Cuando Jesús sube a Jerusalén para ofrecer su vida por la salvación de los hombres, los apóstoles Juan y Santiago le piden poderse sentar en su gloria uno a su derecha y otro a su izquierda. Como para los otros diez apóstoles, también a nosotros esta demanda de tener un lugar de honor nos parece fuera de lugar. Jesús amonesta a Juan y Santiago invitándoles a buscar su felicidad no tanto en el dominio de los demás, si no en el servicio mútuo. Quizás nosotros estaríamos tentados incluso por otra objeción a su petición (que Jesús en realidad no hace): en el Paraíso no habrá lugar de honor, si no que todos serán tratados por igual.

Meditando atentamente este trozo de Evangelio encontramos sin embargo unas palabras que nos sorprenden. Jesús en efecto dice: «Sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mi concederlo; es para aquellos para quienes está preparado» (Mc, 10, 40). ¿Significa esto quizás que habrá preferencias en el Paraíso? ¿Puede la justicia de Dios permitir que haya un santo más feliz que otro?

San Agustín ya se ha enfrentado a objeciones similares. Para explicar a sus amigos la diferencia entre los diversos grados de santidad, escribe: «Una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna, otra la gloria de las estrellas; sí, incluso las estrellas son de diferente esplendor; así es para la resurrección de los muertos». Según San Agustín, en el Paraíso cada uno recibirá en el banquete escatológico un lugar de acuerdo a su propio mérito: algunos  más cerca del Señor, otros más lejos.

Esta verdad nos desconcierta. En efecto vivimos en un mundo donde cada uno envidia al otro sus bienes, y está contento sólo si posee más que el vecino. ¿Cómo es posible entonces que en el Paraíso nadie se vaya a sentir decepcionado de su lugar, ni siquiera los que se sentarán en las últimas filas? Hay dos razones. En primer lugar, todos estarán contentos por el mismo hecho de estar en el Paraíso y de poder gozar de la amistad de Dios. Pero el motivo principal por el cual nadie estará insatisfecho  es que ya no habrá envidia. Nadie va a comparar más su felicidad con la del otro, si no que todos disfrutarán de la alegría de los demás. Como en una familia, una madre no está triste por el hecho que un hijo esté contento, si no que goza ella misma, así será para todos el final de los tiempos. Estaremos radiantes al ver la alegría de María en el cielo al lado de su Hijo y su regocijo será el nuestro.

Sigue explicando San Agustín: «En virtud de la caridad, lo que uno posee será común a todos. Cuando uno ama, posee en el otro lo que él no tiene. La diversidad del esplendor no despertará envidia porqué en todos reinará la unidad de la caridad».

Por tanto podemos comparar la caridad a un catalizador para la alegría. La alegría de cada individuo no está reservada a él personalmente, si no que circula entre todos sus amigos. Uno no goza sólo por su propia felicidad, si no más aún por la del hermano. El don que Dios hace a mi prójimo es en realidad un regalo para mí.

La felicidad en el Paraíso será al mismo tiempo perfecta (porqué en la presencia de Dios y de los amigos felices ya no le faltará nada) y en un crecimiento continuo. Yo viendo la alegría de otro estaré agradecido y también al ver su gratitud me alegraré por mi parte. La alegría de todos aumentará así día a día.

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