¿Alguna vez te has zambullido en el mar? Da miedo abandonar la certeza de los lugares donde se ve todo iluminado por el sol y entrar en la oscuridad borrosa de debajo del agua. Un espacio habitado por seres misteriosos, quizás incluso peligrosos. Para mantenerse debajo largo rato hay que contener la respiración y los pulmones parecen explotar y gritar:

«Déjame volver al aire libre». Y para descender  más que unos pocos metros hay que atar pesos al cuerpo, de lo contrario el aire de los pulmones nos empuja inexorablemente hacia la superficie. Todo esto hay que hacerlo para pescar una perla. Se encuentran, esferas perfectas, brillantes y opalescentes, dentro de feísimos moluscos en el fondo fangoso del mar.

Una antigua leyenda cuenta que las perlas nacen cuando un rayo cae sobre el mar. ¿De dónde más puede venir aquella perfección esférica, si no de una acción del cielo? Y ¿cómo explicar de otra manera la sorpresa de encontrar aquella belleza justo en medio del lodo? San Efrén se inspiró en esta leyenda para hablar de la encarnación del Hijo de Dios: Él es la perla preciosa. Pero Él es también el buceador, aquel que ha dejado los espacios infinitamente iluminados del cielo, para sumergirse en el mar de la muerte. Se ha atado pesos a su cuerpo para poder quedar sumergido largo rato. Me pregunto cómo debían reventar sus pulmones, cómo deseaba volver arriba, pero nadaba cada vez más hacia el fondo hasta tomar la concha que contenía su alma, mi alma. Todos nosotros. Él trajo a la superficie aquel tesoro sumergiéndose antes en la Encarnación, hasta las profundidades del drama humano; y más aún, a través de la muerte hasta el mundo de las tinieblas, para devolver todas las cosas al Padre.

Él es la perla preciosa. Y lo somos también nosotros, imagen y semejanza suya.

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