías que siguen el ritmo de los pasos y del corazón, contemplo la vida de Jesús desde su concepción a la ascensión. No me canso jamás de mirarlo. Muchos piensan que el rosario sólo sea una oración de petición, mientras que esconde en ella los tesoros de la contemplación.

Cuanto más pasa el tiempo más agradezco a la Virgen todas las gracias que por medio de ella llueven sobre mí de manera tan sobreabundante. Ardo en deseos de que tantos hombres heridos que encuentro puedan experimentar la dulzura y el calor que se prueban acercándose a la Madre del Cielo. Quisiera gritar a todos las palabras de san Bernardo: «Si surgen los vientos de la tentación, si te encuentras en los escollos de la tribulación, en la incerteza, en los peligros, en la angustia, en la duda, piensa en María, invoca a María»

foto: Turin (elisa – flickr.com)
Gianluca Attanasio

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