La resurrección de Jesús ha derrotado para siempre el mal, salvando al hombre de la desesperación y de la «soledad hermética» en la que la vida puede encerrarse.

El protagonista de un grande y trágico libro de Ernesto Sábato describe su vida con esta amarga constatación: los muros de este infierno serán cada día más herméticos. Son las palabras de un hombre que ha destruido su vida, matando a la mujer que amaba. Son palabras sin esperanza, de quien ve que todo, al final, está asolado por el mal. Un infierno hermético, un dolor inexplicable y oscuro, que nadie puede compartir y entender. La verdadera desesperación, en efecto, nace de la consideración de estar solo con el propio mal. Es resignarse a que nadie pueda traspasar el muro que yo mismo he construido.

Sin embargo ante esta desesperación que Cristo se conmueve. Delante del sepulcro de Lázaro (Juan 11,35), a la viuda de Naim (Lucas 7,13), a los ciegos de Jericó (Mateo 20,34), a la samaritana (Juan 4,1-54) y así delante de todo hombre. Es Cristo mismo quien por pasión rompe las paredes herméticas de nuestro mal, físico y moral, cumplido y sufrido. Es Él quien trae una vida nueva, un surtidor de vida eterna, en la oscuridad más profunda de nuestra existencia. Muchas veces pide poder entrar y llevar luz allí donde nosotros mismos no queremos mirar. Pide abrir el sepulcro, aunque Lázaro ya produce un olor desagradable. Se acerca a la viuda hasta apoyar su mano sobre el ataúd del hijo. Toca los ojos de los ciegos para devolverles la vista. Revela a la samaritana su pecado, para hacer renacer en ella la esperanza. Cristo tiene el deseo de que el mal sea mostrado, para iluminarlo y así vencerlo. En la medida en que él entra tras las paredes de nuestro mal, incluso en los ángulos más ocultos y terribles, puede iniciar en nuestra vida una esperanza plena, una esperanza sin sombras. Ningún mal es bastante terrible para no poder ser tocado y redimido por el victorioso amor de Cristo.

Es el misterio del Sábado Santo. Es el misterio de Cristo que por amor al hombre desciende a los infiernos, donde todo es ausencia de vida y desesperación, para resucitar, y donar al mundo una esperanza verdadera. En la resurrección, Cristo se hace palabra definitiva sobre el mal. En él la soledad hermética que nuestra vida puede conocer es vencida. Está resucitado, por lo tanto está vivo, y continúa actuando. En el encuentro con Cristo a través de la compañía de la Iglesia, en el sacramento de la confesión, en el abandono profundo de la oración, es posible redescubrir la esperanza. Su rostro puede emerger de la niebla tan agarrada de nuestro mal. Y donde permito que Cristo entre, la vida vuelve a florecer.

He visto este renacer tantas veces, en mí y en tantas personas que lo han encontrado y conocido. Recuerdo las palabras de un muchacho, marcado por acontecimientos familiares particularmente dramáticos, palabras claras y radicales: desde que estoy con vosotros, he comenzado a pensar en perdonar a mi padre.

Es el encuentro con Cristo resucitado el que devuelve a la vida una luz nueva, que rompe el muro de soledad del mal, que hace resurgir en nosotros la esperanza.

(Duccio di Buoninsegna, «Discesa di Cristo al Limbo», dalla «Maestà» del Duomo di Siena (1311).

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